Skip to main content

Hay muchas cosas que no hace la IA, entre otras, una que también estamos dejando de hacer los humanos: reflexionar. Esa es una y fundamental y con la que todavía podemos distinguirnos de ella.

Como me despaché en este otro artículo con ese futuro que pinta raro entre los correctores y la IA, a él te remito; por cierto, lo segundo que se me ocurre que no sabe hacer es corregir. Ni novela ni ningún otro texto. No te confíes o pasarás por ser un pobre pardillo.

Al grano: en este caso, lo que me propongo es detallar qué cosas concretas NO hace la rapidilla. Incluiré alguna también que, tristemente, sí ha aprendido a bordar.

Si la miras de cerca, si no has perdido tú la capacidad no solo de mirar, sino de ver, advertirás que la IA no es tan todopoderosa. Clic para tuitear

La IA —para ir entrando en materia— no es capaz de sacar conclusiones de experiencias propias, ni tiene la más remota idea de lo que es pensar y razonar. Si le pregunto cómo gestionar de forma eficaz mis emociones, se despacha con esto:

Cómo aprender a gestionar nuestras emociones

  • Identifica tus emociones El reconocimiento de lo que estás sintiendo es el primer paso para gestionar tus emociones. …

  • Acepta tus emociones Es esencial aceptar que todas las emociones son válidas, incluso las que consideramos negativas. …

  • Comunica tus emociones …

  • Encuentra maneras saludables de expresar tus emociones …

  • Busca apoyo profesional …

Reproduzco los puntos suspensivos tal y como le ha dado a entender al dios cibernético. Quizá sean enlaces a las fuentes de las que ha sacado la información. No me he entretenido en averiguarlo.

De manera que eso es lo que hay que hacer. Lo haces y se te resuelven en un pispás esas tonterías que te añusgan el alma.

Concedámosle que me encamina hacia el profesional que podría hacer algo por mí.

Más cosas que no hace la IA

No es fácil desentrañar el extremo del hilo de entre la maraña; ni lo es identificar qué se esconde detrás de este cabreo con el que me he levantado hoy.

No es fácil, una vez que te has desordenado, reordenar las prioridades para que se parezcan a lo que querías (a eso que llaman propósito los coaches actuales). Quizá, arrastrado por las corrientes cruzadas de la vida, ni siquiera lo recuerdas.

Y en el centro de la maraña de la vida se encuentran este monstruo y sus primas, las RR. SS. Entre unas y otras, prometen acabar rodeándolo todo. Cuando los mundos virtuales hayan adquirido más densidad que el mundo real, como no te hayas encontrado antes a ti mismo, ya no lo harás.

Porque otra cosa que no puede hacer la IA es esta: nunca podrá decirte qué compromiso adoptas tú para ti. Tampoco te ayuda a descubrir nuevos niveles de complejidad que te estimulen.

Lo que sabe hacer la IA es dar vueltas sobre sí misma, sobre el cementerio de las ocurrencias que otros tuvieron ya.

Más cosas que no hace la IA

Hasta donde he podido rastrearla, afirmo que no sabe explorar territorios nuevos. Solo llega a cosas que ya sé por haberlas visto miles de veces en libros, en blogs, en artículos de divulgación, en revistas; cosas que, en muchos casos, han surgido de fructíferas conversaciones con amigos.

La IA tampoco sabe darme los abrazos que me dan ellos.

Ni puede escribir las novelas que me esperan ni, mucho menos, mi deseografía. Por rapidilla y hábil que sea, ignora qué podrá pasarme en los próximos treinta o cuarenta años —ese futuro desde el que me narro—. Es cierto que tampoco yo lo sé, pero puedo proyectarlo; puedo dirigirme hacia ese tiempo porque conozco su final.

Veo que te echas para atrás… Déjame decirte que no es lo que crees.

Tengo el título y tengo el final, que no es difícil de adivinar: no hay duda de que es la muerte o su antesala, pero no me sirve una muerte cualquiera. Sé cómo quiero morir. La IA no lo adivinaría nunca.

Además, ¿no está tipificada la expresión «profecías autocumplidas»? ¿Por qué llueven las alertas cuando el decreto se hace sobre un objetivo nefasto o indeseable? Si tales vaticinios funcionan, es razonable pensar que lo hacen en ambos sentidos.

Esa es la razón de ser de mi deseografía, que confío en tenerla para fin de año, tal como prometí.

La IA no sabe hacer esto

La IA no sabe devolverme la memoria de lo que fui. No sabe de los caminos que he seguido ni de los que me han traído hasta aquí y que me permiten tomar distancia con ella. Sin ir más lejos.

Nunca sabrá a quiénes amé ni a quiénes aborrecí, ni de qué modo me sobrepuse a ello y a ellos.

Y no lo sabrá porque todo esto que menciono es la vida real, de la que manos aviesas pareciera que pretenden despojarnos. Vida real, contante y sonante, vida aquilatada, no mera copia pálida ni subproducto de nada.

Tampoco podrá conocer el orgullo y la satisfacción que me produce saber que fui yo quien lo hizo. Jamás podrá escribir la novela de mi vida y, menos aún, la de la vida que deseo.

