Hoy vengo con una cantinela distinta: el elogio de la ociosidad en estos tiempos tan productivos y autoexigentes que tenemos.
Llega el verano y con él, ¡toma paradoja!, una nueva presión-prisión: la de tener que aprovechar las vacaciones. Leemos titulares que nos animan a completar tal curso pendiente, a reorganizar rutinas, a escribir por fin ese libro que llevamos postergando tanto tiempo.
También las redes sociales se inundan de listas de libros que leer, hábitos que adquirir, retos que cumplir. Me pregunto si el mayor acto de resistencia, de inteligencia y de lucidez no será hacer justo lo contrario. ¿Y si el verdadero lujo —y el más creativo— fuera no hacer nada de nada?
Este artículo es, con permiso de Betrand Russell, un elogio de la ociosidad (una apuesta significativamente más modesta; por eso lo del permiso).
El elogio de la ociosidad: sabiduría olvidada
Lejos de ser una anomalía moderna, el elogio de la ociosidad tiene raíces filosóficas profundas. En la Antigua Grecia, el término skholé (σχολή) —de donde deriva nuestra palabra escuela— no significaba lo que hoy entendemos como ocio pasivo o entretenimiento vacío. Muy al contrario: skholé era un tiempo libre dedicado a la contemplación, al pensamiento, al cultivo del espíritu. Para los griegos, el trabajo era una necesidad, no una virtud.
En este ensayo (por el que pagué 800 pesetas hace mil años) titulado Elogio de la ociosidad (1935), Bertrand Russell critica sin rodeos el culto moderno al trabajo como valor moral: «La idea de que lo pobre merece su suerte y que lo rico merece su ocio es una de las formas más crueles de autoengaño de nuestra época». Russell defiende una reducción radical de la jornada laboral, no para multiplicar el consumo, sino para permitir más tiempo para la ociosidad creativa. 
Y, todo esto, en franca oposición a la idea de que el desarrollo deba ser ilimitado y de que el trabajo per se entraña virtud. De hecho, se pregunta: «¿Qué sucederá cuando se alcance el punto en que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin trabajar largas horas?».
Si nos vamos aún más atrás, Pascal dejó escrito lo siguiente: «Todos los males del mundo vienen de no saber estar tranquilos en una habitación».
O sea, de no saber estar ociosos.
No hacer nada no es perder el tiempo
No confundas ociosidad con pereza. No hacer nada no es lo mismo que ser vago. El elogio de la ociosidad no es una apología de la desgana, sino una defensa del dolce far niente como territorio fértil. Ese espacio vacío, mental o físico, donde algo inesperado puede nacer.
La ociosidad puede tomar la forma de una caminata sin destino, de una tarde de estar bocarriba mirando el techo, de una conversación sin un objetivo claro. No hay que hacer nada útil en ese tiempo. Es justo esa inutilidad la que lo vuelve poderoso.
Muchos procesos creativos dependen de ese tiempo muerto donde las ideas, lejos del ruido, asoman, ocurren.
¿No te ha pasado que, en medio de una siesta, de estar lavando los platos o mirando por la ventana, se te ha ocurrido algo? A menudo, es ahí donde se enciende la chispa.
Creatividad y ociosidad: una relación necesaria
Si sigues a Nazareth Castellanos, la habrás oído hablar de esto: muchos estudios en neurociencia han demostrado que el cerebro necesita pausas reales para activar lo que se conoce como la red neuronal por defecto.
¿Sabes qué es? Ni más ni menos que el modo en que la mente divaga, fantasea, conecta conceptos de forma no lineal. Ese estado, que se parece mucho al aburrimiento, es esencial para la creatividad.
Por eso, el elogio de la ociosidad no es solo una postura estética o filosófica. Es, también, una necesidad biológica.
Piénsalo: las personas más creativas acostumbran a saber proteger su tiempo libre porque saben que ahí —en la pausa, en el intervalo, en el silencio— aparecen las ideas más originales.
Como escribió Sylvia Plath en su diario: «No quiero vivir para llenar papeles. Quiero sentarme en la terraza y dejar que el sol me entre por la piel». ¿Y si en eso residiera la verdadera escritura?
Contra la dictadura de las vacaciones productivas, el elogio de la ociosidad
La obsesión con aprovechar el tiempo libre responde a la misma lógica que nos agota durante el año: la lógica de la productividad. Hemos asumido tanto la necesidad de rendir que hasta el descanso se convierte en una tarea.
Pero no. No se trata solo de descansar, sino de optimizar el descanso.
¡Ah!, pero nos sentimos culpables si no publicamos nuestras vacaciones, si no leemos algo formativo, si no reducimos la lista de lecturas pendientes.
Nota: No uso postear (vacaciones o lo que sea). Antes usaría viñetear.
Ten presente esto cada vez que te asalte la exigencia interna: el verdadero elogio de la ociosidad exige no justificar ese tiempo ante nadie. Supone desaprender, zafarse de los debería, y exige hasta un modo de ejercer la valentía: el atrevimiento de no producir, de no publicar, de no mejorar.
La ociosidad, bien entendida, es un acto de resistencia frente a un mundo que nos quiere siempre útiles, siempre conectados, siempre ocupados.
El arte de no hacer nada: una necesidad urgente
¿Traigo larvada cierta pretensión de provocarte? Confieso que sí, pero ¿podrías ver en esta propuesta, además, algo poético, íntimo, muy muy personal?
Es como reclamar un espacio interior que no puede ser traducido a dineros ni medido en resultados. El elogio de la ociosidad es también un elogio de la atención, de la lentitud, de la presencia. De todo eso que vamos estando tan faltos.
Quizás deberíamos volver a mirar con otros ojos esas tardes de verano que parecen irse como vinieron: sin dejar rastro. Tal vez ese tiempo, el más invisible de todos, sea también el más fértil. El más libre.
Pregúntate cuánto hace que no te aburres, cuánto que tu cabeza no te fuerza a hacer esto o lo otro.
Así que este verano, si puedes, no hagas nada. Mira las nubes. Olvida la lista de tareas. Deja el móvil lejos. No escribas si no quieres escribir. Hazlo solo si te sobreviene un pensamiento que quieras dejar registrado, una trama, una idea, el perfil de un personaje. Hazlo solo si quieres.
También puedes ceder a las ganas de leer, incluso artículos como este, que habla de poesía. O este, que habla de cuidar y de cuidarse. Y este otro más, que te anima a escribir sin moldes.

Ese ‘dolce far niente’, que dicen los italianos.
Transige solo en esos casos en que te apetezca. A veces, no hacer nada… es hacer espacio para todo lo que importa.
Propina 1
Piensa si son vacaciones o si es autoexplotación. ¿Y si el verdadero lujo fuera, de verdad, no hacer absolutamente nada?
¿Serás capaz? ¿Podrás dejar de presionarte?
No es vagancia ni apatía. Es dar rienda suelta a lo inútil, lo lúdico, lo contemplativo.
Recuerda que el algoritmo de las redes también coloniza nuestro tiempo libre.
Propina 2
Imagina una tarde a la bartola, sin culpa, mirando las nubes, como el inicio de algo que ignoras y que viene de camino…
Ya llegará septiembre, y ya nos volveremos… a atacar. O no. Tanto en un caso o en otro, recuerda que puedes contar conmigo.
Hasta entonces, sé flexible, perdónate la vida y no te exijas tener ganas cuando es que no.
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