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Tengo clientes muy amables que me preguntan si tiene reglas la literatura. Otros me agradecen «las reglas que aprenden conmigo».

Hoy me propongo abordar esta cuestión.

Lo primero que diré es que, en efecto, la literatura tiene reglas. De no ser así, no advertiríamos cómo ha cambiado a lo largo del tiempo ni hablaríamos de ciertos escritores que se atrevieron a romperlas. Clic para tuitear

¡Ah!, pero ¿qué pasa si osas romperlas tú?

Reglas literarias de ayer y de hoy

¿Es que son distintas las reglas literarias de ayer y de hoy?

Lo son.

Según Jesús G, Maestro, al que ya me he referido en alguna otra ocasión, la literatura nace al volver ficcionales a los dioses de las religiones politeístas. Perdieron su valor ritualista y pasaron a convertirse en personajes de ficción, con todo su arsenal de afecciones humanas y «sin existencia operatoria dentro de la propia literatura».

La tradición oral da un paso atrás y cobra relevancia la escritura, sensiblemente más estable que la primera.

Esto que diré a continuación es algo que todo el mundo sabe (o debería saber): para atreverse a romper algo que ha perdurado durante siglos, primero hay que conocerlo y, segundo, reconocer su valor. Han cambiado ciertos objetivos, también la forma de componer los textos y hasta el cuestionamiento del valor de la autoría; en efecto, la teoría literaria contemporánea, con Roland Barthes a la cabeza, se cargó al autor.

Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura.

El propio Jesús G. Maestro ha venido a desdecir a Barthes, que así lo sostuvo «en plena época de los derechos de autor y de las leyes del copyright».

Porque tiene reglas la literatura…

El hecho es que pasó de consistir en narraciones sobre los dioses y el origen del mundo, a convertirse en una creación racional; una creación, por tanto, que puede interpretarse desde una perspectiva científica hasta filosófica.

Aun así, hay quien hace literatura acompañándose de música.

Tenemos notables ejemplos en la ópera, canciones populares, poesía declamada con instrumentos de fondo; y hasta podríamos añadir las bandas sonoras de películas y series, que ayudan a establecer el tono, la atmósfera y la intensidad emocional de una escena. Las partituras originales se consideran una forma de literatura musical.

Algunos escritores y compositores continúan explorando esta relación. Crean obras literarias inspiradas en la música o utilizan letras de canciones como base para sus historias. También los músicos se inspiran a veces en textos literarios para componer canciones.

Literatura y música son caminos que, cada tanto, se entremezclan, aunque cada disciplina haya seguido el suyo propio.

Por cierto, música, del griego mousikḗ, alude en su etimología a la fuerza artística de las musas, cuya misión era deleitar a los dioses del Olimpo. Las musas dominaban la melodía, el ritmo y la armonía… Aún hoy día se sigue aludiendo a ellas para atribuirles no tanto el éxito de una composición como la propia ineptitud.

La literatura, hoy, sirve para educar, entretener, expresar emociones; para cuestionar ideologías o el propio poder político y promover la igualdad. Ojalá incluso la libertad, pero son pocos los autores que escriben sin autocensura, sintiéndose auténticamente libres de decir lo que quieren.

Y puesto que tiene reglas la literatura…

Es momento de abordar a qué reglas nos referimos. Se trata de principios y convenciones que han influido en la escritura a lo largo de la historia.

Te sonará eso de las unidades aristotélicas. Se refiere al hecho de que la obra literaria —teatral, en origen— debe tener carácter de conjunto en las tres patas que la sostienen. Son las siguientes:

  • Unidad de acción: La trama debe centrarse en un solo conflicto principal.
  • Unidad de tiempo: La acción debe desarrollarse en un período breve y coherente.
  • Unidad de lugar: la obra debe transcurrir en un solo lugar físico (por lo que nunca debía durar más de 24 horas).

No tengo que decirte que ya no se aplican de manera estricta. ¿Quién no está familiarizado hoy día con recursos como la analepsis y la prolepsis?

