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Te traigo 7 claves para hacer buenas descripciones en esa novela que escribes. Síguelas; comprobarás que el hecho de que tenga su dificultad no es razón suficiente para dejar de trabajarlas.

Dicho esto, pasemos al asunto:

Para qué sirve una buena descripción

En general, una buena descripción adentra al lector en ese contexto ficcional que has creado. En particular, haces que se olvide de sí mismo y se embelese con cada escena, con cada nueva localización o cada particularidad de los personajes.

Una buena descripción informa sin aleccionar, crea atmósferas, se sirve de los sentidos para transmitir emociones y sirve para modular el ritmo narrativo. Clic para tuitear

Eso, si está bien contada.

Compara estos dos textos, por favor:

Texto 1:

Lucía era una niña tímida, acostumbrada a no exponerse en público, una niña que fácilmente se dejaba dominar por sus emociones. Había tenido mala noche y… lo que era peor: ese día la habían dejado de nuevo al cargo de la casa. Temía el momento de enfrentarse al casero porque era un hombre malhumorado y rijoso al que debía informar de una queja; bueno, de dos. De las dos mismas quejas de la vez pasada: el asunto de la cisterna y el de la persiana encasquillada. Se fustigaba por ser tan tímida y por no saber encararse a aquel hombre y a su mal humor y a todo aquello. Y, encima, llovía.

Texto 2:

El goteo no había cesado en toda la noche. La pared de su cuarto había hecho de caja de resonancia y se había alternado con el ruido de la lluvia en el canalón. No podía quejarse del dolor de cabeza —¿a quién?— y solo de pensar que tendría que enfrentarse al casero, le martilleaba la sangre en las sienes. La cisterna seguía perdiendo agua, la persiana se había encasquillado de nuevo y el carácter del hombre la aprisionaba como un campo de fuerza.

Primera de las 7 claves para hacer buenas descripciones: No solo mirar, sino ver

Entrenar la capacidad de ver es la premisa número 1. Si entras en los pormenores de la escena del ejemplo, no ves que Lucía sea una niña tímida. Ves esto otro:

El goteo no había cesado en toda la noche. La pared de su cuarto había estado haciendo de caja de resonancia y se había alternado con el ruido de la lluvia en el canalón.

¿Por qué no tiene interés decir que Lucía es tímida?

  1. Porque ser de un determinado modo se va revelando en comportamientos. En la escena no hay nada que lo evidencie.
  2. Interesa que el lector vaya infiriendo si es así o asá a partir de su comportamiento.
  3. La escena se vuelve mucho más gráfica (cinematográfica, si lo prefieres) con el bisbiseo insolente de la gota sumada al golpeteo de la lluvia.
  4. Que está sola se deduce. Asume que el dolor de cabeza no la librará de enfrentarse al casero puesto que no tiene a quien quejarse.

Explicaciones, no, por favor. Una cosa es describir y otra explicar. Cuanto más pueda ver el lector por sí mismo, mejor.

Segunda de las 7 claves: Acortar distancias

Acortar distancias… entre fondo y forma.

La forma (lo que se lee) tiene que consonar con el instante de la escena que se relata (conducir al meollo). Dicho de un modo más visual: la escena debe estar filmada, retratada o dibujada con palabras.

Lo otro es marear la perdiz.

¿Qué necesidad hay de decir esto?

*Lucía era una niña tímida, acostumbrada a no exponerse en público, y que fácilmente se dejaba dominar por sus emociones.

¿Qué necesidad hay de decirlo si con esto otro nos metemos en situación? Si es por timidez o por otras razones, ya se verá.

… solo de pensar que tendría que enfrentarse al casero, le martilleaba la sangre en las sienes.

Eso es: si la timidez es un problema, lo suyo es que se vaya viendo y pueda inferirlo el propio lector. Con repetirlo no se logra que la escena cobre mayor relevancia.

*[…] tenía que informarle de una queja, bueno, de dos. De las dos mismas quejas que la vez pasada.

¿Qué ganancia tiene esa insistencia, cuando lo que importa es la presión que siente la chavala? Repetir sin cálculo no tiene cuento.

Te contaré un secreto: al lector le encanta conjeturar, apostar, extraer información de entre líneas. Por lo mismo, aborrece que se lo den todo mascado.

Tercera clave para hacer buenas descripciones: Tratar el contexto como merece

¿Qué crees que contribuye mejor a escenificar ese pasaje?

No es una mala frase «Y, encima, llovía».

Solo un detalle: es más propia de un personaje con planes para un día soleado; no para incluirla como parte del ambiente que rodea a una niña aterrorizada (y no harta o con un cabreo del quince).

Esto otro en que la lluvia se combina con el bisbiseo del agua de la cisterna mejora mucho la descripción:

El goteo no había cesado en toda la noche: la pared de su cuarto había hecho de caja de resonancia, alternándose con el ruido de la lluvia en el canalón.

Ahí, el hecho de que llueva no es algo aleatorio ni puesto sin más. Viene a sumarse a la sinfonía que ha lastrado el sueño nocturno de la chica. Fíjate cómo ese tiempo —lluvioso, en este caso— influye en lo que pasa y logras que el lector perciba su efecto.

