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Corregir o reescribir: ¿qué estamos haciendo?, ¿qué nos pide nuestro cliente cuando nos entrega su manuscrito? Hoy me ocupo de esta diferencia.

Corregir y reescribir, todo un arte que consiste en pulir el alma del texto encomendado… ¿sin alterarlo? Compartir en X

Quienes nos movemos dentro del ámbito editorial —editor, corrector, redactor—, sabemos que hay una línea roja invisible: la que separa la mejora técnica de la apropiación creativa.

Puede ocurrir que un autor espere de este encargo unas cuantas enmiendas —una limpieza de cara— y reciba un texto que no reconoce. Aquí es donde surge el gran dilema: ¿cuándo dejamos de corregir para ponernos a reescribir?

Es fundamental entender esta diferencia. No es dar vueltas alrededor de una cuestión léxica o terminológica, sino un imperativo ético y profesional.

En realidad, es el único modo de garantizar la integridad de la obra y la salud de la relación entre quien se encarga de pulir y el autor.

Qué es corregir: el respeto a la voz ajena

Corregir es un ejercicio de optimización: hacer que determinado texto ofrezca su mejor modo de decir. La labor del corrector es actuar como un filtro que elimina las impurezas, responsables de entorpecer la comunicación entre el autor y el lector.

Vayamos por partes, porque aquí nos encontramos con dos niveles de abordaje:

  • Corrección ortotipográfica o, dicho de otro modo, aplicación de la normativa pura. Este tipo de intervención elimina erratas, puntúa de forma correcta, unifica criterios de negritas o cursivas y asegura que el texto cumpla con las reglas de la RAE; o con el manual de estilo de turno, que también puede ser. Me ocupé de ella en este artículo.
  • Corrección de estilo: aquí buscamos la fluidez. Eliminamos muletillas, enmendamos cacofonías, ajustamos concordancias y pulimos ambigüedades semánticas. Me extendí en este otro artículo; más concretamente, cuando ni siquiera es razonable meterse en esa harina. 

En ambos casos, el objetivo es el mismo: que el texto diga lo que el autor quiere decir de la manera más correcta y eficaz posible, sin alterar su estilo personal.

Reescribir es meterse más adentro

Reescribir es una acción mucho más invasiva. Si corregir trabaja en la superficie y la mecánica del lenguaje, reescribir entronca con la arquitectura del contenido.

Cuando reescribimos, alteramos el orden de las ideas, bien cambiando el enfoque narrativo, bien sustituyendo la voz original. No es cambiar asimismo por también para evitar una repetición; es reformular un párrafo entero porque la lógica interna es defectuosa o porque el tono no es el adecuado para el público objetivo.

La reescritura, necesaria en ocasiones, implica una autoría compartida, incluso si el crédito sigue siendo de una sola persona.

¿En qué casos ocurre esto?

Ocurre, sobre todo, cuando las repeticiones o los patrones repetitivos inundan el texto.

Qué es un patrón repetitivo

Si en un texto se habla de dinero, es obvio que el término se repetirá en muchas ocasiones; igual que si se habla de cierto asunto central o de cierta localización (coche, rosa, convento, escenario). Puedes visitar este artículo que aborda la repetición como figura literaria.

Ahora bien, no siempre es posible hacer sustituciones de ciertas fórmulas como, por ejemplo, la abundancia de adversativas: pero, sin embargo, no obstante, aunque; de comparativas: no tal, sino cual; como si, tal como, parece, parecía, pareciera; ni es posible sustituir, sin modificar la construcción original, cuando, o perífrasis del tipo al + infinitivo, darse cuenta, empezar/comenzar a… O la preferencia por la voz pasiva, cuando resulta que la voz pasiva, en español, es una planta medio exótica, una rareza aplicable solo a determinados casos.

Hay mil patrones o latiguillos que se repiten en función de la pericia (inexperiencia, mejor dicho) del autor y que acaban intoxicando el texto.

Corregir no es reescribir: la diferencia fundamental

La premisa es clara: el corrector es un guía, no un autor. La confusión entre ambos términos suele nacer del exceso de celo. Un corrector entusiasmado puede caer en la tentación de mejorar un texto según su propio gusto personal. ¿Qué hará en tal caso? Sustituir palabras que son correctas por otras que… le gustan más.

No me refiero a intercambiar términos imprecisos o inexactos por otros que afinan el sentido. Me refiero a «me suena mejor así».

Para mí, la regla de oro es esta: si el texto es gramaticalmente correcto, comprensible y fiel al tono del autor, yo, en mi desempeño como correctora, me abstengo de intervenir. Dicho de otro modo: me aguanto las ganas de escribirlo de otra manera y, menos aún, de señalarlo como incorrecto.

Corregir es devolverle al autor su propio texto, pero más brillante. Reescribir es entregarle el texto que tú habrías escrito en su lugar.

