Lo hablaba hace unos días con una compañera: tendríamos que escribir acerca de los oficios de la escritura en estos tiempos vertiginosos. Y… ¡halehop!, aquí me tienes dispuesta a ello.
Se me viene a la cabeza esto: la paradoja de dedicar la vida a la escritura en una época en que, por lo visto, no se lee tanto. O se lee de aquella manera. Nunca se ha producido tanta palabra escrita, pero rara vez con el sosiego o el reconocimiento que merece. Son almas contadas las que disponen de tiempo de calidad y de la disposición adecuada.
Para adentrarse tanto en la escritura como en la lectura y extraer alguna conclusión —algo de valor— de lo que se tiene entre manos hace falta eso: tiempo; tiempo de valor, valga la redundancia.
Los tiempos vertiginosos y los oficios de la escritura
El oficio —periodista, corrector, editor, guionista, redactor publicitario, escritor fantasma o creador de contenidos— vive hoy en una tensión constante; por un lado, la urgencia del clic (que llame la atención); y, por otro, la aspiración a la permanencia (que me lean, que se me reconozca, que me sigan).
Dime si escribir no se ha convertido, más que en una labor de creación, en un ejercicio de supervivencia ante tamaña presión, muchas veces, autoimpuesta.
Dicen los antiguos que no conviene comer demasiada miel; y dicen también que ni buscar la propia gloria es verdadera gloria.
Pero en estos tiempos vertiginosos, donde todo se mide en instantes y la prisa devora cada cosa que encuentra, muchos —sobre todo, quienes escriben— buscan ese destello de reconocimiento. Lo llaman éxito. Escribir, que antes era un acto de creación o de revelación, se ha vuelto un ejercicio de supervivencia: un intento de afirmarse frente al ruido, de no desaparecer entre tanta urgencia.
Me digo que quizá es miedo a quedar fuera de un mundo que olvida tan rápido. Quizás sea eso, aunque también la necesidad de que la palabra resista pese a todo.
Sea como fuere, el escritor —ese ser que sobrevive escribiendo— no deja de buscar la gloria, por más que sepa que, si alguna llega, ha de hacerlo por sí sola; que, si lo hace, será como fruto natural. Que de él solo depende perseverar, seguir escribiendo y hacerlo con calidad.
La trastienda de los procesos en los oficios de la escritura
La mayoría de las personas que recurren a los oficios de la escritura (no te digo ya las que no recurren) desconocen la trastienda del proceso. Piensan que un texto «sale solo», que basta con tener talento —como me decía hace unos días una escritora novel que batalla con lo suyo— o buena ortografía.
No imaginan las horas invertidas en documentarse, en corregir un párrafo diez veces, en elegir una palabra que diga justo eso que se quiere decir. Tampoco ven la parte emocional: la inseguridad, el agotamiento, las revisiones interminables. Todo ese decir más con menos derroche de palabras y circunloquios.
La escritura no es un acto de inspiración súbita. Es pura disciplina y resistencia. Y, sin embargo, se sigue asociando al mito romántico del genio solitario. ¡Qué fácil es mitificar cuando solo se conoce la gloria a la que llegaron este y aquella!
Hoy ese mito tiene, además, un nuevo escenario: el de la inmediatez digital. Las redes sociales han transformado de arriba abajo nuestro modo de relacionarnos con los textos. El algoritmo —ese dios caprichoso y tornadizo que dicta qué merece ser visto— ha venido a añadir un nuevo elemento: una ansiedad creciente en quienes vivimos de las palabras.
Ya no basta con escribir bien: hay que existir en línea. Hay que publicar, reaccionar, interactuar, medir la visibilidad; tenemos que adaptarnos al ritmo frenético de esas redes que cambian sus reglas cada dos por tres.
¿Cómo nos enfrentamos a ello?
Por cierto, una reflexión paralela: ¿a dónde estamos yendo montados en esos halcones cibernéticos?
Vale la pena pensarlo.
