Recursos de escritura

La creación literaria tiene una habitación propia

By mayo 5, 2021 No Comments

La creación literaria tiene una habitación propia, diríamos emulando a Virginia Wolf. O un cuarto de juegos, como diría Ángel Zapata. En definitiva, tiene un lugar asignado. Es un lugar a medio camino entre la realidad que uno conoce —en la que se inscribe— y ese otro lugar con el que sueña.

Sea real o inventada, la creación literaria le pide a cada quien un arco y unas flechas que no son intercambiables. El asunto estriba en abrirse a lo que le empuja a cada quien.

La creación literaria es exigente; y no tanto por lo estiradas que son las musas, que ahí poco puede hacer uno, sino por el brío con que use el pico y la pala. Clic para tuitear

Hay quienes sostienen que las historias le buscan a uno y que uno no es sino mero transcriptor. Claro, me dirás que qué mérito tiene escribir si las historias ya existen y solo le piden al artista que se ponga. Y si el artista va y se pone.

La habitación propia de la creación literaria

La habitación propia de la creación literaria está llena de ideas, pensamientos, papeles. De notas distribuidas por aquí y por allá. Y de la pulsión de escribir.

El problema es que esa pulsión está, a menudo, desnortada.

Vale que uno pueda ser escritor de brújula y no necesite más que la aguja que indica el norte. Valga que sepa escribir, que tenga algo que contar y que esté decidido a hacerlo. Y que se trate de una mente genial.

La creación literaria empieza por ponerse a extraer una del torbellino de ideas.

Porque si algo tiene la habitación propia de la creación literaria es muchos recovecos y rincones oscuros. La habitación propia de la literatura es un lugar exigente: de pronto tienes que ir de etiqueta como te toca vestir andrajos. O puedes no haberte quitado el bañador y tener que entrar en una iglesia.

Son metáforas. Quiero decir que puedes tener que vértelas en mil escenarios y no haber sabido adaptar tu lenguaje a ellos. Que no sepas cómo contar lo que quieres contar.

O que quieras echarte a escribir como quien se echa al agua sin calcular los metros de caída. También todo lo contrario: que quieras calibrar no ya los metros aproximados, sino aquilatar cada centímetro.

Escribir es difícil. Requiere habilidad, sensibilidad, conocimientos. Y disciplina.

La creación literaria y el lugar propio de Miguel Ángel

Es archiconocida la respuesta de Miguel Ángel cuando le preguntaron por el proceso de talla del imponente bloque de mármol: «La escultura ya estaba dentro de la piedra. Únicamente he debido eliminar el mármol que le sobraba». Veintitrés años tenía el angelito.

Como respuesta es genial, y como metáfora más todavía. Es como decir: «La historia está ya dentro de ti. Solo tienes que quitar lo que sobra».

A la vez, falta imaginación; al menos, si no escribes novela histórica que te obliga a documentarte. Si no, tienes que idear un mundo congruente con las circunstancias sobre las que escribas. O novelar el que ya conoces, que no es más sencillo.

¿Conoces bien a tus personajes? ¿Sabes qué manías tienen, qué temen, cuál es su zona de confort, cómo reaccionan cuando pintan bastos? Si todos reaccionan igual, todos son tú. Ahí tienes un problema.

Otra cosa importante: saber cómo lidiar con el barullo interno; cómo darle forma de novela a la pulsión de escribir. Cómo seleccionar esa idea de las diez mil que te rondan y encauzarla. ¿Cuál de ellas merece que le dediques tu tiempo durante tanto tiempo, valga la redundancia?

Escribe un borrador, sin expectativas, a lo loco. Ve relatando escenas, diálogos, parándote en este o aquel personaje. Escribe ese primer borrador de mierda. Y mira qué brota ahí. ¡Ah! Suelta las prisas.

A modo de regla nemotécnica: Dejar de escribir es como dejar de ir al gimnasio.

Cada escritor tiene su propio altar creativo

Hay quien escribe escandalosos montones de palabras y quien escribe fragmentos gruesos, sin apenas detalle. Al primero le tocará extirpar tumores y grasa y hacer como hizo Miguel Ángel; al segundo le tocará añadir músculos, tejido conectivo, piel, ropa.

El primero parará cuando vea que el panorama se aclara al cargarse párrafos enteros sin que la estructura peligre; cuando llega al hueso.

Vamos llegando al hueso. Hemos dado un paso importante en la creación literaria.

El segundo parará cuando ese borrador vestido se parezca a lo que había ideado o visualizado en su cabeza, siquiera, de forma aproximada.

En ambos casos hay mucho trabajo hasta conseguir arrancar con palabras algo parecido a una bella escultura… literaria.

Mientras decides a qué altar te consagras, escribe. ¿El qué? Escenas. Y deja fuera tus emociones. Hay días en que te apetece escribir y otros en que no. Escribe de todos modos o date una vuelta con la idea en la cabeza. Y grábala. Al volver, escribe. Igual sale algo fantástico.

O no. Y no importa. Si escribes, comprobarás que hay algo en ti que ¡sorpresa! manda más que tu ego.

La creación literaria tiene una habitación propia en cada persona que escribe

No seré yo quien te señale tu ruta idónea. Sé que, salvo que seas un genio, mapear, planificar, organizar funciona. Sin calcular los metros de caída, a las diez páginas puedes quedar ahogado, enmudecido.

