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Escribir bien

By noviembre 7, 2018 4 Comments

Escribir sobre escribir bien parece un pleonasmo. Ya. Me vas a decir que para escribir bien solo hay que escribir… bien. Punto.

Pero permíteme. Voy a tratar de ir más allá.

Lees «escribir bien» y automáticamente piensas en normas, ortografía, tildes, comas. En manuales de gramática. En tediosas correcciones. ¿O no?

Escribir bien

Para pintar bien solo hay que pintar bien, pero anda que no hablamos del cómo…

Y ese es solo el primer paso, solo el primero. Sin pretender dar recetas infalibles, que no las hay, puedo ofrecerte algunas reflexiones al respecto.

Dominar el lenguaje

El lenguaje es un medio, un soporte que tenemos el privilegio de utilizar, pero es también un fin: cumple una función. Para empezar, deberías tener algo que decir y querer compartirlo.

El prospecto de un medicamento dice; un manual de instrucciones dice; una receta de cocina dice. Para hacer llegar al público esos mensajes hay que dominar ciertos códigos.

Sin embargo, no nos referimos a eso cuando hablamos de escribir bien y de dominar el lenguaje para hacerlo.

Escribir bien es crear

También tu criatura, en folios de amor arrebatado, escribe bien mamá, te quiero; «mamá», con su tilde y todo y su coma después de mamá. Se le desbordan el amor y la creatividad.

Dicen que para tener algo que decir hay que haber vivido mucho. Ella, que no ha vivido tanto, lo compensa con proliferación de corazones, dibujos con la casa familiar, papá, la mascota, el sol, las flores: una colección completa de figuras de su cuadro íntimo. Habrá puesto incluso los nombres de cada integrante y añadido alguna frase alusiva a cierto aborrecimiento por las lentejas. Quién niega que está creando…

Escribir bien

Las lentejas son un asco. Te quiero mucho, mamá.

Pero tampoco se trata de eso.

Se trata de adentrarse en el laberinto.

Escribir bien es escribir corto y claro

… en teoría. Cuántas veces no leemos que Fulanito escribe bien precisamente porque no se le entiende ni papa. O quien no sale de la frase corta porque le han contado que la frase larga lleva a sobrecarga y confusión; que Baroja y Azorín impusieron el período corto como cruzada contra la grandilocuencia del XIX.

Escribir bien

Hasta las ovejas acaban cayendo.

Pero las modas acaban corrompiéndose cuando se cae en el abuso. Mira este texto:

El parque está dentro de la ciudad. Es bastante grande. En él pasea mucha gente, sobre todo, viejos. Los viejos leen el periódico o hablan. Apenas hay niños porque están en el colegio. Solo se ven señoras que tiran coches-cuna. También está el guarda. Se puede jugar a correr y no en bicicleta. Yo voy al parque los domingos antes de ir al fútbol. Después me voy al cine. A esa hora se ha hecho de noche.

Es un estilo cansino, monótono, mate, así que no vale generalizar: escribir corto puede ser claro, pero no necesariamente es escribir bien. Una recomendación de Hemingway en ese sentido:

Está muy bien escribir simplemente y cuanto más simple, mejor. Pero no empieces a pensar de una forma tan condenadamente simple. Aprende cuán complicado es algo y luego explícalo simplemente.

Simplemente y… literariamente. Atrévete a creer en las palabras, que no solo de imágenes vive el hombre.  

Lo que está claro es que para escribir bien hay que lidiar con el lenguaje, ambiguo de por sí. Clic para tuitear

Y a su ambigüedad propia, hay que añadirle la subjetividad propia de quien escribe, con sus propios sesgos, valgan las redundancias: repeticiones que no siempre —como sucede en este caso— tienen una intención anafórica; también expresiones débiles, imprecisiones, ruidos que no se advierten salvo al releer de forma crítica lo escrito.

A veces, ni entonces.

Escribir bien es saber adónde se va

Tampoco va de redactar frases de forma correcta. Ni de usar la tecnología para que diga lo que no eres capaz de decir tú.

Las ventajas de la inmediatez a menudo falsean los caminos, destierran los matices. Un escrito debe decir algo desde el punto de vista de quien escribe; bien porque sea práctico, bien porque sea bello. Pero debe decir incluso más de lo que el texto dice. Los efectos especiales a la hora de escribir nada tienen que ver con los del cine. 

Escribir bien

No sabe muy bien dónde va, pero sí dónde no vuelve. Es un punto de partida.

Saber adónde se va pone en marcha una intención. Digamos que no es igual redactar un pequeño ensayo o un tema académico que un texto literario. Mezclarlos puede desembocar en un engendro, sobre todo, si no se tiene práctica. Lo pretencioso, ampuloso o embarullado acecha.