No obstante, su influencia sigue presente en la construcción de tramas y abordajes literarios.

Otros aspectos relevantes del hecho literario

Estos aspectos siguen siendo reglas que tiene la literatura hoy día. Tenlo en cuenta; si te da por mezclar churras con merinas, te meterás en apuros.

Reglas en la literatura

Mira qué nuevecitas. Hace falta mucho recorrido para atreverse a romperlas.

Así que tendrás que elegir con sumo cuidado…

Tipo de narrador o de voz narrativa

¿Primera persona?, ¿tercera que lo sabe todo?, ¿tercera pegada al personaje?, ¿segunda? Cada una plantea distintas cuestiones que deben considerarse según el tipo de novela y el tipo de trama.

Por cierto, hay quien sigue confundiendo autor con narrador. Craso error, válgame el pareado.

Al autor, que es quien presta palabras a la ficción, debe preocuparle a quién encomienda el relato. No es igual un texto de hechos históricos con la concurrencia de distintos personajes que una autobiografía. Ni una autobiografía se narra igual desde dentro que desde fuera (en 3.ª persona que en 1.ª; a veces, quien narra juega a que no habla de sí mismo).

¿Una narración en segunda persona? No es muy frecuente, pero sí posible: la voz narrativa se dirige al lector o a un personaje o personajes presentes y ello crea una sensación de participación y de cercanía con la historia.

Los verbos, por supuesto, se conjugan en segunda persona.

¿Ejemplos? Salvo en el género epistolar, pocos. Aquí tienes dos, con sendas frases que dan cuenta de su peculiaridad:

  • La profecía, de David Seltzer: «Sabía que vendrías, que te sentarías en el lugar que ahora ocupas y que tomarías este libro».
  • Y me atrevo a citarme a mí misma: Ser de verdad, un relato que escribí hace unos años para la revista Moon Magazine: «Te lo tatuaste bajo el pecho como homenaje a esa noche en que no sabías aún que las cosas buenas suceden con el tiempo. Apenas empezabas a soltar lastre, pero ser de verdad se convirtió en tu santo y seña».

Personajes y época

No habla igual un personaje de la Edad Media que un joven de hoy día, ni un señor que participó en la Guerra Civil que su nieta.

Un personaje de la Edad Media no dirá cuerda, sino soga o maroma, ni dirá adiós o hasta luego, sino vale; y dirá faltriquera en lugar de bolsillo. Tampoco una anciana de hoy día dirá patchwork, sino almazuela, sobre todo, si es riojana (almozala o almuzuela en otros casos).

Cada personaje debe hablar con arreglo a su tiempo, a su nivel cultural, a su mentalidad. Me he encontrado con aldeanos —llenos de virtud— que hablan como políticos, por Dios bendito. Y con abuelas que no habían acudido a la escuela más que unos meses, como si fueran literatas.

Hay autores con asombrosa solvencia lingüística que, sin embargo, no son capaces de renunciar a su manejo para empatizar con los personajes que crearon.

Cuida que no te pase a ti. Respeta a cada uno con la personalidad de que lo hayas dotado y en función de lo que la historia necesita.

Descripciones y diálogos

Las descripciones tienen una función muy clara: ambientar la historia, darle entidad, dotar de atmósfera a la trama. Atmósfera, envoltura, cáscara; llámalo como quieras, pero aprovecha las descripciones y la voz en off para ponerle piel a tu novela.

En este artículo acerca de la verosimilitud en la novela, en el apartado de los «11 factores relevantes», te conté una anécdota al respecto de una novela que no la tenía. Qué sensación extraña, plana, asfixiante; como la de haber ido a ver el mar y, muy al contrario, darse de bruces con la celda de una prisión.

Con los diálogos pasa otro tanto: que suenen naturales, por favor, que no tengamos que levantar una ceja cada vez que cierto personaje habla.

