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Las anécdotas de una correctora de textos son, claro, anécdotas de esta correctora de textos. No todas son tan divertidas como ella quisiera. Por supuesto, están ligadas a otras personas que, ¡casualidad!, suelen ser clientes o suscriptores. En cualquier caso, es un texto muy personal que hoy tiene a bien compartir contigo.

Baste decir que corregir textos ajenos es más gratificante que corregir los propios (ver la viga allá y no ver la paja acá siempre lo es). La correctora de textos, cuando no corrige, es alguien más que escribe y no necesariamente mejor. Claro, diré que mejor nada tiene que ver con pergeñar frases con su sujeto, verbo y predicado impecables.

Ahora que no viajamos tanto y que los trabajos virtuales se brindan a relaciones peculiares, ahí van once anécdotas de servidora. Clic para tuitear

Mejor tiene que ver con comunicar de forma eficaz; con que el resultado llene no solo los ojos, sino los oídos de ese futuro lector. O lectora.

Y al hilo del desdoblamiento de género… va la primera.

Primera anécdota de una correctora de textos

A veces me dirijo a ti, persona que me lees, en natural femenino de persona. Aun así, no me bajo del masculino genérico ni recurro a los desdoblamientos, salvo excepciones. Me digo que la lengua que tenemos es como es y que es responsabilidad nuestra cambiar… nuestros prejuicios, nuestros siglos de historia, ciertas tradiciones feas. Y la lengua lo irá reflejando.

La anécdota:

Una tipa dejó de seguirme aduciendo que era «poco combativa». No paró ahí la cosa. Al poco, un tipo dejó de hacerlo «porque leo y me parece que te diriges a mí como si fuera mujer».

¿Podemos ser tan imbéciles? ¿O debería decir imbécilas e imbécilos, simplas y simplos? ¿Podemos seguir siéndolo a estas alturas, nosotros y nosotras que no buscamos votos y a quienes nos indigna (tan a menudo) la clase política?

Leed, por favor, Lenguaje inclusivo y exclusión de clase, de Brigitte Vasallo, que trasciende los fuegos de artificio y lo políticamente correcto. La inclusión y la igualdad son asuntos de mayor calado que el meramente lingüístico (y también lingüístico, por supuesto, pero no a costa de forcejear hasta partirle la columna).

Pregunto: ¿quién es el guapo o la guapa capaz de desdoblar un discurso de principio a fin (y sin que se le espanten hasta las moscas)?

Segunda anécdota de una correctora de textos

Me regalaron una entrada para asistir a un evento sobre gestión del tiempo. No arruinaré tu propia gestión del tiempo de este artículo con detalles que no vienen al caso. Hubo un momento en que cada quien expuso lo que sabía hacer. Yo contribuí con que lo mío era poner bonitos los textos.

El asunto era que quien daba el seminario no sabía escribir como para publicar y quería hacerlo.

—Me escribirás tú el libro.

—Eso te costará una pasta —le dije.

—No tengo problemas de ese tipo —respondió con sonrisa sobrada.

El libro lo escribí, pasó por una corrección profesional posterior y se vendió bien, pero me costó dos años terminar de cobrar y cerrar mis cuentas con esa persona.

Tercera anécdota: «Lo que me pidas, pero eso no»

Esta tuvo un matiz agridulce. Corregí una novela muy chula y tuvimos una experiencia en consonancia. Hasta tal punto que el autor me escribió expresándose en estos términos:

—Pídeme lo que quieras: una casa en la playa, un todoterreno, acciones de Telefónica. Estoy flipando con tus correcciones. Has hecho del escenario de una noche de juerga, una plaza limpia con soportales relucientes y fachadas encaladas.

—¿Un… testimonio? —dije toda ruborizada. No todos los autores están por la labor de ofrecerme uno, pero no pierdo oportunidad.

—Huy, eso no, que me da mucha vergüenza.

¿Cómo se te queda el cuerpo, estimada lectora, estimado lector?

Así que tanto buen rollo y tanta magnanimidad y aquí me tienes: resignada a prescindir de lo que llamo «salario emocional». Con variables, pero esta es una anécdota que se desliza con cierta frecuencia.