Corregir vs. reescribir: esa delgada línea…

La frontera entre ambos abordajes es, a veces, un paisaje neblinoso. En la corrección de estilo, es inevitable rozar la reescritura. Desde luego, en mi caso lo es por completo en mi faceta como correctora fantasma.

Pero ¿en qué momento se quiebra esa línea de no ser así? Se quiebra cuando el profesional deja de preguntarse qué quiso decir el autor y decide qué debería decir el texto con el que trabaja.

Sustituir una voz pasiva por una activa para dar dinamismo, manteniendo el léxico del autor, mantiene la línea.

Se quiebra cuando elimina párrafos enteros, añade datos nuevos o cambia el final de una argumentación porque discrepa del planteamiento.

Cuando el corrector siente que necesita cambiar más del 30 % o 40 % de las palabras de un párrafo para que este tenga sentido, ha cruzado el umbral de la reescritura.

Advierto: ocurre más a menudo de lo que sería deseable.

Cuando no queda más remedio que reescribir

A pesar de lo que vengo diciendo —y de que conviene actuar con extrema cautela—, hay situaciones donde la corrección es insuficiente. No se puede limpiar un edificio cuyos cimientos están dañados. A veces, es necesario reescribir; por ejemplo, en estos casos:

  • El texto es gramaticalmente tan pobre que el mensaje se pierde por completo.
  • El tono es inadecuado: imagina un informe técnico escrito como un post de redes sociales, o viceversa.
  • El desorden campa a sus anchas: las ideas se atropellan, hay contradicciones internas y la estructura no permite una lectura comprensible.
  • Traducciones literales: textos traducidos por máquinas (o humanos descuidados) que no respetan el genio de la lengua de llegada.

En estos casos, intentar corregir es como poner parches en un barco que se hunde; lo más razonable y eficiente es reconstruir la nave.

Honestidad profesional o cómo informar al autor

Este es el punto más delicado. Muchos autores tienen un vínculo emocional con sus textos. Pueden recibir la sugerencia de una reescritura como un ataque personal. Toca ser transparente y tirar de diplomacia.

Antes de empezar, cada profesional de la corrección efectúa una lectura de una muestra (2 o 3 páginas); si el texto tiene enmienda, envía una prueba; si no la tiene, puede enviar un breve informe.

No es decir «está mal escrito»; es decir, más bien, «el texto presenta problemas que dificultan la comprensión». (Si el autor es valiente, responderá con buen tono para querer saber más; de lo contrario, puede que no vuelvas a saber de él).

Explicar el porqué y no limitarse a proponer cambios

Es muy recomendable enviar comentarios (en el margen) con sugerencias que muestren hasta qué punto la reescritura busca potenciar su mensaje, no anularlo.

Puede, como digo, que el autor no quiera admitirlo; en tal caso, pienso si me conviene trabajar con él. Sé que, si me empeño —bendita experiencia—, abro la puerta a un sinfín de malentendidos y frustraciones; además de que me tocará transigir con un trabajo ímprobo.

Acostumbro a ofrecer opciones: si el presupuesto o el tiempo eran para una corrección simple, informo de que el trabajo requerido es de una naturaleza distinta (y, por tanto, tiene una tarifa superior). ¡Ah!, pero si antes se resistía, en este punto se irá dando un portazo (metafórico).

O todo lo contrario, porque hay autores que se dicen «es mi oportunidad de aprovechar esta experiencia y aprender acerca de cómo mejorar». Con esos sí que vale la pena abrir la puerta.

Propina 1

Mi recomendación si te dedicas a esto: debe quedar claro que quien ostenta la autoría del original tiene la última palabra. Si propones una reescritura, hazlo como una «propuesta de mejora profunda» que él/ella debe validar.

Creo que corregir es un acto de humildad profesional y reescribir, un acto de rescate. Al profesional de la palabra escrita le toca decidir cuándo aplicar una u otra fórmula.

Propina 2

Termino con una confesión: en la corrección profesional de textos suele haber un pequeño desequilibrio. Consiste en que el cliente piensa que encarga algo básico, como revisar errores, cuando en realidad recibe mucho más.

En un trabajo de corrección, no solo detectamos fallos visibles: mejoramos la claridad, la coherencia, el tono y hasta la eficacia del mensaje. Significa que tomamos muchas decisiones que pasan desapercibidas porque el resultado final simplemente fluye.

Es un trabajo invisible y el cliente no siempre tiene herramientas para valorarlo. ¿Qué hace entonces? Tiende a subestimarlo. Además, por criterio profesional, los correctores rara vez nos ceñimos a lo mínimo: mejoramos cuanto es posible.

En definitiva: casi siempre, aportamos más de lo que se nos pide. ¡Y ahí seguimos! Inasequibles al desaliento…

Al menos, esta que escribe.

 

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