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El arte de no hacer nada (y terminar haciendo mucho)

El arte de no hacer nada… y terminar haciendo mucho encierra una paradoja interesante. En mi artículo de mediados de julio me preguntaba —y te preguntaba a ti— si el verdadero lujo no consistiría en no hacer nada. Es lo que quise defender.

Tranquilidad, que no me he bajado de ese burro.

La verdad es que llega el verano y lo imaginamos como una tregua. Una pausa en la que los horarios se diluyen, no hay despertadores y nos entregamos al noble arte de no hacer nada; a ese gandulear que tantas veces nos negamos durante el resto del año, como si descansar fuese un pecado y no un derecho.

Yo misma lo escribí al dar la bienvenida a la estación. Decía que era tiempo de soltar las obligaciones, de perderse en tardes de siesta, de mirar al techo o al horizonte sin tener que justificarlo (más o menos). Hablaba de una libertad ligera, de un permiso que nos damos a medias y con cierto sentimiento de culpa en algunos casos por dejar de producir, de rendir, de tachar tareas de una lista interminable.

Pero resulta que el dulce arte de no hacer nada encierra paradojas.

La paradoja del ocio fecundo vs. el arte de no hacer nada

Te cuento lo que me ha pasado a mí: en ese terreno supuestamente baldío del descanso, ha ido germinando algo inesperado. Cuando más convencida estaba de que iba a dedicarme a no hacer nada, me he encontrado escribiendo más que nunca.

Al principio me sorprendí. Pensaba que estaba traicionando mi propósito, que había incumplido mi propio pacto con la pereza.

¡Ah!, pero no tardé en darme cuenta de que no se trataba de lo mismo. Escribir en este tiempo no ha sido para mí una obligación, sino un brote natural, como quien se tumba en la hierba y, sin saber ni cómo, siente ganas de revolcarse. La diferencia estaba en que no escribía desde la exigencia, sino desde el deseo.

La paradoja a la que me refiero es que, cuando el ocio es verdadero y el único compromiso es aburrirse, ¡pásmate!, acaba siendo fértil. La mente se relaja, se airea, y lo que parecía vacío se llena de ideas. Lo que uno llama «no hacer nada» es, en realidad, dejar espacio a que pase de todo.

Quizá por eso, sin metas claras ni plazos, he ido escribiendo algo que no me había propuesto. O que no me había tomado muy en serio. No era trabajo en el sentido habitual, sino juego más bien. Sacarle punta a algo. «¿Adónde va esto?».

Ha sido como un imán que me iba llevando.

Escribir sin prisa

Este impás (RAE, por favor, ya estás tardando en admitirlo en lugar de impasse) me ha enseñado otra cosa: el tiempo cambia de textura.

Durante el año, cada hora es como una moneda que gasto con cuidado, calculando rendimientos. En julio o agosto, en cambio, parece que las horas se estiran, se doblan, se pierden y se recuperan. Y en ese estiramiento, escribir ha tenido un ritmo diferente para mí: más lento, menos presionado, más atento a los detalles.

Porque la cosa iba de detalles.

Puesto que te suscribiste a este blog, te descargarías en su día el manual de los 51 errores imperdonables al escribir y cómo evitarlos (lo tienes aquí debajo y en la barra de herramientas, donde dice «Regalo»). Pues bien, te adelanto que tendrá una versión ampliada. Tan ampliada, que ya no será solo un manual, sino un libro de consulta para tener siempre a mano.

Mientras lo he ido escribiendo durante este verano —no está terminado aún—, he podido detenerme en una frase, en cierto ejemplo, jugar con ellosa. He podido volver atrás e investigar lo que no sabía o no sabía como para contártelo en condiciones.

Lo que no he tenido es la urgencia de producir algo inmediatamente útil. No escribía para cumplir, sino para explorar. Esa diferencia lo cambia todo: cuando desaparece el látigo de la productividad y de la presión, la creatividad se vuelve generosa.

El permiso de fallar

Por supuesto, me he permitido escribir como me iba viniendo y es ahora cuando voy revisando, repasando y reformulando; ahora, a medida que avanzo. Ese manual que tienes contigo me sirve de pauta y me guía. Lo que voy haciendo es ampliarlo, añadir información que lo completa, nuevos ejemplos.

La de cosas que se me ocurren cuando me pongo a no hacer nada.

