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Escribir bien (no) es pensar bien

By enero 15, 2020 5 Comments

El tópico dice que escribir bien es pensar bien. Yo vengo a defender lo contrario: escribir bien no es pensar bien. O no es consecuencia necesaria. Como tampoco ser organizado significa ser eficaz. Ni ser talentoso es ser bueno en el talento que lo asiste a uno.

Por descontado, antes hay que precisar qué es pensar bien. Decidida como estoy a rastrear qué es escribir bien, aún tengo que retroceder.

Pensar claro es desmenuzar argumentos, pero los argumentos pueden estar equivocados. En ello me enfocaré en esta entrada, desde la idea de que es posible partir de premisas erróneas.

Ya lo creo que es posible. Y, a menudo, parece que vamos a más.

Escribir bien (no) es pensar bien

Ahí los tienes: desmenuzando argumentos. Si llegas dos minutos antes, te los encuentras pensando bien.

Entre escribir bien y pensar bien hay la misma distancia y presunción que la que supone que viajar abre la mente. No es una regla de tres exacta ni de aritmética infalible. Hay que rebasar el mero acto de viajar o de escribir; el de coger un avión y plantarse en un destino remoto, y el de escribir con pulcritud sujeto, verbo, predicado y cohorte de complementos.

Es como quien viaja a Estambul y se queja de que celebren el fin de año con bengalas y sin uvas. Como quien escribe impecablemente y solo dice majaderías.

Los asaltos nos impiden pensar

Sin pensar ni reflexionar demasiado, podemos escribir sujeto verbo y predicado y ser pulcros en el desarrollo del escrito; añadir los complementos que necesiten, tanto el sustantivo como el verbo, y adjetivar de forma exquisita. Sabemos cómo hacerlo.

Pero la sobrecarga, las prisas, la necesidad de responder a cada input (somos elegantes, nos gusta quedar bien) impiden que pensemos con detenimiento. Pensar deprisa, cuando se trata de reflexionar, no sirve.

Seremos correctos, elegantes, atentos, persuasivos; hábiles manipuladores, incluso, que no encendemos luz adicional porque estamos a otras cosas.

Puedo escribir bien y no pensar bien

No es tanto saber encadenar palabras. Tal como lo veo, supone saber para qué. Para qué quiero escribir bien y cómo hacer para que escribir y pensar bien se den la mano.

Vuelvo a los asaltos que me impiden pensar: redes sociales, wasaps, alertas, interrupciones, por ejemplo. Entonces dejo de organizarme y son notificaciones y alarmas las que lideran mis días. Escribo bien, sí, ¿para qué?

Escribir se hace con una finalidad y para unos destinatarios. En mi caso, es así; publicado o no todavía, pero con ese propósito. Y me digo que si esto es así, lo que late en el fondo es cómo me relaciono con los demás. La necesidad de pensar bien está íntimamente relacionada con el lugar que me doy y que les doy.

Escribir bien versus pensar bien

Soraya piensa bien y casi siempre atina. Escribir… no se le da tan bien.

¿Suena raro?

Por partes…

Paralelismos relacionados con el tópico de que escribir bien es pensar bien

Se me ocurren varios tópicos equivalentes a este de que escribir bien es pensar bien:

Viajar abre la mente

Te contaré una anécdota:

Era noche de fin de año en Estambul: cenamos arroz y pollo y lokum y baklava, y un puñado de cosas exóticas, todo riquísimo. A la hora de las uvas, se encendieron cientos de bengalas que pusieron la nota mágica —más mágica aún— en el ambiente.

Dos días después, en el bus camino del aeropuerto, una señora se quejaba de la precariedad de la cena: «A quién se le ocurre poner arroz y pollo en una cena de fin de año. ¡Y ni una uva! Qué vergüenza». Lo dijo en perfecto castellano, aunque seguro que se tenía por abierta y cosmopolita.

Dependiendo de qué lleves contigo, qué antifaz y qué anteojeras, viajar te abrirá los ojos y la mente… o no. De por sí, ni la ignorancia ni la estupidez se curan viajando.

El conocimiento hace mejores a las personas

Estamos rodeados de gente que sabe mucho y no necesariamente se relaciona mejor. La persona sabe tanto que eso mismo la lleva a dejar fuera al resto. Tenemos líderes de todos los colores que, sacados de sus contextos (y aun dentro de ellos), pueden ser auténticos inútiles.

¿Cuántos sabrían qué hacer si se pierden en una montaña?

Escribir bien no siempre implica haber pensado bien. Es posible escribir correctamente sujeto, verbo y predicado y solo decir majaderías. Clic para tuitear

Todo conocimiento es relativo y tendrá mayor o menor valor en función del contexto. Puedes saber latín o hacer raíces cuadradas y hasta triangulares y no tener idea de cómo manejarte en un conflicto.

Leer  es bueno porque mejora la memoria, amplía vocabulario, perfecciona la escritura y no sé cuántas cosas más

Depende. Si lees sin fijarte y sin seleccionar lo que lees, no deberías esperar grandes avances; si no reflexionas sobre lo que lees, tampoco.

Parece más recomendable, primero, cambiar el pensamiento, definir el propósito. Después, ajustar las palabras. Nunca tanta información y preparación como tenemos hoy generó tan escaso manejo emocional. Y las palabras no emergieron para ser solo palabras que supiéramos interpretar, sino para respaldar acciones.

Antonio Basanta, en Leer contra la nada, dice que «la palabra nació para ser cumplida, para hacerse normativa e inmutable».

