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Si te preguntas cuándo es un buen momento para escribir, vengo con la respuesta: este. ¡Este! No es mañana ni es la semana que viene. Da igual dónde te encuentres.

Porque pasa lo siguiente:

Hay quien espera el rapto, ese momento divino en que las musas tengan a bien visitarlo y zarandearlo; el instante inaugural en que desciendan de los numinosos palacios del Olimpo para posarse en su hombro. ¿Qué hace la persona mientras? Nada que no sea permitir al mono que habita en su cabeza que siga saltando de liana en liana.

Arañar momentos, perseverar, insistir: ese es tu buen momento para escribir, tu cuarto propio. Compartir en X

La expectativa no acostumbra a funcionar así. La inspiración y otros dones artísticos, tampoco. Dicen que las musas susurran a quienes creen en la magia; dicen que solo cuando la creencia es poderosa los encuentran.

He ahí la historia: creer.

Ahora bien, cuando uno cree en algo, lo primero que pone en marcha es una determinada actitud. Uno reverencia aquello en lo que cree. Se entrega. Persevera incluso en medio de dificultades y mantiene una relación cercana con el objeto de su veneración.

De manera que, si quieres escribir, si te debates entre si este es un buen momento mejor que ese otro, no dudes: es ahora. Escribe ahora.

Suma creencia y actitud. Es así como funciona la magia y como te encuentran las musas. Solo entonces te conviertes en un mortal digno de su favor.

Los buenos momentos para escribir

Me he puesto a teclear con una idea difusa. ¿Qué hago mientras? Me observo. Tengo un diálogo conmigo misma: vira alrededor de que es verano; infantes e infantas del colegio vecino están ya de vacaciones y hay un silencio que agradezco sobremanera.

Ahora pienso en ti que quieres escribir, en las rutinas de escritura que tienes o que querrías tener. Me consta que soñabas con el periodo vacacional porque eso de pedirte un año sabático te quedaba lejos. Pero sabes que tampoco te funcionaron las últimas vacaciones, así que te encomiendas a estas próximas.

¿Cómo podrías hacer para entrenar el hábito? ¿Cómo podrías, con tu familia, tus colegas o tu pareja proponiéndote mil planes? ¿Qué haces con quienes llegan cada día llenos de ideas estivales?

Ni siquiera tienes un cuarto propio, un lugar en el que refugiarte con un cartelito que diga «¡Cuidado! Perro rabioso».

Cierto que, sin ese lugar entre cuatro paredes o un páramo alejado de posibles injerencias, se vuelve más complicado. Más complicado; en absoluto imposible.

Si vuelves sobre Virginia Woolf, verás que, a la necesidad del cuarto propio y del tiempo, añade un ingrediente fundamental. Se llama concentración.

Tu espacio más propio es tu capacidad de centrar tu atención.

Escribir de camino a…

Si te trasladas —como es mi caso— y no eres quien conduce, lleva una libretita y un boli en la mano. Describe lo que ves y describe a quienes viajan a tu lado.

Abstráete. Considera eso que ves de forma aislada. No te obsesiones con la excelencia. Es un cuaderno de notas; discutir encajes y acabados es tarea de otro momento.

Ten presente que no puedes cambiar las circunstancias, pero puedes cambiar tu actitud. Date el permiso de escribir sin presiones. 

De hecho, algún detalle de la persona que tienes cerca puede servirte para recrear el perfil de cierto personaje. Es fácil descubrir aspectos de los demás en esas ocasiones que se salen de la rutina. Quizá esa persona se muestra ansiosa, o preocupada, o insistente; puede, incluso, que te resulte intolerante o lenta o caprichosa o aburrida.

¿Y qué me dices del paisaje? ¿Qué luz hay? ¿Se conjuga el tiempo atmosférico con tu estado de ánimo?

Un buen momento para escribir

Mi recomendación es esta: no idealices las circunstancias que —supones— serían idóneas para ponerte a escribir. Conozco personalmente a quien de nada le sirvió tomarse un año sabático con tal propósito. También conozco a quien sí, pero es mejor que no lo idealices… o no escribirás nunca.

¿Cuándo es un buen momento para escribir?

Esas horas que se alargan sin cometido alguno bien pueden proveerte de material literario. Sigue tomando notas. Apunta esa frase que te ofrece cierta situación imprevisible. Abre un libro. ¿Qué te dices de lo que acabas de leer?

¿Suponías, hace veinte años, que serías como eres hoy? ¿Cómo te hace sentir? ¿Qué le dirías a tu yo niña de ocho años, a tu yo chaval de nueve? ¿Y a tu yo anciana de noventa, a ese viejito en que —con suerte— te has convertido? ¡Ah!, que eres mucho más joven… ¿Y cómo piensas llegar? ¿Lo has imaginado?

