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Corregir errores ortotipográficos en público

By febrero 5, 2020 No Comments

Corregir o no corregir en público los errores ortográficos… de otros; claro, de otros. No íbamos a desvelar los nuestros y, menos, en público.

He ahí el asunto.

Si te dedicas a la corrección de textos y eres capaz de ver un doble espacio antes de que aparezca…, qué difícil es sujetar los caballos, ¿eh?

Animarse a corregir en público errores ortotipográficos ajenos es como montar una partida de ajedrez para paliar el hambre en el mundo. Clic para tuitear

Las situaciones que pueden darse son múltiples y de distinta envergadura. También son distintas las actitudes de los polígrafos humanos ante las pruebas de los patinazos ajenos.

Hace poco se suscitaba un debate a cuenta de las erratas en un grupo de Facebook. L. M. Mateo, con su chispa característica, se hacía eco en este artículo.

Vaya por delante que no hay texto sin errata

Mal que nos pese, es así: no hay texto que se libre de satisfacer su tributo a Titivilus.

 

Corregir o no corregir errores ortotipográficos en público

Los monjes de la Edad Media tenían la gran fortuna de contar con él. Ocho siglos después, en cambio, nos vemos condenados a asumir que somos nosotros y solo nosotros quienes…

¡Ríndete, humano, y que la humildad te asista!

A mayor conocimiento, menor ego

El grado de conocimiento es proporcional al tamaño de la resistencia. La amenaza de enmienda pone en guardia al más pintado. Se cura con conocimiento. A mayor conocimiento, menor resistencia a admitir correcciones. Se amplía el espacio para encajar las columpiadas.

De aquí se deduce que quien se acantona y se resiste también está llamado a la salvación. Todo se resume en que es cuestión de tiempo.

Ya lo decía John Stewart Mill:

Es mejor ser un humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho; y si el necio o el cerdo son de diferente opinión, se debe únicamente a que solo conocen su propio lado de la cuestión.

A un necio satisfecho, en su devenir, le toca ser un humano insatisfecho. Tarde o temprano le toca. Así de cruel y exigente es la realidad: hay un momento en que a la feliz ignorancia le aprieta el zapato. O la errata. Ya no lo resiste. Se le impone la necesidad de corregir sus textos del alma de errores ortotipográficos —y de otro tipo— y así brindar su mejor posible versión.

Y justo ahí, en un brindis que exige la presencia de otro —de muchos otros— es donde se produce eso que los psicólogos llaman quiebre. No es ni más ni menos que una crisis emocional.

Corrección ortotipográfica

Ha terminado de escribir y está tan satisfecha del resultado, que se ha puesto a gritarlo a los cuatro vientos. Que llueva le resbala.

Es la gran llamada a aflojar, fundamentalmente ego. Las correcciones son espejos donde verse. Y de entrada, lo que uno se ve no suele hacer mucha gracia.

Corregir errores ortotipográficos en público: mejor no

Ahora bien, sigo con mi argumento: quien tiene más conocimiento se obliga precisamente en virtud del mismo. Quien ve más tiene la obligación ética de hacer más y mejor con lo que sabe. La falta de tacto se vuelve, por tanto, imperdonable.

Estamos acostumbrados a ver que en las redes se calientan las bocas; que se entra al trapo con una facilidad digna de mejores causas; que hay quien se dedica a perseguir erratas como si de ello dependiera el futuro de la humanidad.

Pero ¿qué crees que logra quien se dedica a corregir errores ortotipográficos en público; quien satisface ansias poniendo a otros en evidencia?

Depende. Depende de si ese otro tiene más o menos conocimiento y más o menos capacidad de autogestión, pero es fácil que…

  • Reaccione en contra de la intención del acusador, que raras veces pretende ‘solo’ sacar al otro de su error.
  • No tome en cuenta la indicación, sino el hecho puro y duro de haberse visto puesto en entredicho.
  • Se rodee de justificaciones.
  • Haga vudú en su mente al maleducado, insolente, chulo…, y le dispare dardos envenenados.

Y el debate se desvía por derroteros que no deberían sorprender a nadie.