Los tiempos vertiginosos: una plaga para los oficios de la escritura
Hoy día, el escritor, incluso aquel que no se considera creador de contenido, está atrapado en una maquinaria que lo empuja a ser su propio publicista.
Si no se muestra, no existe. Si no genera interacción, se desvanece en el ruido.
La calidad cede terreno ante la urgencia del algoritmo: importa más la frecuencia que la profundidad, más la reacción que la reflexión. El tiempo que antes se dedicaba a pensar una idea ahora se invierte en aprender a optimizarla para que no pase inadvertida.

«Ni tiempo de quitarme el abrigo».
Los oficios de la escritura, tradicionalmente asociados al silencio, la introspección y la lentitud, están atrapados: no les queda otra que participar en un ecosistema de velocidad y visibilidad.
Hasta el corrector. Esa figura que antes trabajaba en las sombras ahora debe promocionar su marca personal. El periodista compite con usuarios anónimos que publican sin contrastar, pero que consiguen miles de difusiones. El guionista debe pensar en fragmentos virales antes que en tramas coherentes. Incluso el novelista siente la presión de los reels, los vídeos promocionales y las reseñas instantáneas.
Todo son esfuerzos para captar la atención, cuando el promedio dura menos que un suspiro.
Y exige un peaje. La escritura, que requiere tiempo y pausa, se ve obligada a adaptarse a una lógica de rendimiento y de exposición continua. Es la paradoja del siglo XXI: producir más que nunca, pero con menos impacto real.
Y, sin embargo…
Y, sin embargo, por más que penda la amenaza de dejar de ser, la necesidad de escribir persiste. Porque más allá de la industria y las métricas, la escritura sigue siendo una forma de comprender el mundo y de habitarlo: de ser, me atrevería a decir.
Escribir exige precisión y duda, mirada tras mirada y… paciencia. Mucha paciencia como un modo de habitar el mundo.
Quizá el desafío sea reconciliar ese espíritu con las nuevas condiciones del entorno digital. Aprender a usar las redes sin ser devorados por ellas; aceptar la visibilidad como herramienta y no como mandato.
Los algoritmos cambian. La palabra permanece. Lo que conmueve, lo que explica o lo que da belleza a lo cotidiano no depende del formato ni del número de megustas. La palabra trata de poner orden en el caos, de encontrar sentido donde otros solo ven datos; de narrar lo que, incluso hoy, necesita ser contado.
Ser escritor, redactor o corrector en este tiempo vertiginoso exige coraje. Coraje para no confundir lo esencial con lo famoso, la prisa con la productividad, la visibilidad con el valor.
Quizás el verdadero oficio del escritor contemporáneo sea resistir. ¿Para qué? Para volver a la lentitud, aunque sea a contracorriente. Escribir con la esperanza de que quizá alguien, al otro lado, pueda sentir el mismo temblor que siente él cuando escribe.
Propina 1
En medio de toda esta velocidad, me atrevería a decir que escribir acaba siendo una forma de rebeldía. Y persistir en el cuidado de las palabras, en la honestidad y veracidad de lo que se escribe, es casi un acto político.
Después de todo, cuando el algoritmo cambie otra vez —y lo hará—, lo que quedará será lo mismo de siempre: la necesidad humana de contar, de escuchar, de entendernos a través del lenguaje.
Hazte cuenta de que eres Sísifo; de que ese acto de empujar la piedra hasta la cumbre y de echarla a rodar desde la cima para volver a empezar —una y otra vez— no es un acto baldío. En él está comprometida tu transformación no solo como persona, sino como persona que escribe.
Propina 2
Y dentro de todo este panorama, una cuestión que no es menor y que me preocupa: el aburrimiento. Pero es abrir otro melón y tendrá su oportunidad.
Por lo pronto, me quedo preguntándome —y te pregunto a ti— si no será que hay lecturas que nos parecen aburridas porque no les dedicamos ese tiempo lento que merecen. Esa paciencia, ese perseverar.
¿Te cuento cómo se hace? ¡Te espero!
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