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Hay quien se equivoca. Se equivoca quien ignora que aquí se corrigen textos. Lo hace quien llega con otras intenciones que no son las estrictamente profesionales.

No desesperes: iré matizando.

De entrada, esto: corrijo textos como soy. Significa que me gusta indagar en las motivaciones de quienes recurren a mis servicios, conocerlos, darles el mejor trato posible. Me gusta saber qué le piden a su relato, novela, cuento o ensayo.

Corrijo textos como soy: doy buen trato, me intereso por saber quién está del otro lado, qué le pide a su texto... En síntesis: lo cuido. Clic para tuitear

«Ah» —te preguntas—, «¿es que no piden todos lo mismo?».

No, no piden todos lo mismo.

Hay quien viene enseñado, quien se maneja con el control de cambios de Word sin problema. Se trata de quien ya ha pasado por ahí en otras ocasiones y a quien no hay que explicarle nada. No es preciso enviarle la chuleta de cómo funciona la herramienta.

Están quienes quieren aprender. Este grupo podría dividirse entre A y B.

  • Grupo A: aprenden porque se fijan, porque estudian las intervenciones que la correctora ha hecho en su texto. Seguro que buscan y rebuscan en la RAE o en la Fundéu y van sacando —en la soledad de su rincón de trabajo— sus propias conclusiones.
  • Grupo B: piden argumentos, justificaciones, razonamientos. Por qué esto sí y esto no. Buscan clases de gramática, de sintaxis, de composición literaria.

Y están, por último, quienes solo buscan que les quede bien. No pretenden hacer carrera literaria, sino escribir de forma puntual y no entregar un truño («Todo cagallón del tamaño de un puño», según la Frikipedia) a sus lectores.

Aquí se corrigen textos y yo corrijo como soy

Para cada grupo, lógicamente, aplico tarifas específicas en función del grado de trabajo.

Pero aún hay otro grupo que podría denominar con mayor precisión grupúsculo. Para este no hay tarifas que valgan. Los que conforman el grupúsculo son como las meigas: no hay muchos, pero haberlos haylos.

A raíz del último boletín del año pasado (en que me puse metafóricamente romántica), me escribieron con extraordinaria sensibilidad (que aplaudo y me enternece) no pocos suscriptores y suscriptoras. Hasta ahí, todo normal.

Pero hubo quien no entendió la metáfora y se condujo en modo adolescente.

Un poco de contexto

He aquí las primeras líneas del boletín en cuestión, que incluía, además, esta imagen de cabecera:

 

La persona en cuestión respondió:

DÓNDE QUEDAMOS Y ENVÍAME UNA FOTO TUYA.

No es difícil calcular por dónde se conduce alguien así, de modo que me armé de paciencia y le remití a mi web.

Nueva respuesta del susodicho:

Y CUAL ES TU WED (sic).

Los que no cuidan las formas

Estos son como esos otros que ponen música para todo el barrio.

Le respondí en estos términos:

Web, Fulanito, web. ¿Eres escritor, lees mis boletines y no sabes cuál es mi web? ¿Y no sabes tampoco que amo las palabras y que, por eso mismo, me gusta cuidarlas y que así se lo supongo a todos mis suscriptores?

Por cierto, si no sabes cuál es mi web, ¿cómo es que te llega mi boletín? 🤔

(Eres como un expediente X…).

Aún hubo una respuesta por su parte. Lacónica, descontextualizada:

Se ha confundido.

Agradecí que, cuando menos, no llegaba en mayúsculas.

Me quedé pensando «Tú respondiste a mi boletín. ¿No serás tú quien se confunde?», pero preferí no echar más leña y me envainé la faca.

Con el corazón en la mano, tú que me lees: si no te interesa escribir ni mejorar en tu escritura; si lo tuyo nada tiene que ver ni con la lengua ni con la literatura, ¿puedo saber qué haces aquí?

Porque aquí se corrigen textos y todo empieza por algo bien simple: cuidar las formas.

Los que no firman

Cuidar las formas no es algo baladí. Tiene que ver con cuidar al otro, algo de lo que vamos estando escasos.

Mira qué sencillo: yo te cuido a ti y tú me cuidas a mí. Si no lo hacemos así, todo queda abandonado a su propia suerte.

Y para quien no termina de pillar qué es eso de cuidarse: va de algo que está muy de moda y que llamamos sostenible.

Sostenible es un adjetivo que se añade a cualquier contexto que se pretende conservar sin perjudicarlo. Para eso, añadimos filtros, eliminamos plásticos, buscamos formas ecológicas de relacionarnos con la naturaleza. Reinventamos nuevos modos de conectarnos con el medioambiente.

Y, visto lo visto y cómo se dan de leches hasta en el Congreso, nos urge cuidarnos. Es sencillo: «como me importas, te cuido». Y me importas porque construyo cosas contigo. Y cosas son textos, y te corrijo encantada el estilo y la ortotipografía mientras establecemos un modo de relacionarnos.

No es algo baladí.