Qué hacer ante la malvada errata cuando la intención es sana

Ante la tentación de corregir errores ortotipográficos que aparecen en contextos públicos, las medidas de urgencia son:

  • Respirar hondo.
  • Ser sincero (¡ojo!, que ser sincericida es otra cosa).
  • Ser prudente.
  • Medir las palabras.
  • Adoptar una actitud de respeto.

Son medidas comunes a los casos que siguen y con independencia de los escenarios, que serán —aproximadamente— estos:

Si no conoces al autor

Si no conoces al autor y te acomete la tentación de ponerte a corregir sus errores ortotipográficos en público, mejor…

  • Crúzate de brazos.
  • Déjalo pasar mientras elevas una plegaria silenciosa a la Santísima RAE.
  • Detente un instante y di mentalmente: «Madre Fundéu, perdónalo porque no sabe lo que hace».
  • Hazte unas ablaciones con agua fría tras hacer una ofrenda a los dos tomos del María Moliner. A la vez.
Corregir textos en público

También funciona hacer flexiones con los tomos del ‘María Moliner’.

Si de este modo no se te cura la mala gaita, actúa con nocturnidad y en horas insomnes: te reconocerán los vampiros de tu cuerda, pero el destrozo será menor.

Caso de que escojas otras franjas horarias, échale picardía, gracia, humor; tú que tienes talento a espuertas y eres así, impecable.

Si conoces al autor

Conocer al autor te sitúa en una tesitura distinta y ante posibilidades más operativas, del tipo…

  • Tratarlo como si fuera tu amante.
  • Cederle el protagonismo que le corresponde por derecho de autoridad.
  • No ceder —bajo ningún concepto— a la tentación de brillar a su costa.
  • Rodearse de todas las precauciones para no incurrir en decirle lo que no es.
  • Escribirle en privado: es más que probable que agradezca tu advertencia y se corrija a la voz de ¡ya!
  • Caso de decidir hacerlo en público, buscar estrategias que no lo fulminen.
  • Amar su texto como si fuera el de un hijo propio.
Antes de una corrección ortotipográfica en público

Antes de ponerte a corregir en público, recógete y ruega a los dioses que te asistan.

Está terminantemente prohibido cargarse a amantes, amigos y conocidos por cuestiones de un quítame allá esa coma. O por un ponte una b en lugar de esa maldita v. O de esa h, que para qué puñetas está ahí.

La pasión razonable ante los errores ortotipográficos… ajenos

El viejo dicho que resume la actitud por adoptar de manera general es:

Se alaba en público; se corrige en privado.

Ceder al impulso de atacar, zaherir (zaherir sigue existiendo, créeme) o recriminar te convierte en muy mal gestor de tus emociones. Según cómo comuniques, puedes conseguir el efecto contrario al pretendido. ¿Por qué? Porque desplaza la atención del contenido al plano de la emoción.

Alguien se siente cuestionado y la lógica le tiende una emboscada: el rechazo y la rabia toman el mando.

Hace mucho mucho tiempo —quizá por 1960— y en una galaxia no tan lejana —en Palo Alto, California— Paul Watzlawik en su Teoría de la Comunicación, dijo que cada acto comunicativo posee al mismo tiempo…

  • Un efecto informativo.
  • Un efecto relacional.

A veces —hablo ahora de cuestiones de contenido y no solo de forma—, es cuestión de enfoque, de punto de vista. Antes de atacar, conviene asegurarse.

Y puede que la razón te asista porque sabes más de eso. Watzlawik hablaría en tal caso de comunicación complementaria, desigual, no simétrica. Ahí veo tres situaciones posibles:

  • Dar jaque mate al otro.
  • Invitar a salir del error haciendo gala de una gran exquisitez en las formas.
  • Neutralizar cualquier posible rifirrafe que se haya planteado.

Propina

Nada de lo que comunicas es inocente. Y puedes estar convencido de que lo que dices es perfectamente racional. Y justificarte. Pero razones y emociones no van siempre de la mano.

Mi recomendación es que antes de ponerte a corregir errores ortográficos ajenos en público y a troche y moche, te tomes una tila.

Y ahora, como dijo aquel, ve y haz lo que quieras.

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