Deseografía

Para qué escribir una deseografía

By octubre 21, 2020 No Comments

Igual te preguntas para qué escribir una Deseografía®, si no basta con vivir la vida tal cual se presenta.

—De verdad, ¿hace falta escribirla?

—Tengo una respuesta a la gallega: depende.

Porque no es para tener una novela escrita; ni siquiera es por hacer de esa novela algo extraordinario.

La deseografía no es una novela al uso. Es una hoja de ruta. O un puzle montado. 

Todo empieza con una china en el zapato

Todo empieza con una china en el zapato. Venías caminando resuelta y, de pronto, sientes una molestia, algo que pincha. Caminas incómoda un trecho, consigues situar la puñeta, digo…, la china, entre el arco del pie y la pared interna del zapato. Cambias la velocidad porque algo (un coche, un balón, un gato que se te cruza) te obliga y la piedrecita se mueve.

En ambos casos, escribes o para contarte cómo diseñar tu vida, o bien, desde el orgullo de haber atravesado un río infestado de pirañas. Clic para tuitear
El para qué de la deseografía

Hay piedrecitas que te fuerzan a pararte. De contarlas va la deseografía.

Tienes que parar, soltarte los cordones, descalzarte.

Ahí está: un minúsculo trocito de piedra. No era para tanto y, sin embargo, te ha forzado a parar.

La china en el zapato

La china en el zapato puede adoptar distintas formas y consistencias: redondita, como canto de río; con aristas romas que no pinchan demasiado; con una minúscula arista que es justo la que se te clava.

Pero recuerdas que otras chinas se te metieron antes y pudiste seguir caminando. «Es natural —te dices—; a todo el mundo se le mete algo de vez en cuando».

Así es. Y muchos logran acomodar el paso a la molestia; incluso a todas las molestias. Compensar, dicen los quiroprácticos. Hay quienes acaban con una ligera cojera; otros, con una incipiente joroba que el tiempo se encarga de definir.

Los menos, después de haber parado varias veces, se preguntan para qué. No por qué, sino para qué. Tratan de verle un sentido a la molestia. Se dan cuenta de que preguntar por qué es absurdo: nadie responde a esa pregunta.

Además, está mal enfocada: no eres tú quien pregunta, sino una señora que atiende por el nombre de Vida.

—¡Eh, tú! Mira, tengo unas cuantas jugadas para ti: quedarás embarazada de un hijo que no has buscado; te echarán del trabajo; te despreciarán por ser forastera; perderás tu casa por no poder afrontar el pago de un crédito; no te contratarán porque dejaste de ser joven hace diez años (tienes treinta y siete); te encontrarás siempre con gente que te desprecia porque no entiendes su juego.

—Vaya, qué jodido.

—Ese es el juego. ¡El juego! Dime cómo manejarás tus cartas.

La observadora y el para qué de la Deseografía®

Todos estamos hechos de jirones de pasado, de algunas certezas (pocas), miedos y sueños. Es como decir que a todos nos interpela la señora Vida: ella baraja y reparte. Y se queda mirando con una curiosidad pasmosa cómo haremos la jugada.

Empiezas creyendo que no hay más jugador que tú. El juego dura bien poco, porque se van sumando personas a las que jurarías no haber invitado: algunas son decentes, pero otras son tramposas y llegan decididas a ganar a costa de lo que sea.

Más de una vez te tienta dejar el juego. O quedarte haciendo solitarios; después de todo, es entretenido y no tienes que quedar con nadie.

Solo que, pasado un tiempo, descubres que un solitario ni juego parece: el desafío es flojo; como hacer gimnasia pasiva. Puede estar bien al principio, pero tú no eres un ser sedentario, sino aventurero.

Entonces vuelves a jugar con el resto, pero ya adoptas la postura de la señora Vida, la misma mirada curiosa. Es una postura interesante: la curiosidad te lleva a ver que eres un jugador más, pero menos involucrado en el drama.

Vas tomando nota de los movimientos para estudiar las jugadas y convertirte en el mejor participante posible. Te fijas en las actitudes del resto, atrapas los guiños, aprendes a leer los gestos.

Cada día, cuando la partida termina, descubres la calidad de una jugada, el alcance de cierto sentimiento que la acompaña.

Para qué escribir una deseografía: el asombro

La vida es prosaica, vulgar, poco emocionante. No es una película ni un libro de aventuras. En ocasiones, resulta predecible; otras, te mueve el piso cuando menos te lo esperas. Pero ni siquiera entonces la ves como una ficción.

Escribir una deseografía

Con la deseografía, te conviertes en un personaje de novela y no puedes sino asombrarte: te das cuenta de que no lo sabías todo y de que podías dar mucho más de sí.

Pero la deseografía busca desnudar lo trivial; escribir con extrañeza, como si fuera una película lo que pasa: con los ojos abiertos de par en par y el microscopio a punto para captar los detalles.