Entre escribir bien y (no) pensar bien anda el juego

Estos dos piensan bien (no se equivocan de rama ni de nido) y hablan en perfecta coherencia con su sentir.

Pero me temo que ha llovido mucho desde que la palabra nació, que se nos ha ido estropeando por el camino.

Qué es pensar bien

Lo que denotan palabras como respetar, escuchar, considerar, apreciar es clave para generar un clima propicio, un buen rollo. Las palabras en sí no significan nada. Significan lo que queremos que signifiquen —como decía Humpty Dumpty en Alicia en el País de las Maravillas—, y van a decir más si tenemos más poder —digo yo—.

Y han ido perdiendo el valor que les otorgamos inicialmente, cuando las vinculábamos a sentires y acciones.

La pregunta que me hago es si podemos relacionarnos bien cuando somos deshonestos; si es posible cuando las palabras solo nos sirven para quedar bien en la foto; para reproducir tópicos.

Resulta inquietante observar que, a veces, lo definitivo es la reputación que otorga la hilera de títulos de la persona. No lo que la persona dice y si entre lo que dice y lo que hace hay relación de correspondencia.

¿Quién nos pone o nos quita aquí o allá? ¿No es el entorno? Quizá no sea malo cuidarlo. Se nos olvida que son los demás quienes nos sostienen.

Cuando confundimos escribir bien con influir

Nos importa influir, que nos vean, que nos reconozcan. Queremos escribir bien para influir y generar impacto. Somos más competitivos que nunca, más individualistas. Debe ser hora de preguntarnos adónde nos dirigimos y para qué.

Podemos tener un océano de conocimiento con apenas un dedo de profundidad. Sabemos en qué orden van sujeto, verbo y predicado, y hacer frases perfectas que no digan nada útil; eso sí: influyentes, que dejen a los demás con la boca abierta gracias a una ortotipografía y un estilo impecables.

Pero escribir bien no es pensar bien.

Será bueno preguntarnos si lo que hacemos nos sirve para seguir persiguiendo la utopía de que es posible una relación sana con nosotros mismos y con los demás.

Un mar de conocimientos, ¿para qué, si no enderezamos el pensar?

Escribir bien no es pensar bien

Antes de actuar, piensas. Y se supone que antes de escribir, también. En el origen, están los pensamientos: toda una manera de ver el mundo, creencias, supuestos, prejuicios. La realidad pensada genera la realidad sentida y la realidad sentida organiza el mundo.

De modo que cuando antepones la cantidad de saberes como baremo, dejas de ver a las personas. Luego se nos llena la boca pidiendo equidad y un mundo colaborativo.

Te pongo un ejemplo:

He discutido con alguien. Digamos que hizo algo que me ha decepcionado y lo sabe. Pensé que podíamos colaborar, pero de su boca salen escurridizas palabras de disculpa; palabras que siguen enmascarando la raíz del asunto.

¿Cómo se recobra la confianza perdida?

Pensar bien es una cosa y escribir bien otra

Con lo bien que escribía… ¿Cómo es posible que entre el ‘pensar bien’ de su amiga y el suyo pudiera haber tanta discrepancia?

La persona puede escribir como los ángeles, pero ¿para qué, si sigue acantonada en un comportamiento escurridizo?, ¿qué ganancia obtenemos si, cuando la busco para invitarla a resolver, se llama andana?

Una redacción impecable o una locución intachable, si no podemos aplicarlas a deshacer nudos, sirven de poco.

El hecho es que actitudes meramente educadas eluden la oportunidad de que nos maravillemos con lo que tenemos de humanos.

Dicen que el cerebro tiene una plasticidad pasmosa. Yo me pregunto qué plasticidad conductual tiene alguien que se lo sabe todo. Si solo escribe bien y no aplica lo que sabe para volverse más flexible, ¿qué es lo que sabe?

Propina 1

No es escribir bien. Es escribir bien para algo. Antes, pensar bien, poner a ese procesador que es la mente a nuestro servicio. Y antes aún, aprender a pensar para no caer en el autoengaño o en creencias poco operativas.

Ya lo decía Azorín: «La dificultad está en pensar bien».

Propina 2

Hitler, a juzgar por los ejemplares vendidos de su Mein Kampf, también debió escribir bien. Y Mussolini, que además era periodista. De palabras bien escritas se han ido orquestando relaciones de sometimiento, control y dominación. Y la más reciente: de competencia.

Si el lenguaje no sirve para hacernos mejores, ¿para qué? Estamos pervirtiendo el propósito original. Más que nunca, importa la ética, describir qué tipo de mundo queremos para nosotros mismos y para los demás.

Para eso, necesitamos conversar, escribirnos, pero con anhelo de vernos, de encontrarnos. Cuando uno sabe demasiado puede estar tentado de no conversar. ¿Para qué querría hacerlo, si lo sabe todo?

Propina 3

Una flor no le dice a otra «soy más bella que tú y huelo mejor que tú»; o «mira, florezco antes que tú y pagan más por mí en el mercado».

A la naturaleza se la pela lo que hagamos. Somos nosotros quienes damos dirección y sentido. Es tiempo de pensar hacia dónde y para qué. Y qué hace el lenguaje dentro de todo esto; y si podemos, por fin, conquistar un tiempo en que escribir bien sea pensar bien.

Solo el lenguaje nos otorga capacidades extraordinarias. Valdrá la pena aprovecharlas antes de que se haga de noche.
¿Lo has pensado alguna vez?

 

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