Eso sí, desde aquí, agradezco cada pepita de gratitud que recibí en privado.

Cuarta anécdota de una correctora de textos

Recibí una solicitud de corrección ortotipográfica y de estilo. Se trataba de un texto peliagudo, con párrafos en los que el verbo principal tomaba las de Villadiego, amén de repeticiones cansinas (de palabras, de sonidos, de conceptos). El cliente en cuestión me rechazó la prueba.

—Escribo como hablo y tú me has cambiado el estilo.

No me justifiqué.

—Si usted quiere escribir como habla, es asunto suyo.

Meses después, volvió.

—Me gustó mucho tu corrección y quiero que trabajemos juntos.

—Me quedo perpleja. Si no le gustó la prueba…

—Tendremos que negociar qué sí y qué no, pero no tengo ego y esta es la prueba.

Aún me molesta el esguince, pero lo cierto es que seguimos trabajando juntos. Acordando qué sí y qué no. El suyo, no sé, pero mi ego, a raya. Lo tengo claro: el autor no soy yo y quien me paga (bien) es él.

Quinta anécdota de una correctora de textos

A veces pasa: llega un texto que ha pasado por otra u otras correctoras. Ese autor, por lo que sea, tiene un nivel de exigencia sumarísimo.

Diré que corregir algo que ha pasado ya por una corrección profesional es bocatto di cardinale: el trabajo llega muy pulido.

Mi cometido, en este caso, fue hacer una tercera revisión. Como lo oyes: dos más habían pasado antes que la menda.

La autora en cuestión me agradeció en público y en privado mi trabajo y es posible que hiciera igual con las otras dos (no lo sé; solo sé que se dirigió a mí en términos que no me atrevo a reproducir).

¿Qué fue lo chulo? Que tuvo el buen gusto de especificar en los créditos los nombres de las tres. ¡Ole ahí!

Sexta anécdota: una triste decepción

Y, tristemente, también me pasó lo contrario.

Trabajé un texto con todo el amor del mundo y no tuve la oportunidad de una segunda vuelta (una segunda vuelta siempre es bienvenida). El manuscrito lo valía. Redacté incluso una propuesta editorial que lo avalaba. Fíjate si la cosa prometía, que hasta habíamos trabado una relación al margen de los cauces profesionales.

La persona desapareció y dejó de responder a mis intentos de saber. Cuando vi el libro publicado, no pude por menos que felicitarla. Me confesó que no había quedado muy conforme con mis correcciones y que lo había pasado por otra profesional. Me defendí; no solo porque había habido un tiempo para revisar y reclamar, sino por una reacción tan desmesurada. ¿Desaparecer? ¿No hablarlo ni protestar por lo que fuera? No lo entendí.

Discutimos. No tenía lógica todo aquello. De últimas, palabras de buena voluntad. Quizá podíamos seguir llevándonos bien, cuestión de puntos de vista, blablablá.

Hasta que compré su libro y vi que me había sacado de los agradecimientos.

Dime, querida persona que me lees, ¿qué haces ante un chaparrón así? Sigo teniendo afecto por el libro y por la persona, pero la pena no me la quita nadie. 1

«Pues sí que se te ha quedado una cara…».

Séptima anécdota de una correctora de textos

Esta, si la dialogo, podía haber transcurrido así aproximadamente:

—Me dijiste: «Sé que estás muy liada, me da pudor robarte tiempo».

—Te daría pudor, pero creo que fue una estratagema.

—¿Por? —preguntas con ese tono inocente que me hace soltar amarres.

—Hombre, llegabas con cuestiones que nada tenían que ver, como si fuéramos viejos amigos. Me pareció que lo éramos y te facilité lo que me pedías.

—Llevo mucho tiempo suscrito a tus boletines. Para mí eres una vieja amiga.

Un día, vete a saber por qué, se me ocurrió buscarlo. No estaba suscrito. Lo reconozco: hay quien es capaz de tenderte emboscadas con todo ese arte. Lo que le queda a una es olvidar la estafilla y seguir adelante.

Octava anécdota de una correctora de textos

Y, de nuevo, todo lo contrario.