La escritura como camino: tómatela así. Quizá necesitas darle un abrazo a ese ser que eres hoy. Lleva siempre una libreta contigo —he ahí tu cuarto propio—. Escríbete una carta. Este es el momento idóneo para hacerlo.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos? ¿Qué imágenes guardas? Descríbelas.

En algún rincón de mi memoria hay una cuna con dosel, mamá, papá y una lámpara de techo que es apenas un plato invertido con una bombilla que proyecta luz tostada. Hay un olor picante. Soy una niña risueña, feliz.

Quién sabe por qué tengo implantado eso como recuerdo. Dicen que un bebé carece de memoria hasta los tres años y en esa escena yo tengo meses. Nadie me puede desdecir, así que viaja conmigo.

El destino no es solo ese lugar al que llegas. Tu novela, tu escrito no es solo ese compendio de páginas rematado, pulido, encuadernado y perfecto. Tu novela es todo ese ir y venir de palabras; un auténtico traslado, un desplazamiento en toda regla.

Un recuerdo avinagrado

Veinte años después, tal día como hoy que escribo, me casé por primera vez. Tenía cita con una maquilladora profesional «a la que le gustaba que las novias fueran muy naturales». No sé qué entendía aquella mujer por natural porque cuando me tendió el espejo no me vi a mí misma. Vi a Caperucita Roja con un buen par de flamantes mofletes colorados y un azul pastel emborronándole los párpados.

No, no es cierto; miento, como diría mi santa: vi a una fulana. Tragué saliva, debí dar las gracias haciendo de tripas corazón y me marché.

Llegué llorando hasta mi tío, que me esperaba en el portal. Supongo que fui dando zancadas por delante de él, sin pronunciar una palabra.  El hombre me siguió desconcertado.

Entré en casa, me escondí en el baño y me quité las pinturas a arañazos mientras mi madre, angustiada, aporreaba la puerta.

Tardé el tiempo justo en serenarme y hacerme cargo de mi desesperación. Puse un poco de maquillaje para disimular las rojeces. Me vi como yo era y me animé —el estómago seguía encogido—. Terminé con un toque de brillo en los labios. Eso sí era natural.

¡Ah! Nunca he vuelto a ir a una profesional del maquillaje. Por suerte, el resto del día se desarrolló conforme a lo esperado.

¿Te da alguna idea? ¿Te conecta con alguna situación aborrecible?

Cuando todo el mundo cierra… es un buen momento para escribir

Supón que tú y yo somos las únicas personas del mundo mundial que quedamos abiertas. Hagamos de este ejercicio un destino provisional:

Describe cómo es ese cuarto propio —real o inventado— que te parece idóneo. Anota…

  • ¿Qué muebles hay?
  • ¿Hay libros?, ¿cuántos?, ¿los puedes contar?, ¿todos los compraste tú?, ¿de qué temática o temáticas son?
  • ¿Qué otros objetos ves que no sean muebles? ¿Alguno que te traiga cierto recuerdo particular?
  • ¿Prescindirías de algo? ¿Por qué?
  • ¿Hay un reloj que marque la hora o… está parado?
  • ¿Funciona en condiciones el wifi y tiras de portátil o escribes a mano?
  • ¿Qué color tienen las paredes?
  • ¿Dónde está situada la mesa o el sillón en el que escribes? ¿Preferirías que tuviera otra orientación?
  • ¿Hay ventanas?, ¿qué ves desde ellas?
  • ¿Qué luz te alumbra?
  • ¿Suena alguna música? (Dado que es idóneo el espacio, pongamos que no hay obras por más que sea verano; o pongamos que, si las hay, somos capaces de abstraernos. Esto sería ya para sobresaliente).

Propina

Escribe cualquier anécdota que te acometa. Recuerda: estamos solas. Y recuerda también que tu palabra es —además de tu capacidad de concentrarte— tu habitación propia, con independencia de cómo sea ese lugar que describes. Nadie podrá decirla como no seas tú.

Y una cosa más: me tienes del otro lado. ¿Sabes que todo eso puede ser para ti misma o que podrías, si así lo decides, atribuírselo a un personaje?

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2 Comments

  • Jeniffer Castillo dice:

    realmente me hizo reflexionar sobre cómo el entorno y el momento pueden influir en nuestra creatividad. Personalmente, he notado que escribo mejor en momentos en que me siento tranquila y sin distracciones.

    • Marian Ruiz dice:

      Descubrir qué momentos son los que se nos parecen (permite que lo diga así) es fantástico. Hay quien necesita presión para escribir (la falta de tiempo, plazos a punto de cumplirse, el compromiso frente a otro) y quien necesita, en cambio, tranquilidad y foco. Ahora bien, no desdeñes las posibilidades que brinda el «aquí te pillo, aquí te mato»: sirve para atrapar ideas, tomar notas e impedir que cierta frase poderosa escape. ¡Suerte con todo ello, Jennifer!

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