¿Se puede intervenir un poema con IA (inteligencia artificial) sin que su alma (la del poema, claro) peligre?
Es la reflexión que me hago a tenor del correo de una suscriptora que recibí recientemente.
Empezaré por el principio.
No podemos negar que la IA ha llegado para quedarse; que quien esté mínimamente alfabetizado en la cosa digital sabe que es como el cuñao listillo de las reuniones familiares. Ha dejado de ser una herramienta de automatización reservada al área industrial. Por lo que leo, se ha metido hasta en la intimidad más íntima de quienes tienen dificultades para armonizar su mundo emocional.
Sirva esto como preámbulo, pero no quiero desviarme del tema: ¿qué pasa al intervenir un poema con IA?
Hoy día, volcar unos versos a uno de esos modelos de lenguaje no le cuesta nada a quien lo hace (los costes van por otro lado). Lo siguiente es pedirle que lo mejore; o solicitarle que busque metáforas más acertadas o que corrija la métrica, o que en lugar de un soneto haga con él un sonetillo; un par de clics y ¡alehop!
Intervenimos un poema con la IA y nos topamos con el algoritmo
He ahí el asunto: el dichoso algoritmo; una serie de operaciones combinatorias sin alma que hará lo mismo con cualquier texto que se le embuche (¿emplearía este término una IA?) en su barriga cibernética: ladear el criterio, la sensibilidad y el filtro del factor humano.
Entramos así en un terreno pantanoso; no te digo ya si el texto en cuestión es un poema.
La pregunta que me surge es la siguiente: ¿qué ocurre con la esencia de la literatura cuando dejamos la última palabra en manos de una máquina?
Claro, tendríamos que empezar definiendo, en primer lugar, qué es literatura y hasta qué punto nos afecta esto.
Si atendemos a la definición que el profesor Jesús G. Maestro hace de la literatura, poco —poquísimo— de lo que se escribe hoy lo sería. La mayoría de lo que sale al mercado no pasaría —a su juicio— de ser meras ocurrencias. Pero no quiero meterme en ese jardín.
Para muestra, un botón
Este poema de Gerardo Diego, El ciprés de Silos (como homenaje a Luis de Góngora, exponente del barroco español) me ha servido de ejemplo para mi experimento:
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad, prodigio isleño;
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas de Arlanza
peregrina al azar, mi alma sin dueño.
Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales.
Como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.
La IA admite que el poema tiene musicalidad (solo faltaría), que es muy de contemplación espiritual y verticalidad («el ciprés» como símbolo de fe, soledad y ascenso).
La crítica que hace del poema versa sobre el hecho de ser «elevado, demasiado consciente de su propia grandeza para la sensibilidad actual», y en que adolece de «demasiado acúmulo ornamental».
Añade que «no hay conflicto social, ni historia, ni cuerpo concreto, ni relaciones humanas. Solo un yo enfrentado a una idea absoluta de belleza y trascendencia».
«Hoy tendemos (sic; la IA se incluye a sí misma) a desconfiar:
- del tono grandilocuente,
- de la voz poética profética,
- y de la espiritualidad expresada como ascensión heroica».
Y sugiere «una versión modernizada, más limpia y emocional, sin perder el núcleo del poema».
La propuesta de la IA ajustada a nuestra sensibilidad
Claro, llamar acúmulo ornamental a lo que imprime en el poema su belleza es desposeerlo de su esencia.
Pero la IA no se despeina y denomina así a los recursos estilísticos, metáforas y cultismos; en definitiva, a toda esa complejidad sustantiva que concibió Gerardo Diego con el objeto de embellecer el poema, de volverlo complejo y llamar la atención del lector (asombrarlo; fliparlo diríamos hoy).
Sin duda, sabe cuáles son no solo los gustos actuales, sino el alcance de nuestras entendederas; y tiene lógica, dado que se nutre de los millones de ocurrencias que volcamos en sus intestinos virtuales.
Y pergeña este potito:
Silos, hoy
El ciprés no reza.
Resiste.
Está ahí,
afilando el cielo
desde hace siglos.
Mientras nosotros
corremos, dudamos,
miramos pantallas encendidas
para no mirarnos dentro.
Yo llegué roto de ruido.
Y el árbol, sin decir nada,
me explicó la altura.
No la de los edificios.
Ni la del orgullo.
Otra.
La de quedarse quieto
y aun así
crecer.
Una versión adaptada a nuestra ignorancia; un kitsch, como diría el profesor González Maestro, que podíamos haber escrito tú y yo sin ir más lejos. Ojalá tuviera yo su conocimiento y su maestría para poder evaluar con más chicha (de modo más crítico y racional) esto que digo.
