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¡Qué difícil es narrar!, ¿verdad? ¿Cómo logran ciertos talentos contarnos una historia a nosotros y solo a nosotros?

Y, sin embargo, los hay que nacen con ese don.

A todo el mundo le pasan cosas, pero el talento para contarlas tiene otra miga. Tanto el cuento más diminuto como la novela más ambiciosa comparten un elemento fundamental: la facultad de contar una historia de manera efectiva.

Tienes el músculo, aunque puede que le falte tono o fuerza por falta de entrenamiento. No desdeñes la práctica, la observación y el aprendizaje. Compartir en X

Este potencial, que podemos llamar talento narrativo, se manifiesta en diferentes aspectos:

  • virtud de encontrar la propia voz,
  • habilidad para dar con una estructura,
  • gracia para atinar con un lenguaje evocador,
  • disposición para observar la realidad,
  • capacidad de empatizar con cada personaje,
  • ingenio para crear mundos imaginarios, ficcionales.

Qué difícil es narrar si no encuentras la voz

Seas cuentista o novelista, necesitas dar con la voz. Con esa voz. No sirve cualquiera. A veces serás una omnipotente y omnisciente onda, y otras, una pequeña cresta íntima y susurrante. Y otras más, ni la una ni la otra, sino la que se va deslizando pegada a la conciencia de cada personaje.

¿Qué significa encontrar esa voz a la hora de narrar? En realidad, es tu voz; la que prestas a cada historia y a cada personaje en un desdoblamiento calculado.

Cuando narras, no te limitas solo a escoger este o aquel término, que también, sino que abarcas todos los aspectos de la escritura. Escoges la estructura de las oraciones, seleccionas imágenes y metáforas, la perspectiva, el tono.

No encuentras todo eso de repente. Es un proceso gradual, como pasa con las crecederas de los infantes: requiere tiempo; y,  además, otro par de cosas que no hacen falta con las crecederas: práctica y autoconocimiento.

¿Qué te ayuda? Experimentar. Ensayar diferentes estilos y técnicas antes de descubrir qué se te ajusta mejor. Es un viaje que conduce a resultados sorprendentes y muy gratificantes.

Una vez que das con ella, se vuelve una herramienta poderosa. La voz narrativa hace que esa escritura tuya sea única… y puede que hasta memorable.

A quien no le es difícil narrar…

Recuerda a Fernando Fernán Gómez con el talento que tenía para la interpretación: hacía grande a cualquier personaje. Cuentan que, en los descansos entre escena y escena, relataba historias y que muchas se convirtieron en películas muy celebradas.

A Fernando Fernán Gómez no le resultaba difícil narrar. Tampoco a Augusto Monterroso, que condensó en una brevísima frase la savia del cuento:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

En el extremo opuesto está Marcel Proust, con sus diez mil páginas de En busca del tiempo perdido; cualquiera diría que él mismo acabó perdido al proponerse una búsqueda tan ardua.

A bastante distancia, aunque sin quedarse atrás en cuanto a la media, Los miserables, a la que Víctor Hugo le dedicó nada menos que mil quinientas páginas.

Y un ejemplo patrio: ignoro cuántas páginas tenía el Don Quijote original —publicado en dos tiempos (1065 y 1615)—, pero ediciones modernas suelen tener entre 800 y 1200 páginas.

Quien nace con el don lo tiene más fácil. Es como quien nace con un extra de resistencia física o con mano para la pintura o la talla.

¿Qué hacemos los demás? Pues, mira, encaramarnos a esas tapias.

A esas que te acabo de mencionar, no a estas otras:

La IA versus nuestra voz y nuestra narrativa

Si usas la IA antes de aprender a narrar con los métodos tradicionales, la llevas clara.

Es como no haber aprendido a multiplicar sin calculadora, a escribir en papel ni a formular una queja o una denuncia. Como no haber aprendido a redactar una carta de amor.

Estos son los síndromes que te aquejarán:

  • Dependencia digital o tecnológica: como consecuencia, te cargarás la voz narrativa que pretendes.
  • Superficialidad y falta de estilo: la IA puede generar textos coherentes, pero carece de la creatividad, la intuición y la sensibilidad humanas. Una mezcolanza de textos ajenos, por muchas combinaciones que lleve, nunca dará como resultado esa voz tuya que persigues.
  • Desconocimiento de las técnicas narrativas. Aprende antes cómo funcionan la estructura, el ritmo, la tensión y otros elementos narrativos.
  • Repetición de clichés. La IA es a la tecnología lo que la ropa vieja a las cocinas tradicionales: una mezcolanza que genera resultados predecibles.
  • Ausencia de alma: la IA puede simular los sentimientos, pero no experimentarlos. ¿A quién le impactarán tus historias si tú no has aprendido a mirar ahí?

Si no te has detenido a ver de qué materia es eso que sientes…, ¿cómo harás para dar vida a tus personajes y que no sean tópicos?

Como dice Jesús G. Maestro: «No se olviden de una inteligencia superior a la artificial: la inteligencia natural. Cuanto más cultiven la IA, más inteligente será la máquina y menos lo serán ustedes».

Sé inteligente también cuando escribas ficción.

Qué difícil es narrar si no te relacionas con tus personajes

No conectes con tus personajes y tendrás un problema, Huston. Te sientas frente al teclado, pero ellos —esos ingratos— no te dicen nada. Los ves ahí, quietos, planos como cartón, sin vida ni chispa.

Preguntas «¿cómo te sientes?», pero solo obtienes el silencio incómodo de una mala cita.

Si no los conoces, no los entiendes, y, si no los entiendes, no saben qué decir. Y si no saben qué decir… bueno, ahí estás tú, mirando la pantalla en blanco, mientras ellos te devuelven la mirada con cara de y ahora, ¿qué?