Ha ido saliendo así porque nadie esperaba nada, porque yo misma había declarado que estaba en modo descanso. ¿Por qué no? ¿Y si todo era un juego? Podía llenar páginas que no llevarían a ninguna parte, dejar fragmentos a medias, probar.

Curiosamente, ese permiso —ese desparpajo de saber que no pasaba nada si lo que escribía no servía— abrió la puerta a mi deseo de que tuviera un sentido. Como si al soltar la exigencia hubiera dejado de estorbar a lo que empujaba.

No hay tal contradicción en el arte de no hacer nada

La misma práctica me ha enseñado que la contradicción no era tal. Se puede defender el derecho a no hacer nada y, a la vez, dejarse arrastrar por una actividad placentera.

La clave está en el matiz: no hacer nada de lo que pesa, de lo que huele a deber. Pero sí entregarse a lo que pide el cuerpo, aunque la sorpresa se concrete en ganas de escribir, de pintar o de cocinar.

En la propina, te cuento un secreto que actuó como disparador. Algo puso en marcha el mecanismo.

Me recuerda al famoso episodio de la magdalena de Proust: el mero hecho de «llevar hasta los labios una cucharadita de té en la que había dejado ablandar un pedacito de magdalena» lo estremece. Le sigue el placer —mayor aún por lo inesperado— que describe. Y le sigue la búsqueda de la raíz de ese placer, que, por supuesto, no está en la magdalena.

Dejo la taza y me vuelvo hacia mi mente. Es ella quien tiene que encontrar la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre cuando la mente se siente desbordada de sí; cuando ella, la que busca, es el palo oscuro donde debe buscar y donde todo su bagaje no le servirá de nada. ¿Buscar? No solamente: crear. Está frente a algo que no es todavía y que solo ella puede realizar.

En mi caso, la matraca de la mente había quedado atrás. Las palabras acudían como si hubieran estado esperando este respiro para salir a la luz.

Una enseñanza para el resto del año

Ahora que agosto ha volado, me pregunto si este descubrimiento no valdrá también para el resto del calendario. ¿Y si pudiéramos vivir los meses de septiembre, de noviembre…, de marzo, con ese mismo espíritu? ¿Y si, en lugar de cargarnos de obligaciones, aprendiéramos a dejar huecos, a concedernos pausas, a escuchar lo que nos nace sin presión?

Quizá ahí esté el verdadero secreto: que la productividad más genuina surge cuando dejamos de buscarla. Que el descanso y la creación no son opuestos, sino aliados. Que el ocio no es una renuncia, sino una siembra. De algún modo, también esto se deducía de ese otro artículo al que me he referido antes.

Este verano me lo recordó: el tiempo libre no está vacío, está lleno de posibilidades invisibles. Basta con soltar las riendas para que aparezcan.

Propina

Proust nos avisa de que el viaje no depende de encontrarse con paisajes nuevos. Al contrario: los paisajes pueden ser los mismos de siempre y que seamos nosotros, en cambio, quienes los miramos con ojos nuevos.

El secreto, el disparador

Verás: hace unos meses, un editor se mostró interesado en el manual que ofrezco como regalo a quienes se suscriben al blog: me planteó la posibilidad de convertir ese material en un libro, algo en lo que yo no había pensado.

Pero —cosas que pasan— el proceso pronto se vio interrumpido: las citas que acordábamos no se cumplían y las promesas quedaban en el aire. Total: las conversaciones se truncaron sin una explicación clara. Presumo que otros proyectos reclamaron su atención, aunque hubiera bastado un gesto sencillo —un «esto tuyo exigirá un tiempo que no estoy dispuesto a esperar»— para cerrar la etapa con elegancia.

No fue así.

En cambio —qué vueltas, ¿verdad?, porque no es la primera vez que alguien me lo pide—, se transformó en el empujón que necesitaba sin yo saberlo: me llevó a mirar el manual de otra manera. Ya no era un simple obsequio, sino que me planteaba la posibilidad de verlo como un semillero.

Sigo escribiendo. En este tiempo de verano le he metido gasolina. Y ya no le queda mucho. Lo sé porque el índice del manual me ayuda a mantener la dirección. Luego, las siguientes fases: revisión, corrección, edición; todo a su tiempo.

Por supuesto, caerá en las manos del editor que lo merezca. Te avisaré. ¡Prometido!

Mientras, si necesitas mi ayuda, ya sabes dónde estoy.

 

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