Debo mencionar también que la IA es aduladora y no se queda atrás a la hora de reconocer que «el poema original sigue siendo técnicamente admirable, [solo que] leído desde una sensibilidad contemporánea genera tensiones interesantes».
Los automatismos de la IA
Para desentrañar un poco más este asunto, acompáñame a pensar como piensa una IA:
La máquina es obediente; y con obediente me refiero a que hace todos los cálculos y probabilidades prefijados en sus tripas cibernéticas (como no podía ser de otra manera).
Un modelo de lenguaje no experimenta melancolía ni entiende el peso del silencio. Tampoco comprende el porqué de ciertos adjetivos o de determinadas construcciones.
Una IA solo calcula probabilidades estadísticas.
Desprecia la estética esencial del poema, la relativa a su naturaleza, a su ontología, y se enfoca en lo explicativo. Hace papilla con un menú de cinco tenedores para que podamos digerirlo con las entendederas que nos asisten.
Dejo aparte la ironía. La IA opera así:
- En primer lugar, analiza qué palabras suelen seguir a otras en la base de datos con la que haya sido entrenada.
- En segundo lugar, optimiza el escrito en función de un estándar para responder a la solicitud (prompt); y esto lo hace a la velocidad del rayo.
Puedo entender que, en la prosa comercial o técnica, esta optimización sea beneficiosa. Una IA puede pulir la estructura de un ensayo o eliminar las redundancias de un informe de manera impecable (aunque nunca sobrará que el autor haga la supervisión correspondiente).
El problema surge en el hecho de que la IA busca, por su propia condición, la eficiencia y la coherencia predecible. Y la poesía es, precisamente, todo lo contrario.
El peligro de intervenir un poema con IA
Tratar de imprimir el pulido perfecto en un poema se me antoja como pedirle a un árbol que dé brotes u hojas idénticos, perfectos.
Pero resulta que la poesía no se rige por las leyes de la optimización del lenguaje. Su materia prima es la riqueza de sentidos (ambigüedad), el quiebro inesperado, la hondura a la que remite vinculada a la forma en que dice; hasta rarezas y ciertas anomalías que son producto de la creatividad (algo ajeno a una IA por ser, precisamente, subproducto).
Hablando de «quiebro inesperado», por ejemplo, fíjate en esta canción de Joan Manuel Serrat con ese golpe del último verso:
Tenía diez años y un gato
peludo, funámbulo y necio
que me esperaba en los alambres del patio
a la vuelta del colegio.
Tenía un balcón con albahaca
y un ejército de botones
y un tren de vagones de lata
roto entre dos estaciones.
Tenía un cielo azul y un jardín de adoquines.
Y una historia a quemar quemándome la piel.
Mira qué giro, qué vuelta de tuerca aplica Serrat para terminar. ¿No es inquietante?
Si una IA interviene en un texto poético aplicará una estandarización, un sesgo de normalización (razón por la que todo acaba pareciéndose a sí mismo y sonando igual).

¿Y no cuela si lo compenso con lo guapa?
En otros ámbitos fuera de la poesía, ya se dice que los textos generados por la máquina suenan todos igual: se carga cualquier particularidad que hace de un texto algo singular.
IA: ni intención ni vivencia
No seré yo quien te diga qué debes hacer ni si has de tirar de IA o no, pero ten claro que un algoritmo no podrá sustituir la intención con que has dado a luz ese poema.
Y no podrá porque una IA carece de experiencia vital, de biografía, de impresiones (que constituyen el disparador de cada elección que haces y hasta de ciertas normas gramaticales que decides desafiar).
Podrá fraguar poemas técnicamente impecables y dar con sinónimos… que, sin embargo, nunca podrán sustituir a la verdad original que lo alentó.
El resultado acabará siendo un artefacto estéticamente correcto en el mejor de los casos.
Propina 1
La literatura, y no digamos ya la poesía, es un acto de comunicación entre dos conciencias (humanas, sí, humanas): la de quien escribe y la de quien lee.
Intervenir un texto eliminando el factor humano rompe ese cordón que enlaza un extremo y otro. ¿Dónde queda la vulnerabilidad?
Huyamos de ese mundo uniformado. Seamos la resistencia; y, en última instancia, conservemos siempre nuestro criterio (la prueba del algodón). Y ¡ojo!, que el criterio no se improvisa.
Que no venga una IA a secuestrarnos el alma ni, menos aún, seamos nosotros quienes le franqueemos la entrada.
Propina 2
Quizá te interese leer algún contenido adicional sobre poesía. En tal caso, podrías visitar este artículo acerca de la utilidad de leerla (¿tendrá alguna?).
En este otro, me referí a los secretos que alberga un buen poema; y en este, que no versa sobre poesía de forma específica, me interesó alertar sobre ciertos tópicos en textos con ese tipo de vuelo.
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