Estilo literario

Hay quien mezcla con asombrosa ligereza el narrador en tercera persona (el sabelotodo que narra desde fuera) con la segunda (dirigiéndose a un tú):

Los entretenía componiendo espejos enmarcados en conchas que habían cogido en la playa la víspera. Tenía un manejo estético asombroso. Ella, sin embargo, no había heredado aquella destreza; primero, porque no te* mostraba muy bien cada paso; segundo, porque no quería que te* parecieras a ella ni que hicieras algo tan bello.

O mezcla primera persona del plural (nos) y segunda persona del singular (hubieras):

Con esa misma actitud todopoderosa, nos bajaba al parque y nos hacía sentarnos en los bancos de madera, como si hubieras* ido allí para no hacer nada.

No, no, no.

Cuida la coherencia, cuida también la sintaxis, adjetiva lo justo y no uses verbos débiles. Persigue la concisión. Cuida también el ritmo, la longitud de las frases. Idea metáforas y comparaciones novedosas. Enriquece el texto sin abrumarlo.

En definitiva, acuña un estilo tuyo, particular, limpio.

Corrección, con todas sus fases

Es momento de aplicar la crítica. Corrige el fondo y corrige la forma. Dos, tres, siete veces; las que sean necesarias hasta dar con la mejor versión que seas capaz de crear. Que no te perturbe el tiempo empleado en esta tarea, que es decisiva.

Luego, una vez que tengas esa ultimísima versión, envíaselo a la correctora. Ve con tiempo; no me cansaré de repetirlo. La correctora quiere atenderte como mereces, pero necesita concentrarse en tu manuscrito, darle su sitio. Que mientras trabaje con él sea lo más valioso que tiene entre manos.

Ahora, ve y rompe las reglas de la literatura

Nada de esto que digo está escrito en piedra. No son reglas sagradas. Son reglas que perduran a través del tiempo (mucho tiempo).

George Orwell daba estas seis recomendaciones (las copio tal cual) que él denominaba reglas de la escritura:

  1. Evita lo que ha sido usado: Nunca uses una metáfora, símil u otra figura retórica que estés acostumbrado a ver por escrito.
  2. Elige la palabra más corta: Nunca uses una palabra larga donde puedas usar una corta.
  3. Recorta todo lo que puedas: Si tienes la posibilidad de eliminar una palabra, elimínala siempre.
  4. Escoge la voz activa: Nunca uses una voz pasiva cuando puedas usar la activa. No se trata de evitarlas siempre. A veces las voces pasivas pueden estar justificadas, pero no conviene abusar de este tipo de oraciones. Les explico de forma breve de qué se trata esto de voz activa versus voz pasiva: en una frase con voz activa es el sujeto el que realiza la acción. Por ejemplo: “El héroe blandió la espada”. El héroe es el sujeto y él es quien realiza la acción de blandir la espada. En la voz pasiva, el sujeto de la oración es el que recibe la acción. Por ejemplo, llevando la frase de antes a voz pasiva, diríamos que “La espada fue blandida por el héroe”.
  5. Cuanto más sencillo, mejor: Nunca uses una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puedes encontrar una palabra equivalente en el inglés habitual (insisto en que las he copiado tal cual).
  6. Rompe las reglas si hace falta: Rompe cualquiera de estas reglas antes de escribir algo que esté fuera de lugar.

Si antes lo has pasado por alto, vuelvo a recomendarte la lectura de este artículo: «Transgredir con sentido».

Propina 1

A modo de resumen: la literatura ha pasado de ser una narración sobre los dioses a convertirse en una creación racional que puede interpretarse desde una perspectiva científica como filosófica. Su evolución refleja cambios en la sociedad y en la forma que entendemos tanto el mundo como nuestro lugar en él.

Propina 2

Ocúpate, cuando escribas, de que el lector se lleve algo. No escribas solo para ti y, si lo haces, guarda tu escrito en un cajón. Algo debería haber impactado en quien lee si escribir se convierte no solo en un ejercicio de destreza, sino en un acto de amor. Dale algo que sea para él y no solo para tu propio lucimiento.

Me encantaría conocer tu opinión al respecto de esto.

 

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