¿Por qué deberíamos ser exigentes al escribir ficción?
Quizá lo primero que te viene a la cabeza es responder «para tener más oportunidades de llegar al lector», «para vender más»; «porque cuanto mejor sea la historia que se cuenta más oportunidades tenemos de sacar la cabeza, de distinguirnos»; tal vez, «porque la capacidad de quien escribe para transmitir ideas y emociones se incrementa de forma exponencial».
En líneas generales, digamos que todo eso es cierto.
Ser exigentes no se reduce al mero hecho de escribir ficción. Nuestro propio desarrollo como seres humanos está comprometido. Compartir en XPero sigue leyendo, que esto de la ficción tiene tela. Me referiré a alguien que sabe mucho de ella, aunque no es precisamente ficción lo que escribe.
Calidad literaria y estilo personal
Hay una relación entre el nivel de exigencia y la posibilidad de alcanzar un nivel alto de calidad literaria. Lo harás si te empeñas en pulir tu prosa, en escoger las palabras adecuadas, en crear estructuras narrativas convincentes.
Lo contrario, el descuido, la falta de atención al detalle, la falta de coherencia interna y las descripciones superficiales —esas que no ahondan y que, por lo mismo, no meten de cabeza al lector— solo restan.
Necesitas también un cierto modo de mirar que haga las veces de prismático particular. Un modo de entender a los personajes que han de defender esa historia, con sus antecedentes, motivaciones y arcos evolutivos. Nada de estereotipejos, como dice Víctor J. Sanz.
Y tampoco basta. A fin de cuentas, se trata de escribir de un modo tal que evoque emociones profundas y transmita mensajes o reflexiones sobre la condición humana.
Para eso, conviene ser cuidadoso y meticuloso. ¿O crees que da igual abordar de un modo o de otro las situaciones dramáticas y los conflictos —internos o externos— de los personajes?
Conviene ser exigentes al escribir ficción
Ser exigente garantiza que la lectura no se vea forzada o superficial y que los temas subyacentes emerjan de manera orgánica.
Significa evitar las fórmulas fáciles o los caminos que ya transitaron otros; buscar nuevas perspectivas, giros narrativos inesperados o formas innovadoras de contar una historia.
Esto no solo mantiene el interés del lector: también te desafía a ti a tirar de creatividad y a explorar ideas.
Añádele todo lo relativo al ritmo narrativo, la preparación del clímax, la resolución de los conflictos. Una estructura deficiente hará que la trama pierda interés y que el final no tenga el impacto que debería. Un buen manejo en ese sentido asegura que la historia fluya de manera natural y que cada parte cumpla su función.
Además de esto, ser exigente significa no conformarse con el primer borrador. La revisión es un proceso crítico: no hay otro modo de corregir errores, de mejorar el estilo, de reforzar los puntos débiles y de asegurarse de que la obra cumple con su máximo potencial.
Esta exigencia al escribir ficción es un signo de respeto hacia la obra y hacia el lector. El resultado será una narrativa rica, bien pensada y emocionalmente resonante.
Además, ¿por qué importa ser exigentes al escribir ficción?
Yuval Noah Harari, el autor del ensayo Sapiens: De animales a dioses, dice que nadie es capaz de predecir qué ocurrirá dentro de veinticinco o cincuenta años. Añade que tampoco tendría sentido que el futuro estuviera determinado.
Verás por qué te lo cuento:
Hay algo en su exposición que me ha provocado escribir este artículo: «nosotros, los humanos, nos motivamos a partir de ficciones», dice. «La idea es que, si uno puede esbozar distintas posibilidades, entonces, se puede hacer algo para evitar que ocurran las peores y fomentar las mejores».
Esa es la madre del cordero.
Sostiene que pasamos de ser un mono más a ser los reyes de la creación gracias a nuestra capacidad de cooperar en grandes números. Los chimpancés se quedan en las docenas. Los humanos, en cambio, podemos cooperar entre millones y billones de nosotros. Los grandes avances y descubrimientos que hemos hecho se basan en cooperaciones a gran escala.