Lo más difícil de escribir bien es escribir bien

Isaac Belmar, en su libro Escribir biendice que trae mala suerte hablar de ello, que el propio Hemingway decía que no había que hablar, sino hacerlo: escribir bien. Y el autor de Fiesta o El viejo y el mar, cuya prosa es de una simplicidad engañosa, daba pistas como estas:

Todo lo que tienes que hacer es escribir una oración verdadera. Escribe la oración más verdadera que sepas.

Escribe fuerte y claro sobre lo que duele.

Pero hablamos de escribir bien. ¿Y hacemos? ¿Escribimos bien y verdadero, lo más verdadero posible? La daga que pende sobre nuestras cabezas caerá inmisericorde para cobrarse su precio.

Desautomatizar el texto

La norma es el carril por el que se mueve el escritor: usos, recomendaciones, prohibiciones. «Fernando y Alicia se conocen, se gustan y empiezan a salir»; «ni tinto ni blanco ni rosado: no le gusta el vino»; «llegó, se sentó y no dijo nada; al poco, y sin mediar palabra, salió».

Los formalistas rusos, devotos de la norma, no decían que escribir bien fuera esto. Esto podía hacerlo cualquiera. Había que corromper la norma, ir más allá de lo literal hasta dar con la literariedad o literaturidad, con lo específico de la literatura.

Significa presentar la realidad de formas que no sean obvias. Por ejemplo:

Los dos se llamaban Davis, pero no estaban casados uno con el otro ni eran parientes. Eran vecinos, sin embargo. Los dos eran personas indecisas, o mejor dicho, podían ser muy decididas con ciertas cosas, cosas importantes, o cosas relacionadas con su trabajo, pero podían ser muy indecisas con cosas menores, y cambiar de idea de un día para el otro, una y otra vez, y estar completamente decididas a favor de algo un día y completamente decididas en contra de lo mismo al día siguiente. 

No sabían esto el uno del otro hasta que ella decidió poner en venta su alfombra. 

(Fragmento de Ni puedo ni quiero, de Lydia Davis).

Lo específico de la literatura

No voy a hablar de cuestiones técnicas ni a privilegiar la forma por encima del contenido. Fracasaría en el intento (además de que tampoco creo en ello). Para mí, si algo tiene la literatura de particular, es la capacidad de sorprender, de invitar a leer entre líneas. A veces es retorcer y otras, destorcer.

Escribir bien es dar con el mecanismo que descorre el cerrojo. Es transmitir lo ordinario de un modo extraordinario. La sorpresa que abandona el cliché y se reinventa. Clic para tuitear
Escribir bien

Desautomatizar es como deconstruir. Como pedir un huevo y que te traigan esto. Bonito, ¿eh?

Imagina la definición de «adulto» e imagina que escribes lo siguiente:

Un adulto es una persona que se encuentra en la etapa más madura de su vida.

Impecable. Bien escrito. No es un cliché. Solo es una obviedad.

Mira cómo lo dice Simone de Beauvoir:

¿Qué es un adulto? Un niño inflado de edad.

Va más allá de la forma en que está escrito.

Simone de Beauvoir se debate entre condenar a ese hombre o seguir amándolo. La ha decepcionado, pero ese hombre es su hijo.

Lo despojaba de su edad, volvía a encontrar sus doce años, imposible guardarle rencor.

Nada hay de obvio ahí. Tres frases paralelas con lo imprescindible para mostrar un nudo y cierta tristeza.

Escribir bien es reflexionar

Escribir bien

No ha tenido una larga vida aún, pero ya reflexiona. Buen chico.

Ojalá hayas vivido mucho y ojalá hayas reflexionado sobre tus múltiples experiencias y las de otros. También Hemingway decía que para escribir sobre la vida primero había que vivirla. Pero hay quien la vive sin caer en la cuenta.

Solo después cabría reflexionar sobre los mecanismos que el lenguaje ofrece: para articular los textos de forma fluida y hacerlo de forma congruente; para entender que, a fin de cuentas, es más que talento, oficio. 

Escribir bien no es hacer literatura light, pero tampoco tiene nada que ver con insertar palabras difíciles o raras. Tiene que ver con un lenguaje rico y lleno de matices.

Escribir bien es amar la vida y es, además, amar el lenguaje: apasionarse por dominar sus entresijos, su música, los géneros, los estilos, y tener el tacto de saberlos aplicar donde y cuando convienen. Clic para tuitear

 

Propina 1

Me gusta descubrir palabras nuevas. No las colecciono como hago con los marcapáginas, pero me abren la puerta de lo enigmático, y eso… tiene su punto.

En contra diré que aborrezco tener que abrir el diccionario continuamente cuando leo.

Propina 2

Guardo dos experiencias grabadas al respecto: una, con el libro corto de un amigo. Había más palabras infrecuentes que de las otras. La lectura pasó a ser una tarea ardua y a punto estuve de hacer una fogata con él. Un texto artificioso que no seducía lo más mínimo. Y no, no era porque el contexto o el tema tuviera una jerga específica que yo desconociera.