En realidad, este proyecto está enfocado a quien se interesa en el para qué. La peña del para qué sabe que un bosque es más que un conjunto de árboles. Y sabe que el firmamento es más que un puñado de estrellas. Sabe también que el mundo es más que unos millones de personas y que ella es más que un ser contingente; o que si es contingente, su acción es decisiva. Sabe que todo aquello que haga con su vida tiene un impacto directo en su entorno.

Una deseografía es un acto de exploración y de autoconocimiento y sirve para darse respuestas y trazar un camino. También para dar cuenta de cómo fue el camino trazado si se escribe en retrospectiva.

Escribir tu propia deseografía: una contribución al mundo

La peña del para qué se diferencia de la peña del porqué en un aspecto clave: ha rebasado el drama; es como decir que ya viene llorada de casa, con las penas tomadas como combustible de los sueños.

La tribu, las familias, las personas guardan secretos; acuerdos tácitos que condicionan las vidas de los descendientes. Imagina que buceas ahí para dar con el ovillo que te envuelve. Una vez que desenredas la madeja —y puedes hacerlo por inducción—, sabes quién eres; comprendes que fuiste pasajero y que al volante iban otros. Entonces tienes la oportunidad de convertirte en conductor y diseñar quién quieres ser.

Tenemos el mundo hecho un cacharro y no es posible mejorarlo si antes no se mejora uno a sí mismo.

Solo desde ahí puedes responder a la señora Vida: con la velocidad ajustada a tu interés, sin que nadie venga a forzarte la dirección ni las etapas. Escribes. Empiezas con un primer paso. Y luego, otro. Y otro. Así, hasta tejer el calcetín. Solo el hecho de ponerse a escribir es ya un acto de coraje.

Escribes a sabiendas de que tu texto tiene un fondo de nobleza. Te das el permiso de contar por qué agradeces ser quien eres. Es justo lo que buscas insuflar en otros.

Lo de menos al escribir una deseografía

Cuando logras poner distancia entre tú y tu entorno, reparas en detalles que de otro modo no te llamarían la atención. Ahí es donde juega el asombro del que hablaba más arriba.

Lo de menos es que consigas dar a luz una obra de arte. Es más: no lo harás. Nadie alumbra una obra de arte sin haber picado antes mucha piedra. Y la calidad literaria siempre puede trabajarse después.

La deseografía y su para qué.

Cualquier vida anónima contiene belleza y es excepcional. La deseografía va de elevarla a categoría de arte.

Lo que importa es lo que esa deseografía hará de ti; depende de lo que te involucres, de con cuánta honestidad escribas. El proceso te ennoblece, te afina, te mejora. Pone una distancia entre tú y tus circunstancias. Te señala un camino.

—¿Se trata de que la deseografía sea el eje alrededor del que gire mi vida?

—Más bien al revés. Se trata de que hagas de tu vida materia de novela. La que importa es tu vida. La deseografía te invita a diseñar un destino apetecido empezando por sacarte las chinas del zapato.

 

Propina 1

La Deseografía® sirve para dar cuenta de una vida extraordinaria. Es una especie de hoja de ruta. Como la utopía de Eduardo Galeano, que no la alcanzamos, pero que sirve para caminar.

Puedes contar que lo hiciste o cómo lo harás: ambas posiciones cuentan para la deseografía. Lo importante es que estamos yendo al rescate de las vidas de los nadies: vidas anónimas que, de otro modo, pasan sin pena ni gloria.

Propina 2

Si lo haces en retrospectiva, cuentas cómo hiciste para no quebrarte en medio de la batalla. O cómo te quebraste y te rearmaste. Importa tu valentía e importa tu búsqueda; y tu generosidad al contar cómo hiciste amén de la fantasía con que decidas adornarlo.

Si lo haces en prospectiva, ideas, recreas, imaginas; ponte las alas que te llevarán a construir ese futuro deseado hacia el que te impulsas desde hoy. Seguro que has vivido experiencias de las que saliste a flote y de las que te sientes orgullosa. Ánclate ahí. Pudiste una vez, podrás otras.

Propina 3

Me viene al pelo este párrafo de Mortal y rosa, de Francisco Umbral. Mira qué modo tan hermoso de decir si es la obra o es la vida de lo que hablamos:

¿Hay que consagrar la vida a una obra? Más claro veo yo el que se deba consagrar la obra a la vida. Una obra en marcha, sí, articula un destino, pone argumento a los días, eje a las horas. Estructura una conciencia, ayuda a vivir. Lo de menos, al final, quizá, sea la obra.

Y si aún no sabes qué impulsa este proyecto, te invito a leer esta entrada. ¡Y a que me cuentes qué te parece!

¿Aún te preguntas para qué escribir una deseografía?

 

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