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Quién no querría hacerlo, ¿verdad?, eso de escribir bien de una vez por todas. Al menos, quien haya tenido experiencia de haberse dejado llevar, de sumergirse, de abandonarse a una lectura lo querría, sin lugar a dudas.

Pero ya lo hemos dicho en otras ocasiones: escribir no es fácil. Lo natural es hablar; a escribir, hay que aprender.

Me refiero al menos a lo que comúnmente llamamos saber escribir. 

Y aprender supone todo esto con lo que ya te has encontrado más de una vez: darle vueltas, tachar, leer en alto, verificar ritmo, reformular lo que no funciona, hacer ajustes.

El lenguaje es tu casa más íntima. No es un objeto de quita y pon. Cuídalo porque se trata de ti. Compartir en X

Veamos…

Ten algo que decir

Tener algo que decir es muy distinto a tener que decir algo; y no hago un juego de palabras.

Fíjate en los debates políticos: todo el mundo quiere hablar y pocas veces dicen algo con fundamento, con afán de comunicar, de hacerse entender y de estrechar puentes. Se da solo una oposición sistemática al oponente, a menudo, trufada de descalificaciones. Se parece a visitar un patio de vecinos mal avenidos.

Ten una historia que contar y cuéntala de una manera sencilla. Aléjate de todo esto que sigue:

  • academicismos, que solo interesan a quienes los emplean y a sus acólitos;
  • términos inflados;
  • gerundios a los que acostumbra el lenguaje burocrático y que, además de erróneos, solo provocan flatulencia;
  • adjetivos que se han volcado una y mil veces para los mismos sustantivos: profunda tristeza, silencio sepulcral, frío glacial, calor sofocante, cuestión palpitante;
  • impropiedades, términos que dicen algo distinto a lo que deberían decir;
  • frases hechas, tópicos manidos: se quedó petrificado; brilló por su ausencia; llovía a cántaros; en su humilde opinión; muerto de miedo; tiritando de frío.   

Si quieres escribir bien de una vez por todas, fíjate en cómo se habla en la calle, en los circuitos políticos. ¿Para qué? Para no hacerlo tú.

De aquí se deduce el punto siguiente:

Sé natural

Se nota la impericia cuando el texto queda plagado de términos altisonantes, rebuscados, de pompa inútil.

Si quieres decir que una casa es vieja, escribe:

La casa es vieja, tanto como su propietaria.

El lector lo entenderá sin hacerse esguinces mentales. Además, enlazas ese elemento con otro capital de esa ficción —la persona que detenta la propiedad de la casa— y le ayudas a ir dibujándola.

No digas, por ejemplo:

*La casa es vetusta como los siglos, que se han adueñado de la decadente y hasta decrépita construcción.

¿Qué necesidad hay de hacer alardes inútiles? Que tienes cultura y conoces terminología específica se te supone. Tiempo tendrás de emplearla. Por cierto, decadente y decrépita dicen menos que esto otro:

El sol se cuela por una rendija de la techumbre y una nube oscurece el rincón en el que dormita un mastín.

¿De veras habría hecho falta rellenar de adjetivos la frase? ¿No es más interesante que el lector imagine mientras va enlazando detalles jugosos?

Porque, en literatura, seguimos un mantra: muestra, no expliques. Aunque tampoco esto son las tablas de la ley mosaica. Hay que tomarlo en lo que vale y no hacer dogma de ello.

Para escribir bien de una vez por todas, busca la precisión y la concisión

Si pretendes escribir bien, tienes que poner foco en buscar la palabra precisa, en decir lo necesario sin marear la perdiz. Que la razón de ser de cada frase, de cada párrafo, de cada escena si se trata de ficción, sea que añade información útil. Por supuesto, no se trata de escamotear nada necesario al lector.

Concisión es decir lo justo y decirlo bien, sin sobreadornarlo.

Y dar con el término preciso es dar en el clavo, en la palabra atinada, exacta, concreta. Es fácil confundir dos vocablos que se parecen o dos que remiten a significados que, sin ser los mismos, están próximos. O cuya fonología se parece.

Ver no es visualizar

Enclaustrar no es recluir

Cera es una cosa y acera, otra

Desembocar no es desembarcar

Descolgarse no es desprenderse

Comentar no es decir ni es contar

Infringir no es infligir (o viceversa)

Tacada y atacada tampoco es lo mismo

Trastorno no siempre equivale a demencia

Cometer un crimen no siempre es asesinar

Oír y escuchar tampoco son intercambiables

Asequible y accesible no siempre son sinónimos

Regular es una cosa y recular, otra muy distinta

Acometer y arremeter, tampoco pueden utilizarse indistintamente

Que el diccionario te acompañe siempre y no te dé pereza utilizarlo. Duda de ti, de tus certezas. Si lo piensas, más de una vez te habrás visto defendiendo cosas que no son verdad.

¡Ah! Y busca las palabras en contexto. San Google puede ayudarte («Muéstrame frases que contengan la palabra X»).