Y aquí viene lo bueno:
«Y la cooperación, a su vez, está basada en nuestra imaginación y en nuestra capacidad de crear y creer en lo ficticio».
Dicho de otro modo: esta asombrosa capacidad de cooperación parte del hecho de que creemos en historias «de ficción».
Vuelvo más abajo con su argumento central, con esos pequeños engaños que compartimos.
Más razones para ser exigentes al escribir ficción
En este artículo, Víctor J. Sanz dice que «leer algo mal escrito o armado de cualquier manera solo te quita tiempo».
Y te envenena el hígado, digo yo, a poco que sepas qué estás leyendo. Un lenguaje torpe o desajustado es frustrante porque no hay modo de enterarse de lo que se lee. La consecuencia es que le añade trabajo al lector; y no es por lo que ha pagado.
Pasa también con los errores gramaticales o de estilo: interrumpen el flujo de la lectura y desvían la atención del fondo.
La peor experiencia lectora que he tenido la viví con alguien a quien admiro por sus artículos. Aquella ópera prima, me consta, no había pasado por la corrección más elemental. No me he recuperado del disgusto.
Me ha tocado reescribir historias completas, historias que no había por dónde cogerlas. Lo confieso: me cuesta entender qué le lleva a quien escribe a tener que publicar a toda costa, cuando ni siquiera maneja los mimbres de la escritura.
¿Y si los personajes no son creíbles o están mal trabajados? ¿Y si no han salido sino de clichés? ¿Qué haces, estampas el libro contra la pared?, ¿lo devuelves?
Lo mismo puede decirse de esos mundos ficcionales mal descritos o incoherentes con las premisas y reglas que los harían creíbles.
Ser o no ser exigentes al escribir ficción
En el artículo de Víctor J. Sanz, puedes leer esto que dicen algunos aspirantes: «¿Por qué no puedo escribir mal si me da la gana? Exijo libertad para no someterme a la dictadura de las normas ortográficas».
También se descolgaba con algo parecido otro personaje con motivo de este artículo mío de hace unos días. Me pasma el concepto de libertad que esgrimen algunos cuyo engreimiento daría para escribir varios tratados. Pensar que, en nombre de la libertad, no es necesario seguir reglas gramaticales, ortográficas o de coherencia, me hace presumir un texto desorganizado y difícil de leer. Y, sin embargo, estarás conmigo en que la libertad en la escritura no es sinónimo de caos.
No soporto tropezarme con faltas de ortografía, dar con diálogos insulsos o con conflictos que no se justifican o no se resuelven de modo satisfactorio. ¡Ah, y las incoherencias en la trama! Y ese extenderse en explicaciones y eternizarse en bucles que no añaden nada.
El asunto del ritmo también tiene lo suyo, o el hecho de que la trama vaya a trompicones o no cumpla las expectativas. Ese aspirante verá cuánto tarda en caer su novela por el terraplén de los gustos del lector que se entregó confiado.
Como sea la primera vez de ese candidato a lector de cierto género, hará que lo aborrezca.
La ficción en el centro de nuestro desarrollo
En Sapiens: De animales a dioses, Yuval Noah Harari explica la importancia de la capacidad del ser humano para construir narrativas y mitos compartidos.
Uno de los pasajes más relevantes se encuentra al principio del libro, en el capítulo titulado «La revolución cognitiva»: «el desarrollo del lenguaje y la capacidad de imaginar cosas que no existen permitió a los seres humanos colaborar en grandes grupos, algo crucial para el éxito de la especie».
La verdadera diferencia entre los humanos y otros animales reside en la capacidad del Homo sapiens para crear y creer en ficciones. Todos los grandes sistemas de cooperación humana —incluyendo religiones, empresas comerciales, sistemas legales y naciones— están basados en ficciones compartidas. Las naciones son comunidades imaginadas, los dioses son historias que creamos y el dinero es un sistema de confianza basado en mitos. Estas ficciones permiten a los seres humanos cooperar en un nivel masivo, algo que no tiene paralelo en el reino animal.