Un suscriptor de verdad se interesa por mis textos de forma genuina. Y me escribe. Responde a mis boletines. Con el correr del tiempo, va dándose una suerte de entente cordial. No acaba en matrimonio porque sigo enamorada de mi marido. No importa. Sé que sentimos una especie de placer soñoliento, como si el mundo fuera un lugar amable y aún existieran los paraísos.

El (paraíso) literario, cuando menos, existe.

Es una experiencia humanamente amorosa.

Novena anécdota de una correctora de textos

Esta persona tenía su propia correctora —a la que yo conocía— y, aun así, se ponía en contacto conmigo. Fue lo primero que me confesó. Me preocupó y se lo hice saber.

—No importa. Es ella la que me ha recomendado contactar contigo.

No es algo habitual, de modo que quise saber por qué.

—Está demasiado contaminada de mi texto y le cuesta hacer una mirada fresca sobre él. Y tengo que someterlo al juicio de un tutor. Es para una tesis literaria.

Se trataba de analizar qué sí, qué no y se trataba de dar con el hilo conductor; el pegamento que daría cohesión al conjunto y alertaría sobre qué debía quedarse y qué eliminarse sin piedad.

La persona en cuestión tenía rodaje y vis literaria. Quiero decir que escribía bien; con sus cosas, como es habitual, pero yo tenía delante un texto bueno.

Atrapé ese sentido de fondo que aunaba las distintas peripecias.

Qué alegrón. Qué gratitud de vuelta. Al parecer, quien dirigía el trabajo y pontificaba no había escatimado en elogios.

Añadiré que no es extraño que uno no sepa ver qué corre por el sistema circulatorio de un escrito propio. Para mí, fue un placer absoluto haber contribuido a desvelarlo y, por supuesto, recibir toda esa gratitud de vuelta.

Décima anécdota: «¡No sin mi correctora!»

Está también quien, a pesar de no estar suscrito a mi blog, me sigue con pasión de nazareno. Sé que es así cuando llega con entusiasmo contagioso a decirme que «si no te importa, quiero que seas mi correctora. Hace mucho que te leo y me gusta tu sentido del humor, tu estilo».

Le hago la prueba pertinente. Le gusta. Ponemos el procedimiento en marcha.

Al final de todo, me confiesa: «Tengo que agradecérselo a mi intuición, porque yo no las tenía todas conmigo. Hay empresas que ofrecen servicios de corrección y lo hacen con «software digital». Nada que ver con lo tuyo, pero me confié con el freno de mano echado. Y ahora digo: “¡No sin mi correctora!”».

Ay. No soy la más experta ni soy infalible (¿dónde está ese palmarés?, ¿dónde los infalibles?), pero soy empeñatriz. Pongo todo mi empeño y hay quien sabe apreciarlo. No puedo pedir más.

Valga decir que una corrección en condiciones depende mucho de las condiciones, valga la redundancia, del original. Pueden ser necesarias hasta tres vueltas y, la última, a cargo de una profesional distinta. Eso sería lo ideal.

Pero lo normal es que haya que pactar entre lo ideal y lo posible. Todas esas vueltas hay que sufragarlas. Una no sabe qué cara poner para transmitir algo así a un novel, cuando lo habitual es que viva bajo un puente… en ruinas.

Undécima anécdota: «No eres un robot»

En mi último boletín desovillaba cómo transcurre la escritura, precisamente, de esa publicación quincenal y las correcciones que lleva aparejadas. El caso fue que me dejé sin poner los dos puntos del encabezamiento. 

En mi descargo, diré que era la primera vez que utilizaba las etiquetas con los nombres de los suscriptores. (Pensé que la propia etiqueta los incluía, aun cuando viene en inglés y los ingleses no utilizan dos puntos, sino coma. Pero esta fue una reflexión posterior).

Total: mando la fe de erratas con una imagen de los dos puntos ilustrando el inserto y vuelvo a dejarme los dos puntos de marras del encabezamiento. Se me colaron los que debían ir pegados a la etiqueta y, encima ya, a sabiendas.