Podrías responder al ingrato de turno: «Buena pregunta, colega. ¿Y tú qué crees? Yo solo soy quien escribe; podrías ayudarme un poco».

Si quieres conexión real, háblale como si fuera de carne y hueso. Pregúntale qué siente, qué le preocupa. No siempre quieren respuestas, a veces, solo necesitan que alguien los escuche. No son ChatGPT.

La clave está en que conectes: ponle cara, fíjate en sus reacciones y en qué responde. Si te sientas en silencio y esperas…, responde. Cuanto más te involucres en su mundo, más fácil te será conectar con él. ¿Cómo habla? ¿Cómo se defiende? ¿Qué persigue?

¿Narrar sin estructura?

Aunque no sea más que eso, tienes que saber adónde vas, qué quieres, de qué va lo tuyo. O detallas un mapa aproximado o tienes el hilo en la cabeza. No te lances a escribir algo que pretende ser consistente sin una mínima orientación. Lo otro es perderse en un mar de palabras sin rumbo.

Puedes escribir con un esquema rígido o dejar espacio a la improvisación, pero siempre necesitas un norte narrativo.

¿Qué tal una escena final que te conmueva?, ¿quizá un conflicto?, ¿algo que te preocupa y que querrías investigar?

Para abandonar la idea de que es difícil narrar

Piensa en esto como en un viaje: no tendrás todas las paradas planeadas, pero sabes qué paisaje o qué tipo de destino buscas.

A lo mejor hay una escena que visualizas con claridad: un personaje caminando solo bajo la lluvia o un abrazo desesperado en el último momento.

¿Y si alguien pudiera recordar vidas pasadas y nadie le creyera? ¿Qué pasaría si una carta llegara veinte años tarde? (Cosas más tremendas se han visto…).

Imagina un personaje que leyera un libro cuyo protagonista fueras tú. ¿Qué ve? ¿Cómo eres a ojos ajenos? ¿Cómo le suena tu voz? ¿Qué idea se hace de ti?

Si te obsesiona el destino (¿es antojadizo?, ¿está predeterminado?, lo del libre albedrío ¿es una patraña?), el poder del perdón (¿cómo es un perdón de verdad?) o la lucha contra la soledad, tienes otras rutas posibles.

¿Y contar la historia al revés, en entradas de diario o desde distintas perspectivas? Vale, ya se ha hecho, pero ¿es tu vida, tu mirada?

Piensa en todo esto.

¡Pero qué difícil es narrar sin un lenguaje evocador!

No siempre hace falta un lenguaje evocador para contar una historia, pero, entre tú y yo: ayuda mucho. Una narración sin chispa es como una pizza sin queso: puede cumplir su función, pero le falta…

Aunque algunos puristas dirán que una pizza sin queso es otra cosa. Pero luego llegan los amantes de la pizza marinara, que no lleva queso y es 100 % legítima en Italia. ¿Y qué me dices de la calzone? ¿Es una pizza deconstruida, atortillada, empanadillada?

Te dejo con ese dilema filosófico.

Dicho esto, no todas las historias requieren prosa poética o metáforas chocantes. Cuántas veces la sencillez es la clave. Hay relatos que brillan con frases directas, diálogos ágiles y descripciones mínimas, como una buena película de acción donde todo se entiende sin adornos innecesarios.

Solo que, si buscas emocionar, sumergir al lector en cierto ambiente o hacer que sienta la brisa marina con solo leer una línea… ahí sí, un poco de lenguaje evocador viene de perlas (échale un ojo a esta entrada).

Pero ¡ojo con pasarte!: una historia no necesita «la noche era un manto de terciopelo salpicado de diamantes titilantes». Funciona mucho mejor: «Las estrellas brillaban en la oscuridad».

En resumen: usa el lenguaje evocador cuando lo necesites, pero no le pongas zapatos apretados.

La historia siempre es lo más importante, y, muy a menudo, menos es más.

Y qué difícil es narrar sin observar el mundo

Narrar sin escudriñar el mundo es como pintar sin colores o componer música sin haber escuchado jamás un sonido. La imaginación tiene un nutriente esencial: se llama realidad. Y la realidad tiene matices, detalles que pueden parecer insignificantes a ojos desatentos.

Si pretendes escribir sin observar es como si viajaras y no mirases por la ventanilla: los gestos de la gente, la forma en que incide la luz aquí y allá, el rumor de una conversación que pillas a medias en un café… Todo eso es materia prima para la narración.

Hasta la fantasía más desbordante tiene raíces en lo real. Los grandes mundos ficticios —desde las ciudades invisibles de Calvino hasta los reinos de Tolkien— nacen de una observación minuciosa del comportamiento humano, de la geografía, de la historia.

Mira el mundo con curiosidad y luego me cuentas.

Propina 1

Te anticipo lo que me dirás: no solo habrá cambiado tu escritura y no solo será más verosímil y estará más dotada de vida: habrás cambiado tú y habrás crecido como narrador.

A fin de cuentas, cada historia es reflejo de lo que nos rodea, pero contado con las palabras de quien se atrevió a mirarlo sin anteojeras.

Propina 2

Tanto el cuento más humilde como la novela más ambiciosa exigen talento narrativo; o natural o aprendido. Este talento es el que conecta con el lector.

La historia que se cuenta es ese lugar en que el autor y el lector se reúnen para celebrar una ceremonia secreta. Y mágica, porque eso que quizá jamás ocurrió vivirá en la mente del lector como si de verdad hubiera pasado.

Y así, poco a poco, verás que narrar va siendo cada vez más fácil.

Termino con un secreto: la buena literatura da vértigo a quien la escribe y a quien la lee.

Si se te sigue resistiendo, ya sabes dónde encontrarme.

 

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