Otra la viví con El manuscrito carmesí, de Antonio Gala. Recuerdo el forro que acostumbro para tener donde anotar palabras que desconozco más que para preservar la cubierta: pronto dejó de ser blanco para pasar a ser pardo. Es más: en realidad, fueron dos los forros. Cuando terminé (antes morir que abandonar) las conté: había más de seiscientas palabras raras, con sus sinónimas o similares en paralelo —mi trabajo me costó—, para no perderme. Es lo que recuerdo de ese libro.

No me preguntes si obtuve placer. Ahora, posiblemente estaba bien escrito.

 

4 Comments

  • Genial, Marian.

    Un par de anéctodas personales (se aprende muchísimo cuando se es profesor de escritura creativa):

    Sucede una cosa curiosa con la gramática: cuando no le prestas atención, los errores de sintaxis no impiden que entiendas las frases mal construidas, o con una puntuación deficiente; sin embargo, si cuidas el estilo, esas mismas frases te cuestan una barbaridad entenderlas. Lo sé por mi experiencia con alumnos que se saltan la gramática a la torera (y lo mucho que me cuesta descifrar qué quieren decir). Ellos, y otros que escriben como ellos, las entienden sin problemas; yo tengo que andar descifrando frases.

    Y otra, no puedes ser un nazi de la gramática. Yo digo que primero tienes que dominar la gramática (no vale no saberse las reglas), y luego, con muchísima práctica, la vas modificando para expresar lo que realmente quieres expresar, para lograr los efectos que buscas con tus textos. A veces una gramática perfecta te da un texto acartonado, y por eso te la tienes que saltar (sabiendo qué estás haciendo).

    Un abrazo.

    • Marian Ruiz dice:

      ¡Hola, Carlos!

      Qué buena observación y qué cierta: quienes no reparan en gramáticas se entienden sin problema. Voy más allá: se descodificarían peor incluso si escribieran con corrección. Es como el lenguaje de jerga entre los miembros de una pandilla. Llegas tú de fuera y te haces un esguince (mental) tratando de entenderlos. Y el forastero siempre serás tú, por supuesto.

      Sobre ser o no ser nazi de la gramática: en mi opinión, depende del contexto. Una cosa es un lenguaje rebajado de presiones entre colegas y otra es el de quien se gana la vida con las letras; coincidirás conmigo que no hay más que abrir un periódico y echarse las manos a la cabeza. Temo también el descuido al que las ventajas de la autopublicación nos pueden estar abocando (veo algunas cosas… que sí creerías). Pero bueno, que el tiempo haga su criba y tú y yo, lo que esté en nuestras manos.

      Este texto mío, en cualquier caso, va enfocado a quien le interesa el tema, le intriga, le apasiona… y busca el vuelo literario. Se atreve. Para esos a quienes les encantará tu libro (¡enhorabuena!). Los otros juegan en equipos que nada tienen que ver.

      ¡Gracias por pasarte!
      Un abrazo.

  • Eliana dice:

    Yo llegué a tener la errada convicción mi querida Marian que aquellos textos más ornamentados y con párrafos más incomprensibles eran precisamente los que estaban mejor escritos, hasta me llegué a sentir un poco torpe como lectora, recuerdo aquellos años de universidad en la facultad de humanidades donde leía extensos ensayos sobre teoría literaria y yo aferrada al diccionario tal como si estuviera aferrada a una balsa y aún así no entendía nada, pero con el tiempo entendí que no había un problema conmigo como lectora, sino que me costaba conectar con lo no reflexivo y bastante estructurado. Pienso que escribir ben va más allá de la gramática y tiene que ver más bien con la coherencia y cohesión del texto, con las oraciones simples que se mantengan sostenidas en nuestra memoria y nos hagan recordar el libro o la historia por mucho tiempo, yo creo más en las simplezas que nos transmitan grandeza y en conectar palabras que toquen la sensibilidad y rocen la vulnerabilidad de las personas. Mi premisa es escribir con el corazón para tocar el corazón de quien me lea.
    Gracias por escribir un post tan importante como este.
    Un abrazo otoñal desde estas calurosas tierras floridanas.

    • Marian Ruiz dice:

      ¡Qué alegría, Eliana!

      La verdad es que escribir bien, más allá de los gustos que impone la subjetividad, depende del contexto (¿texto académico?, ¿narrativa?, ¿manual de instrucciones?) y de que se haga con limpieza y precisión. Por supuesto, depende del ritmo y, como dices, de ese eco que perdura una vez que las luces se apagan y cerramos las páginas del libro. ¡Pero qué difícil es escribir así!, con el corazón… y con el diccionario y el corrector en la mano, que como ‘escribidores’ no los podemos desdeñar. El lector merece que le entreguemos el mejor resultado posible; ahora, cuando uno escribe, no siempre tiene presente que debe jugar en ambos lados: como tal escritor y como lector que es, a su vez.

      Gracias por pasarte y dejarme tu eco. Siempre tienes palabras lindas a mano.

      Otro abrazo desde este melancólico noviembre madrileño.

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