Dos ejemplos claros de Yuval Noah Harari
El primero, la religión:
Si un grupo de seres humanos se reúne para construir una catedral o una mezquita es porque todos ellos creen en una historia ficticia. «Nunca podrás convencer a un chimpancé para que luche en una guerra. Ni siquiera para convencerle de que te dé un plátano, prometiéndole que cuando muera irá al cielo y tendrá montones de ellos».
A un chimpancé, dale plátano contante y déjate de mandangas con él.
El segundo, el dinero:
Harari dice que es la ficción legal más asombrosa de todas.
«Un billete no tiene valor objetivo: no es posible comerlo ni beberlo. Ahora bien, banqueros y economistas nos han contado una historia alrededor de ese papel: “mire, con este billete, usted puede comprar diez plátanos. Puede acercarse a un supermercado, entregárselo a un desconocido y obtener a cambio plátanos que sí puede comer”».
Esos pequeños engaños que compartimos, como dice este autor. Otros llamaríamos consenso al hecho manejarnos con dinero fiduciario (y no de valor intrínseco) como hacemos hoy (aunque tú y yo no hayamos consensuado nada). En ambos casos, entraña otorgar valor a la narrativa que lo respalda.
Ahora —esto lo digo yo—, dele usted el billete a un chimpancé y cuéntele lo que puede hacer con él.
Propina 1
Si has leído con atención lo que dice Harari, habrás caído en la cuenta de la responsabilidad que tenemos al crear ficciones.
La primera ley de la ficción, toma buena nota, es que debe ser creíble, verosímil, aceptable. Para eso, escribir como a uno le dé la gana quizá no sea la mejor medida.
Por cierto, no es desatinado pensar que la actual deriva distópica tiene que ver con ese futuro negro que vamos ficcionando entre todos. De hecho, nuestras acciones —o inacciones— en torno a los problemas que tenemos están sembrando las semillas de lo que podría ser un mañana sombrío.
En virtud de esa responsabilidad que compartimos, siento que aún tenemos cierto margen de maniobra en cuanto a nuestras prioridades colectivas. Ahora bien, tiempo y voluntad son factores cruciales en esa lucha.
¿Alguien se atreve a articular esa narrativa? ¿Quizá uno de estos que se arrogan la potestad de escribir como les da gana? Igual nos sorprenden…
Propina 2
Y para más abundamiento sobre este compromiso que tenemos, un artículo de El País titulado «La ciencia analiza 150 años de literatura: la ficción ha reforzado el estereotipo de mujer pasiva».
Para muestra, este botón:
Durante gran parte del siglo XX las mujeres retratadas en la ficción no tenían mucha capacidad de acción y control sobre sus vidas, coincidiendo con una época en la que los roles en el trabajo y la sociedad estaban muy definidos e inclinados hacia los hombres, especialmente en los años 1950 y 1960 en Estados Unidos. Pero la tendencia cambia en las dos siguientes décadas, cuando estalla el feminismo y las mujeres comienzan a tener más poder.
Quien esté suscrito puede teclear el título y acceder al artículo completo.
Propina 3
O le cuentas algo verosímil al lector o tendrás que olvidarte de él y dedicarte al macramé —es un ejemplo—. Recuerda que solo con herramientas y comida no se construyen campos ni estadios de fútbol. Tampoco macrosalas para conciertos ni centros comerciales, ni se organizan carnavales.
Para todo ello se necesitan sofisticadas redes de apoyo, como dice Harari. Antes, se necesita haber construido una poderosa ficción capaz de aglutinar esas fuerzas con un objetivo común.
De hecho, tampoco saldremos de la distopía reproduciendo las mismas narrativas de siempre.
¿Alguien se anima a contar algo distinto? ¿Alguien en la sala que nos provea de una ficción novedosa que nos aliente a tomar lo que tenemos entre manos y a darle nueva forma?
Por cierto, puedo echarte una mano…
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