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Prosperar a costa de otros está hoy más a mano que nunca. ¿Detenernos a pensar, reflexionar, hacer valoraciones? Llevamos tal velocidad que no nos interesa. Si algo hacemos bien, eso es brindis al sol.

Copipegar un artículo, desvirtuar el nombre del autor, no añadir enlace alguno al original ni responder ante la queja refleja una falta de respeto por los derechos de autor y una intención de aprovecharse del trabajo ajeno. Compartir en X

Vaya por delante que ni tú ni yo —disculpa que te meta donde no te han llamado, no es nada personal— somos genios que innovamos ex nihilo. Si acaso, podemos enorgullecernos de haber interiorizado las enseñanzas de tantos que nos allanaron el camino: construimos a partir de conocimientos ya establecidos.

¿Por qué este tema?, ¿por qué este artículo?

Hace tiempo que escribí acerca del plagio y del parafraseo.

De aquel artículo, extracto este párrafo:

Internet es una olla en la que hay de todo; si vas flojo de ideas, te brinda una ayuda capital. Con esto quiero decir que, si es fácil copiar de un libro, hacerlo de contenidos publicados en la red es pan comido.

Y puesto que es pan comido, a alguien en la otra punta del mundo (léase Argentina) le ha interesado un artículo de servidora; en concreto, este. Si algo tiene ese artículo, aparte de ejemplos propios —de mi experiencia como correctora profesional de textos— y advertencias sobre el abuso de los adverbios terminados en -mente, son dos menciones: una a Gabriel García Márquez y otra a Stephen King.

Prosperar a costa de otros: impacto en los lectores apresurados

De entrada, me asombra y me alucina y me pasma el grado de desatención cuando leemos; y cuando no leemos, que así nos va y así nos entendemos.

Esa señora que se interesó en mi artículo lo copió y lo plantó sin editar (para qué) en su muro de Facebook. Tampoco consignó el nombre de la autora en condiciones (decía «by Marian Ruizago»; ¿desvirtuado a propósito?) ni puso enlace alguno al original.

Lo que hizo fue copiarlo y pegarlo a la brava, con todas las aberraciones que se produjeron al fusilarlo: perdió estructura, estilos de títulos, se unieron palabras…

La tipa tiene una cohorte de seguidores. Se ve que lo de estar vinculado a la psicología sigue teniendo tirón en Argentina, aunque el tema nada tenga que ver. Ahora bien, que otras publicaciones suyas tengan 2, 3, 20 me gusta y que esta haya captado la friolera de más de casi 800… es como para alucinar. Tuvo, además, 123 comentarios y se compartió 345 veces.

Prosperar a costa de otros

La calidad de la captura es pésima, pero la estadística es tremenda: 780 me gusta, 123 comentarios y 345 veces compartido.

Me detengo en ese montón de comentarios de sus lectores:

El impacto propiamente dicho

En primer lugar, hubo quienes se lo agradecieron, quienes, al parecer, entendieron el sentido de lo que expresa el artículo; eso, a pesar del estropicio. Un alivio encontrarse con lectores inteligentes.

En segundo lugar, hubo quienes hicieron befa y mofa abusando de los -mente en chascarrillos facilones. Como si tuvieran una gracia excepcional. Como si fueran niños de patio de colegio. Se lo pasaron pipa y… en fin. Lo propio de las criaturas. 

Y en tercer lugar (para nota), hubo quienes hicieron una extraña metonimia (no lo habrán sabido, ¡lástima!): acusaban a la autora de ignorar que el diente de león no es una mala hierba. Solo por eso negaban cualquier valor al artículo. Lo mejor es que la mención del diente de león ni siquiera pertenece a la autora.

Tomaron esa parte, que ni siquiera es propia, por el todo.

Prosperar a costa de otros: impacto en la autora

Me pilló disfrutando de unas minivacaciones. Para mí, las vacaciones —minis o no— significan fuera redes sociales; y de WhatsApp, también lo mínimo: familia y poco más. El móvil me sirve para hincharme a sacar fotos de paisajes que me enamoran.

Pasó que una amiga me alertó no solo de la usurpación, sino del estropicio: el artículo, sin su estructura, es un perfecto bodrio.

Y esta pobre, fuera de casa, con resol, sin gafas…, poco podía hacer aparte de indignarse y llenarse de cortisol.

Horas después entré en el enlace: qué falta de respeto, qué desfachatez, qué desgaste. Más cortisol. Respondí muy por encima a la tipa y al más extenso de los del tercer grupo, uno de los del rollo botánico.

Opté por respirar y pasar del asunto hasta no tener mi portátil delante, que es donde me despacho a gusto. Cuando lo tuve, lo primero que hice fue releer mi artículo (publicado el 2 de agosto de 2018, o sea, seis años atrás).

Lo recordaba someramente. Podía haber sido yo la que tomara el diente de león como mala hierba, pero no: era Stephen King, en su libro Mientras escribo, y así lo expresaba.

Aquí, por si no quieres leer el artículo, el origen de semejante despropósito:

Hubo otra lumbrera. Decía a las claras que el artículo no tenía mérito alguno porque lo había escrito Stephen King. La minúscula parte, por el todo.