Dicho esto, ¿qué menos que poner un encabezamiento cuando te diriges a alguien? También cuando te diriges a la correctora:

Hola, Marian:

Fíjate qué sencillo: pones la coma vocativa, añades mi nombre (que es Marian, sin tilde; ni Mirian, Miruam, Marián, Mariam ni Mairam; no, Marianne tampoco, si lo sabré yo) y los dos puntos; y solo con algo tan simple como eso, me cambia la actitud con la que me predispongo a leerte.

Y cuando termines lo que venías a contarme, por favor, firma:

Marcoandré / Adalberta

No necesitas añadir ni un punto. Solo tu nombre. De ese modo, cuando te responda, sabré cómo dirigirme a ti.

Los que escriben en fin de semana y festivos

Esto, en general: entiendo que hay quienes se relajan en fin de semana y festivos y aprovechan para redactar unas pocas líneas, urgidos por saber. Cómo no entenderlos.

Supongo que no esperan una respuesta a vuelta de correo, porque la correctora también es alguien que aprecia mucho su tiempo libre (tan escaso). Si quieren escribirme en fin de semana y fiestas de guardar, sin problema.

En efecto, suelen tener urgencia por saber.

¿Saber qué?

A cuánto está el kilo de palabras.

Y yo no puedo sino contestar como hacen los gallegos: depende. ¿Hay muchas esdrújulas, llanas, agudas…? ¿Llevan tilde las que deben llevarla? ¿Faltan palabras? Y, sobre todo, ¿sobran? ¿Y por cuáles hay que canjearlas? ¿Cómo vamos de morralla, léase, de adjetivos inútiles, adverbios terminados en –mente, muletillas, coletillas, espacios de más, signos de menos? ¿Y cómo de repeticiones, imprecisiones, sintaxis, tópicos?

Y de fondo, de ideas estructuradas, de organización de las partes, ¿vamos bien? ¿Está todo claro? Ah, y ¿sobran conectores o… faltan?

Entenderás que responda así, aunque esto lo digo de coña…, porque trato de predicar con el ejemplo.

Quiero decir: acostumbro a poner en antecedentes a la persona, le cuento de qué va la vaina, le pido unas páginas del manuscrito en cuestión. Le hago una prueba sin compromiso. Eso sí, en día laborable.

Si no me ha puesto su nombre, le pregunto cómo puedo dirigirme a ella.

Empiezo por cuidarla.

A veces, la comunicación se interrumpe ahí mismo. Hay quien lleva tal velocidad y va tan urgido que «solo quiere tarifas» y se salta toda cortesía.

Y como soy así, aquí se corrigen textos así

Tengo unos mínimos y en mis mínimos mando yo. Un mínimo es el respeto. Me importa que nos garanticemos unas elementales condiciones de entrada que sustenten el resto de la relación.

Me consta que, si le describo los pormenores que tienen mis tarifas, alguien así ni siquiera sería capaz de interpretarlos.

Esa sostenibilidad (ya no adjetiva, sino sustantiva) de la que hablo debemos asumirla ambas partes: yo te cuido a ti y tú me cuidas a mí. De lo contrario, no hay trato.

Para mí, significa un determinado modo de habitar el mundo, así que rechazo ese uso tan utilitarista (solo utilitarista) del otro. Vamos a tener una relación interesada, con un propósito, sin duda, pero me importan los medios que pongamos para lograrlo.

Tengo la firme convicción de que no prosperamos como sociedad sin esa percepción de sentir que nos cuidamos. Y se empieza por aquí.

Así de sencillo.

De manera que, si te parecía intrascendente la cosa, ya ves que a mí no solo no me lo parece, sino que sitúo ese mínimo en el principio de todo.

A partir de ahí, lo que necesites.

Propina 1

Ese cuidado al que me refiero no invalida la puesta de límites. Creo que los límites son necesarios y ayudan a tener interacciones sanas.

Por eso mismo, en el terreno de la corrección de textos, me importa saber qué le pides a tu manuscrito. Que me lo digas me sirve para establecer una pauta.

Los límites, por último, e hilando con todo lo que vengo diciéndote, nos sirven para establecer una dinámica de trabajo saludable, asertiva.

Para que no te equivoques tú y no me equivoque yo.

Propina 2

Sé amable, agradece que la correctora te responda de forma cortés, que te haga una prueba gratuita. Estúdiala, tiene valor; comprueba cómo mejora tu texto.

Puede que no te interese, que tuvieras un precio en mente y resulta que es otro; que lo hayas pensado mejor y quieras darle una vuelta más a tu manuscrito; que la correctora, mira por dónde —y tú sabrás por qué, porque soy un encanto—, no te haya caído bien.

Pueden pasar un sinfín de cosas, pero responde. Di que no te viene bien, que… lo que sea, pero sé amable y agradece el tiempo que te dedicó.

Como leí recientemente en un boletín de El País: «Disfrutamos de maravillas cotidianas cuyo éxito nos pasa desapercibido, porque las desgracias que evitas son balas invisibles».

Y tú ¿cómo lo ves?

 

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