Igual te da tirria planificar porque temes perder vuelo y ceñirte a un par de cartolas que determinan tu ruta. No es así.

A veces tendrás la sensación de que se te prenden las ideas en la cabeza; o todo lo contrario: que necesitas seguir una ruta milimétrica capítulo a capítulo y escena a escena. O con métodos o prescindiendo de ellos, pero el final del camino siempre es Roma. Para llegar, solo tienes que escribir.

No hay tal división paralela a la hora de crear. A veces, te pondrás y no sabrás dónde estás yendo y pararás a ver qué ruta te señala la cabeza. Es un modo de planificar. Nadie escribe literatura de forma automática.

Otras veces, necesitarás saber de antemano adónde vas para sentir el impulso de lanzarte.

Por fin hemos conseguido hacer algo creativo con el batiburrillo de la cabeza.

Deja que la cuadriga tire de ti. Haz lo que sientas, pero haz. Si no, es como temer perder un estilo cuando aún no lo tienes. Y para lo del estilo sí que podemos adaptar la respuesta de Miguel Ángel: tu estilo es lo que sobra cuando le has quitado los ruidos.

Pero eso viene después. ¿Qué ruidos quitarás si no escribes?

También aquí tiene una habitación propia la creación literaria

Confieso que me cuesta menos escribir para otros que para mí. Soy autoexigente, perfeccionista y muy de darle vueltas. Esto, que es bueno para algunas cosas, tiene un trol que tiende emboscadas continuas para ladearle a una de escribir.

Ese presunto nivel de perfección no lo consigo con solo pensar y darle vueltas. Sé que nunca lograré esas cotas de virtuosismo y que anhelarlas solo me lleva a la inacción.

Hay otra cosa que también sé: tal como yo veo la vida, nadie más la ve. Tal como viví lo que viví, nadie más lo vivió. Esa imagen tira de mí. Sé que la escultura está ahí; no la de Miguel Ángel, que para eso estuvo él, sino la mía. Porque no me da igual escribir que no escribir.

Virginia Wolf, en su libro Una habitación propia, reflexiona sobre las mujeres y la literatura. Compara a la mujer con un espejo mágico que distorsiona la realidad para favorecer a los hombres. Yo tuve un espejo mágico que falseaba la realidad en favor de cualquier cosa que no fuese yo misma.

Solo tengo que entrar en mi habitación propia y escribir. Y es lo que hago. Digamos que ya me conozco al trol y que hago pactos con él.

El trol está siempre con la cantinela del pudor, la inhibición, el prejuicio, la autoexigencia. Si le hago caso, solo me salen textos ridículos y pedantes. Textos que no son verdad. Ripios.

En la habitación propia de Virginia Wolf

Virginia Wolf dice que tanto hombres como mujeres tienen la misma dificultad para escribir buenas obras: tiempo, espacio y concentración. Para ellas —las mujeres—, es más difícil aún, sobre todo, si no disponen de habitación propia. Yo tengo suerte de tenerla y de tener mis libros, mis cuadernos, mi portátil.

(Tiempo para escribir mis cosas, poco; de momento).

La creatividad literaria tiene una habitación propia

La creatividad literaria tiene una habitación propia. Virginia Wolf se la dio. Imagen de Atchungmag.

Virginia Wolf plantea dos poderes dentro de cada uno: masculino y femenino. Y dice que el estado ideal en el momento de escribir es la fusión de ambos.

Adapto esto que dice al hecho de la planificación en favor de la creación literaria: aunque planifiques más o menos, necesitarás los dos cerebros, así que si le pones un altar a uno de ellos, pónselo también al otro. Aunque tengas para cada uno su propia liturgia, haz que vivan en armonía.

A veces, analizarás, pero en el momento de escribir necesitarás quitarte la camisa de fuerza que te impide el vuelo.

Y luego, después de escribir, volverás y harás los encajes; y revisarás, reescribirás, corregirás. Poco a poco, surgirá el ritmo propio de esa novela tuya.

Propina 1

Lo que está dentro se esconde en envoltorios. Si somos capaces de rasgarlos y desenmascararlos, escribiremos algo que valga la pena.

Nuestras esculturas están ahí. Nuestros afanes, nuestros ideales. Es ahí donde Miguel Ángel puede inspirarnos a albergar sueños. Solo habrá que quitar lo que sobre.

Propina 2

El momento de quitar lo que sobra enfrenta al autor al esfuerzo enorme de corregir, reescribir, recomponer, ajustar, recorregir.

Escribir una, dos, tres veces. Tienes tres borradores y sigues llenando la hoja de correcciones. Escribes una vez más el definitivo. Lo envías al corrector profesional. Te lo devuelve con marcas, matices, recomendaciones; algunos errores, incluso, impertinentes y garrafales. Te llevas las manos a la cabeza. ¡Cómo es posible! Son incontables las veces y las vueltas. Estás deseando acabar. Pero no hay otro camino para dar con la quintaesencia de la historia; menos, cuando empiezas. 

Lo peor que puede pasarte es desistir. Escribir tiene algo de locura, pero lo tiene también de empecinamiento.

¿Qué te funciona a ti? ¿Lo has descubierto?

 

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