Aclaración a ese respecto:

No entiendo mucho de botánica, pero sí lo bastante como para saber que la grama y el resto de plantas adventicias no incluyen el diente de león. Podía haber puesto trébol y, sin embargo, para el caso, es lo de menos.

Si Stephen King tuvo esa experiencia en algún momento, ¿por qué no habría de echar mano de ello? ¿Y si fue una mera ocurrencia?, ¿tanto importa en un artículo que va de lo que va?

Solo se me ocurre esta sabia sentencia al respecto: «Cuando el sabio apunta al cielo, el idiota se queda mirando el dedo».

Reflexiones sobre prosperar a costa de otros

1.ª reflexión:

Días después quise volver sobre la dichosa publicación para seguir poniendo los puntos sobre las íes. En un primer intento, pensé que lo había eliminado: no lo veía; y no lo veía porque llevaba rodando ya una semana.

Este artículo que lees ahora, nacido del vilipendio, me sirve para terminar de achicar el cortisol.

Lo digo al inicio: nadie crea nada de la nada, sino que quien más y quien menos se sube sobre andamios viejos. O sobre espaldas encorvadas.

Aun así, ¿hay obligación de estar de acuerdo con García Márquez o con Stephen King?

En absoluto.

Ahora bien, ¿qué valor tiene decir «yo hago lo que me da la gana y ni uno ni otro tienen que decirme cómo escribir»? Afirmaciones de ese tipo solo denotan estupidez por parte de quien las emite (esta está sacada también del montonazo de comentarios). De hecho, a quien escribe como le da la gana y sabe escribir, se la bufa lo que diga nadie. No necesita reivindicarse.

2.ª reflexión:

La innovación y la creatividad, la originalidad y el talento suelen atraer a practicantes poco éticos. No es algo nuevo, pero las plataformas digitales e internet han venido a echarles una buena mano.

¿Por qué no añaden algo que no esté dicho ahí, en este caso, en mi artículo? Por ejemplo, que abusar de los adverbios terminados en -‍mente tiene peligro en los escritos literarios; en los ensayos, en cambio, y en los textos divulgativos suelen ser bienvenidos. Podría haber tirado por ahí.

Pero no. Ni siquiera hubo eso de su cosecha.

3.ª reflexión:

A menudo, quienes cometen este tipo de actos buscan beneficios personales o económicos o ambos. Se aprovechan del esfuerzo de otros y, a cambio, no les ofrecen ni el legítimo reconocimiento.

Lo tremendo del caso es que su reputación no quede comprometida. Peor aún: sus seguidores emplean tiempo en menospreciar a quien sí se tomó el trabajo y en difundir la aberración (no digo ya el entretenimiento por comentarlo).

Yo habría dicho que depender de las ideas de otros para prosperar es una estrategia insostenible, pero en ese caso no lo parece.

4.ª reflexión

No sé qué valor tiene la ética, ni si se ha degradado hasta el punto de volverse fósil. A mí, que soy una antigua, me interesa: es respeto por el trabajo ajeno. No veo otro modo de promover entornos donde cada uno pueda prosperar confiado.

Veo, además, que es actuar de manera sostenible, ahora que parecemos interesados en el cuidado de lo colectivo. Creo que cada uno de nosotros tiene un papel fundamental ahí.

De ese otro modo, puede que se gane a corto plazo, pero a la larga, ¿se gana? Si me dices que sí, apaga y vámonos.

5.ª reflexión

Prosperar a costa de otros también perjudica a quien lo hace: se priva a sí mismo de la oportunidad de desarrollar una voz y un estilo genuinos.

Pero no soy una ingenua: la desfachatez y la desvergüenza siempre han tenido su público y es algo que vemos hoy más que nunca. Y parece que, tristemente, va en aumento.

Propina 1

La frase famosa que termina diciendo «subido a hombros de gigantes» se atribuye a Isaac Newton. No está del todo claro que la original fuera suya (he leído que data de varios siglos atrás), pero se expandió con él. En cualquier caso, utilizó una versión de esta expresión en una carta escrita en 1675 a su colega Robert Hooke:

Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes.

Así reconocía que sus propios logros científicos se basaban en el trabajo y las ideas de los grandes pensadores que le precedieron.

Eso es nobleza de espíritu.

Como debe ser.

Propina 2

Escribir no es fácil. Redactar un artículo tampoco lo es y lleva tiempo.

¿Se puede discrepar de lo que dice su autor? Por supuesto, pero lo mínimo que se le debe —si uno está dispuesto a debatir— es leer con atención lo que dice y esgrimir argumentos en el sentido que sea.

Segregar bilis y escupir lo primero que se viene a la boca es de necios (dicho de otro modo, de ceporros, ignorantes, palurdos, zotes, como dice el diccionario).

Te pido un favor

Trato de ser respetuosa y de predicar con el ejemplo, pero no me callo. Callarse cuando uno ha sido objeto de burla o de debates que ni siquiera son tales es no respetarse a sí mismo.

Solo espero no estar equivocada, y por eso… te agradecería que me dijeras si el artículo de marras obliga a alguien a escribir de no sé qué manera.

Me encantaría que me dijeras si te parece irrespetuoso.

¿Te parece que falla el tono o que no se entiende el talante con el que está escrito?, ¿dirías que no es mi estilo habitual?

Por descontado, ¡gracias!

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