Trátalo siquiera como cameo, pero que el tiempo atmosférico se alíe con la historia.

Cuarta clave: Evitar repetir por repetir

Hay repeticiones que tienen su buena razón de ser; a veces, lo da el propio tema: una cama es una cama y no siempre es intercambiable por un tálamo, una litera, un camastro o un lecho; también pelo es solo pelo en ocasiones y no es cabello, máxime, si no se trata de pelo humano.

Otras, en cambio, las repeticiones tienen sentido porque subyace en ellas una intención enfática. Sin necesidad de más contexto, en cada uno de estos ejemplos puedes advertir su sentido:

Hace mucho mucho tiempo que pasó todo eso.

Nada, hombre, nada, aquí estamos para echarnos una mano y para que esa mano quede tendida, por más que digan.

Pero ese vecino tuyo… ¡Ah! Ese vecino tuyo.

Un tiempo en el que no hacer nada; un tiempo improductivo, vacío; un tiempo en el que solo se pudiera soñar.

No es este el caso, como puedes ver ahí bajo la imagen:

Lucía habría querido huir de su historia. Imagen de Nils Holgersson.

Lucía era una niña tímida, acostumbrada a no exponerse en público [innecesario], y que fácilmente se dejaba dominar por sus emociones [no se trata de un manual de psicología] era un hombre malhumorado / Se fustigaba por ser tan tímida [ya se ha dicho] y por no saber encararse a aquel hombre y a su mal humor [ídem].

Quinta de las 7 claves: Sentido de la oportunidad para dosificar la información

Dicho de otro modo: se necesita vista para organizar el pensamiento, para administrar los distintos elementos. Porque no sirve decir lo que sea cuando sea. Hay que estructurar el conjunto y no abrumar al lector con información a destiempo.

Organizar la información significa establecer una jerarquía entre lo gordo, lo regular, lo flaco y lo menos flaco (regla nemotécnica de andar por casa); cada nivel es necesario, pero cada uno a su tiempo y a su hora.

Lo que importa es que la historia discurra como un todo ensamblado y no a saltos.

Lo gordo y lo regular

Hay aspectos gruesos que son el armazón, los pilares en los que se sostiene lo que se cuenta: el quién, el cómo, el cuándo, el contra qué o contra quién, los obstáculos. Han de aparecer en ocasiones sin que se cuele lo que llamamos información para el lector: «esto te lo traigo aquí porque seguro que lo has olvidado y es importante».

Los aspectos regulares ayudan a reconocer escenarios, a familiarizarse con ellos y, de igual modo, con los personajes y la función que cumplen. Conviene manejarlos con tacto para que vayan asomando aquí y allá con ligeras modificaciones.

Son la salsa de la historia.

Lo flaco y lo menudo o la inclusión de detalles

Fíjate si son importantes que redondean espacios, paisajes y personajes.

Si se añaden antes de que un suceso tenga lugar, el lector se ubicará sin dificultad en la escena. Si se incluyen con anterioridad a que alguien haga algo o a que se le frustre un deseo, le dan un precioso color a la historia.

Las manías de los personajes, los hábitos, las preferencias; un olor determinado, una luz, un ruido… Utilizando una metáfora podríamos decir que son el chocolate y las guindas de la tarta narrativa.

Sexta de las 7 claves para hacer buenas descripciones literarias: Seleccionar información relevante

Te pongo un ejemplo:

En una fotografía antigua hay cinco personas. Una de ellas es Lucía, la niña de la escena del principio. Todas ellas miran a cámara. Estúdialas bien y hazte preguntas:

¿Están en una ciudad o en un pueblo, en el campo, en la playa? ¿Quién no se encuentra a gusto?, ¿cómo lo deduces? ¿A quién, en cambio, se le ve satisfecho? ¿Quién te llama más la atención? ¿Es por la mañana o por la tarde? ¿Es primavera, invierno…? ¿A qué dirías que huele? Si no estuviera en blanco y negro, ¿qué colores dirías que hay?, ¿cuál predomina?

Una vez que tengas las respuestas, selecciona qué tomas y qué descartas para contar una pequeña historia. Por supuesto, con Lucía como protagonista.

Séptima clave: Hacer resúmenes puntuales

Las descripciones son idóneas para refrescarle la memoria al lector… sin que lo parezca.

No, no era tanto el miedo por tener que volver a informarle sobre las averías, sino aquella mirada sucia, los dientes amarillos, el aliento a tabaco, la angustia de no poder defenderse. Su madre le insistía en que fuera amable con él, pero para entonces ya había descubierto cómo era su madre. Y ella nunca sería igual.

Son claves sencillas que posiblemente aplicas ya en tus novelas, pero nunca está de más pasarles el algodón.

Propina

Insisto: sé sutil.

No le digas al lector que Lucía aborrece a su madre porque aborrece la vida que hace; tampoco que la deja sola con el casero porque no ve la hora de que la chavala «se estrene».

Cuida los porqués.

Escribe, más bien, que su madre la deja al cargo «a ver si el casero les perdona algunas mensualidades».

Tampoco le digas que su padre no vive con ellas. Dile, por ejemplo, que es el único hombre que ella espera y el único que no termina de venir.

 

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