Vuelvo a enviar otra fe de erratas con los dos puntos en su sitio. Exhausta.

A pesar de ello, me escriben varios suscriptores solidarizándose con mis despeños y mi empeño. (Había otro par de deslices en el dichoso boletín. Me hubiera desheredado a mí misma, lo juro).

Y, sin embargo, una chica que llamaré CH, me dice: «Ahora me caes muchísimo mejor. He comprobado que eres humana y no un robot».

Propina 1

Si para escribir se necesita una habitación propia, un escenario propio, y si escribir se hace en soledad, corregir también. Pero esto de tener un blog y un buen montón de simpáticos suscriptores —ahora que no viajamos tanto— es otro modo de aventurarse.

Es como sacar el brazo por la ventanilla de un coche que circula a buena velocidad y atestiguar que todo está lleno de aire.

Propina 2

¿Que qué tengo de especial, preguntas mientras clavas en mi iris tu iris del color que sea? Prueba a encontrar otra como yo. No soy insustituible, pero soy irreemplazable. 😁

¿Que si me lo creo? ¡Ya lo creo que me lo creo! Tengo un «ego a raya» que me lo dice cada mañana.

¿Por qué no pruebas?


1 Soy una persona razonable, abierta, dispuesta siempre a conversar y a acercar posturas. Creo, además, que las revoluciones las hace uno consigo mismo y luego sale a exigirle al mundo lo que haga falta. Tengo ya algunas hechas dentro de mí. Quien me conoce lo sabe y sabe que ni corto cabezas ni me como a nadie. 

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6 Comments

  • Lia dice:

    Me ha llegado al alma. Ese detalle está corregido para las próximas ediciones. He cometido un error que aún me duele. Un abrazo 😘

    • Marian Ruiz dice:

      Querida Lia:
      Hace falta mucho valor para disculparse así y reconozco tu esfuerzo y tu mérito. Dicho esto, lo que más aprecio es que le hayas dado solución porque fue un honor ayudarte. ¡Quiero un ejemplar de esos futuros! Gracias de corazón.

      Un abrazo 🤗

  • Antonio M. dice:

    Hay que ver lo bien que me lo paso cada vez que leo algo tuyo, y ya no hablemos de lo que he aprendido y aprendo. Es un lujazo haber contado contigo.
    Las relaciones personales son complicadas, pero la percepción que tenemos del trabajo de los demás es demasiado particular. Hay gente que se cree con el derecho a que se lo hagan y den todo gratis.

    PD: si no salgo entre los suscriptores es porque me tienes registrado con la otra cuenta. jaja.

    • Marian Ruiz dice:

      Hola, Antonio:
      De ti siempre recibo una actitud impecable y mucha gratitud. Te cuento entre mis favoritos. Y tienes razón en lo que dices: las relaciones personales son complicadas. Añado que lo son más cuando no nos vemos las caras ni los gestos ni tenemos el lujo de encuentros en vivo y en directo; todo eso que dice tanto.
      Gracias siempre.

      P. D. Sí sales. 😉

  • Gracias, Marian, muchas gracias. Leer este texto tuyo me ratificó la clase de persona que eres. Te estoy muy agradecido por todo lo que hiciste por mí y por mi novela. Espero poder, algún día no muy lejano, poder invitarte a una taza de café. Por lo pronto, sigue escribiendo, por favor. Un gran abrazo.

    • Marian Ruiz dice:

      Hola, Fausto:

      Algunos correctores (quiero pensar que muchos) amamos nuestro trabajo y nos gratifica ayudar. Esto que es así no puede decirse muy alto porque hay quienes lo toman tan al pie de la letra y confunden este desempeño nuestro con la obligación de dar clases de forma gratuita y, más aún, con el placer de que leer sus textos mientras los corregimos ya debería valernos. Y no. Trabajamos por dinero. Tenemos la fortuna, eso sí, de amar el oficio. Así que, de igual modo que ayudamos, hemos de poner límites a fin de que el mensaje no se distorsione (y acabe perjudicando a toda la profesión).

      Gracias, una vez más, por tu reconocimiento. Es una fiesta encontrarse con la buena gente.
      Un abrazo.

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