Ni podrá describir con detalle la duración de los tiempos significativos, los pormenores que los rodearon, los asaltos, los descubrimientos, cada punto de giro. Ni podrá contar nada de eso como lo cuento yo, con el acento y el énfasis justos, las sombras, las zozobras, las serendipias. Cosas que no hace la IA

Si tuviera la peregrina idea de volcar cuanto sé de mí en sus tripas cibernéticas para que me dijera quién soy, ¿sabría? ¿Sabría la IA desmenuzar toda esta complejidad que me hace ser?

Deja que me ría.

Una cosa demoledora que sí hace la IA

¿Sabes que está aprendiendo a mentir?

La IA es capaz de generar artículos pretendidamente académicos y sin fundamento alguno. Un navegante incauto podría pensar que se trata de investigaciones auténticas cuando… nada es más falso.

Hay un artículo que puedes rastrear en internet sobre el experimento que hizo un equipo de la Universidad Charles de Praga: introdujeron detalles en ChatGPT de ciertas investigaciones médicas inexistentes y, a medida que confeccionaba las respuestas, la mentira se iba haciendo más y más gorda.

La resultante fue que la IA produjo algo que podía pasar por auténtico en cuanto a estructura, vocabulario específico y armazón general: introducción, metodología llevada a cabo, discusiones al respecto, tablas y derroche de datos; y, por supuesto, resumen con las conclusiones.

¡Y en una hora!

Tristemente, parece que el monto de gente sin escrúpulos se incrementa, así que más nos vale mirarla con una ceja levantada. Cabe suponer que la comunidad científica y los gobiernos tendrán que tomar medidas y poner algunas puertas en este campo.

Por lo que he visto, el artículo en cuestión se publicó en la revista académica Journal of Medical Internet Research. No te resultará difícil verificar la noticia en internet.

¿Sabe la IA a qué riesgos nos aboca?

¿Y sabrá en algún momento dominarse a sí misma? ¿Adquirirá conciencia?

Más sencillo: ¿en qué lugar de su búnker computacional incluirá valores y normas que engrasen las interacciones humanas? ¿Aprenderá a hacerlo?

No son cuestiones baladíes porque estas herramientas supersónicas hacen algo que es bien feo: se entrometen en mis gustos, en mis rutas, en muchas elecciones que hago. ¿Y para qué? Para tratarme como un subproducto.

Me niego a engolosinarme con sus cantos de sirena cibernética que mueve la cola a la velocidad de la luz. Mientras quienes están tanto detrás como delante —creadores de los algoritmos y organismos institucionales y de freno— no regulen sus sacudidas, regreso a la vida sosegada; mientras no sea así, me someto a lo que dicta mi corazón, a lo que defino como valioso para mí; mientras, me mantengo ojo avizor.

Marc Serramià, premiado por la Sociedad Científica Informática de España y de la Fundación BBVA, con su galardón para jóvenes investigadores, dice:

También hay un problema en el terreno de la educación. Ya no es solo que los alumnos usen ChatGPT para hacer los deberes, sino que, si todos confiamos en este tipo de herramientas, el conocimiento humano desaparecerá. Se equivocará el algoritmo y nadie sabrá que lo ha hecho. Y ya se ha visto que muchos modelos se inventan respuestas. En las cajetillas de tabaco pone que fumar mata. Con la IA debería suceder lo mismo.

Propina 1

Este párrafo lo tomo de forma literal del boletín de Mariana Eguaras:

La inteligencia artificial, que todo lo inunda ahora, puede inventarse ejemplos, situaciones y supuestos, pero no puede analizar un caso real de algo que ha experimentado. Por fortuna, la vivencia es algo que nos compete únicamente a los seres humanos.

Una vivencia implica un proceso a través del cual las personas experimentamos, interpretamos y otorgamos significado a los acontecimientos, algo que las IA no poseen.

Si no sigues a Mariana Eguaras, ya estás tardando en hacerlo.

Propina 2

Esto lo decía hace unos días en su cuenta de X (añorado Twitter), Carlos Javier González Serrano, profesor de Filosofía y Psicología:

Hay que recuperar la lentitud en los procesos de la vida. La rapidez es una estrategia diseñada para consumir —y ser consumidos— de forma incesante. El cerebro rápido y estresado no puede calcular las consecuencias de sus actos: reacciona mecánicamente, no actúa responsablemente.

Si, en adelante, me vas viendo menos por aquí, ya sabes a qué se debe. No necesitarás preguntárselo a la IA porque no tendrá ni puñetera idea.

 

Me suscribo a la lista Escritura y corrección de textos

* campos requeridos
Consentimiento *

 

One Comment

  • Marian,
    espero que alcances tus metas en este tiempo que te tomas alejada de las redes.
    Es reconfortante sentirte palpitar fuerte y viva a través de artículos y reflexiones cada semana, la IA está a años luz, si es que se acerca alguna vez, así que, porfa, no te olvides de regresar,
    saludo,

Leave a Reply

Responsable: María Ángeles Ruiz Garrido. / Finalidad: Publicar tu comentario. / Legitimación: Consentimiento del interesado. / Destinatarios: No se cederán datos a terceros, salvo obligación legal. /Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos. Puedes consultar la información detallada sobre la Política de privacidad aquí.

Close Menu

Haz magia.

Haz lo adecuado, lo ajustado al contexto.
Pon criterio, corrección y soltura:
serás un alquimista.

 

Tus palabras hablan de ti más de lo que imaginas;
haz que trabajen a tu favor.

Transmite claridad de ideas, solvencia, confianza…
¡Haz que tu negocio crezca gracias a ellas!

Tus palabras: tu carta de presentación.