Evita términos que no dicen nada

Evítalos, sí, y pon atención, muy en particular, a los adjetivos que dejaron de adjetivar hace mucho mucho tiempo (si es que alguna vez lo hicieron):

  • señora elegante
  • camisa bonita
  • vestido espectacular
  • tarde maravillosa
  • mañana alegre
  • noche triste
  • hombre muy macho
  • mujer muy femenina
  • chica maja
  • chico estupendo

¿Qué hace que una señora sea elegante? ¿Va muy maquillada? ¿Lleva muchas alhajas? ¿Viste trajes barrocos? ¿O lleva, muy por el contrario, prendas austeras, melena recortada, apenas un poco de carmín en los labios y ningún abalorio?

Esa es la información que le interesa al lector para ver en su imaginación a la mujer elegante.

Evita los verbos comodines

Escribí este artículo en el que reuní unos cuantos verbos de los que tiende a abusarse.

¿Verdad que no hablas así?

No es que sean prescindibles en sentido estricto, pero campan a sus anchas por los escritos literarios. Es como si la RAE se hubiera propuesto salvarlos de una amenaza de extinción, cuando la amenaza es precisamente su proliferación.

A juzgar por el uso extraordinario —excesivo— que se hace de ellos, parece que sirvieran para todo y en cualquier caso. Sin ir más lejos, un verbo del que la Fundéu se hizo eco hace tiempo es realizar. Puedes rastrearlo en su web.

Evita también repeticiones inútiles y cacofonías

Si revisas tu escrito después de unos días, te asaltarán repeticiones que no hacen sino molestar. Por ejemplo:

*El resultado fue más revelador entre quienes repitieron la prueba en comparación con quienes la habían superado sin repetir. El resultado reveló que las pruebas habían sido manipuladas.

No es grave poner sin repetir, pero podemos mejorar todo el párrafo:

El resultado fue más revelador entre quienes repitieron la prueba en comparación con quienes la habían superado en el primer intento: las muestras habían sido manipuladas.

Sustituye la palabra que se repite por un sinónimo, pero asegúrate de que ese sinónimo no desvirtúa el concepto original.

El diccionario de sinónimos puede decir que deslumbrar equivale a asombrar, cuando no siempre es así:

El conejo saltó a la calzada y los faros del coche lo deslumbraron. Se quedó inmóvil en mitad de la curva.

O pasmado, desconcertado, plantado, clavado. Aquí, asombrado no le haría justicia al susto que se llevó el pobre animal.

Cómo escribir bien de una vez por todas

Compara ambos textos.

Y ojo con las cacofonías: imprimen un soniquete tan apreciado en poesía como irritante cuando escribimos en prosa:

El día amanecía cuando volvía de la juerga nocturna y se disponía a acostarse.

Mucho mejor, sin tanto cacareo:

Amanecía cuando regresaba de la juerga nocturna y se disponía a acostarse.

De repeticiones funcionales, me ocupé aquí. Entresaco esto:

La repetición se vuelve necesaria cuando la sinonimia perjudica la propiedad de la idea o del concepto al que se refiere. A veces, es necesario repetir.

¿Sabes cómo escribir bien de una vez por todas?

Te lo cuento: sé natural, sé tú; cuida tu lenguaje como si se tratara de ti porque, en realidad, se trata de ti. No es un instrumento de quita y pon. No lo pones en la silla al acostarte ni te lo calzas de nuevo al levantarte.

Habitas en él, eres lenguaje. No está fuera.

¿O es que no te comunicas contigo, con tus sensaciones, tus sentimientos? ¿Es que no te cuentas esto o aquello que te ha suscitado cierta emoción (alegría, inquietud, zozobra, conmoción, asco, orgullo, satisfacción)? ¿No pones en palabras algo que te pasa para comunicárselo a otra u otras personas?

¿O te has ido saltando cada pálpito y no eres capaz de diferenciar temor de miedo, amor de ternura, ardor de pasión, cólera de rabia? No te pierdas esta entrevista a Ivonne Bordelois, lingüista argentina, que menciona eso precisamente.

Date la oportunidad de asombrarte con las ambigüedades, los matices, el orden que cada término ocupa dentro de la frase (¡y de cómo cambia lo que dices!).

Admírate de cómo te afanas en seleccionar esta palabra o este adjetivo mejor que este otro. Fascínate por cada elección que haces de tal o cual tiempo verbal para ajustar mejor lo que quieres contar.

Pondrás todo ese énfasis si sitúas el lenguaje dentro de ti. No se trata de tu ropa ni de tu móvil ni de tu portátil; se trata de ti.

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2 Comments

  • Espe dice:

    Cómo disfruto con cada artículo tuyo que leo. No me dedico a escribir, soy solo una humilde correctora, pero al leerte me dan incluso ganas de lanzarme a la aventura de la escritura, aunque solo sea por disfrutar. Ya sé que «la aventura de la escritura» tiene sonidos que se repiten… 😛 Un abrazo.

    • Marian Ruiz dice:

      Pues harías bien en aprovechar ese impulso, sobre todo, si tu objetivo es disfrutar. Libretas, ya sabes, siempre una a mano. O la grabadora del móvil, tan auxiliadora cuando vas triscando por ahí y no llevas con qué anotar. Los temas que nos inquietan son siempre los mismos, pero las perspectivas, las voces que escogemos para contarlos, la propia forma de ajustar cuentas con lo que nos pasa… Todo eso es irreemplazable. ¡Anímate, compañera!

      Un abrazo de otra humilde correctora.

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