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No diré que los malentendidos en la corrección de textos son el pan nuestro de cada día; por suerte y para alivio de quienes concurrimos, no es así. Vengo a ocuparme, en concreto, de esos casos —infrecuentes pero desagradables— en los que el cliente complica su propia solicitud.

Trabajo en la corrección de textos desde hace tiempo y esto significa que me ha pasado casi de todo.

Y si algo he aprendido —y me frustra—, es que muchos problemas no surgen durante el encargo, sino antes incluso, en el momento de la petición; no por mala fe, sino por una cadena de malentendidos que, en ocasiones, el propio cliente va creando sin darse cuenta. Cuando eso ocurre, un proceso que debería ser sencillo se convierte en una carrera de obstáculos.

Primer malentendido en el ámbito de la corrección de textos

No es el único, pero sí el más reciente; me referiré a él y lo tomaré, al menos en parte, como ejemplo.

Un primer signo de confusión aparece cuando una misma persona me escribe desde distintas cuentas de correo, usando nombres diferentes: a veces un nombre masculino, otras uno femenino.

No entro en cuestiones personales que no me corresponden —sospecho por qué alguien se comporta de ese modo; luego diré algo al respecto—. Desde el punto de vista profesional, esto es como intentar archivar documentos en un cajón que cambia de etiqueta cada vez que lo abro. La falta de continuidad dificulta el seguimiento, la trazabilidad de la conversación —hay días en que recibo varias solicitudes— y, en última instancia, la correcta atención del encargo. Y soy persona metódica.

Segundo malentendido

A esta dispersión se suma otro punto delicado: la negativa a enviar páginas de muestra. Aun así, el cliente solicita un precio aproximado por un número concreto de palabras o páginas.

Aquí suele producirse el mayor malentendido. ¿Cuánto es el precio aproximado de un kilo de kiwis? Sin salir de mi barrio, los encuentro a 3,49 € y a 5,89 €.

En el ámbito de la corrección de textos, el precio no depende solo de la extensión, sino del estado real del texto. No es lo mismo una corrección ortotipográfica ligera que una corrección de estilo profunda, y esa diferencia no se adivina: la correctora debe comprobarla.

¿Por qué esto es así? Porque no es lo mismo dedicar una hora a corregir tres páginas que tener que emplear ocho.

Otros cuantos ejemplos

Pedir un presupuesto sin mostrar el texto es como pedir el precio de una reparación del coche sin permitir que el mecánico abra el capó. ¿A alguien le cabe en la cabeza?

¿Y pedir el precio de un traje sin tomar medidas ni ver el cuerpo que debe vestirlo? Se podrá decir cuánto cuesta un traje, en abstracto, pero no cuánto costará ese traje. ¿Cómo saber si necesitará ajustes mínimos o una confección compleja? ¿Cómo calibrar si bastará con un dobladillo o habrá que desmontar media prenda?

También es comparable a solicitar el presupuesto de un viaje sin indicar el destino ni el medio de transporte. ¿Hablamos de un trayecto corto en autobús o de un vuelo intercontinental con escalas?

En una corrección de textos ocurre lo mismo: sin ver el original, no sé si el trabajo consistirá en un retoque superficial o exigirá una reconstrucción completa.

Ni siquiera un número de páginas me dice si el texto está bien encaminado o si necesita una revisión profunda que multiplique el tiempo y el esfuerzo necesarios.

Al hilo de esto, otro malentendido

Puedo dar una orientación general y, no obstante, siempre será provisional, aunque puedo resistirme (ese correo delator…). En todo caso, trabajar sin ver muestras es, como digo, trabajar a oscuras. Ningún profesional responsable debería comprometer tiempos ni tarifas —en muchos casos, ni aproximadas, insisto— en tales condiciones.

Porque esto trae de camino otra vuelta de tuerca del malentendido: cuando llegue el momento de poner pie en pared, el candidato argüirá que no puede haber tanta diferencia.

Y por supuesto que puede haberla. Muchas veces —y esto es bastante habitual—, las páginas de muestra no son representativas del conjunto del manuscrito, ni aunque el manuscrito venga santificado por el nuevo oráculo gepetiano.

Malentendidos en la corrección de textos

¿Acabarás olvidando cómo era aquello de manejarte sin muletas y hasta de ser cortés?

Además —lo digo a las claras—, la forma en que el cliente se expresa en sus correos suele ofrecer pistas. Mensajes confusos, errores reiterados o estructuras poco claras funcionan como el temblor que antecede a un terremoto: no confirman nada, pero aconsejan prudencia. Por eso mismo —insisto una vez más— necesito disponer de unas cuantas páginas para ajustar el nivel de intervención. Hacer de pitonisa y tener que afrontar sorpresas desagradables para ambas partes no es sino caldo de nuevos rifirrafes.

El malentendido en el asunto de la corrección de textos se aclara

Cuando explico esto y solicito la información mínima necesaria, puedo recibir una respuesta cortante: el cliente dice que «probará con otros correctores» y remata afirmando que mi atención ha sido «pésima». Ese suele ser el punto final de la conversación y, paradójicamente, el momento en que el malentendido queda más claro.

Porque una cosa conviene dejarla prístina: poner límites no es dar mala atención. Un servicio de corrección profesional no funciona como una máquina expendedora en la que se introduce un número de palabras y sale un precio exacto. Se parece más a una consulta médica: antes de dar un diagnóstico —y un presupuesto—, el profesional ve al paciente, entiende los síntomas y revisa pruebas. Saltarse ese paso no acelera el proceso. Lo invalida.

Además, ser clara no implica ser brusca. Me tomo mi tiempo para explicar por qué necesito muestras, qué variables influyen en el precio de una corrección de textos y qué ocurre si no dispongo de la información que solicito. Eso también es atención al cliente. Lo que no puedo hacer es comprometerme; perjudica tanto a la otra parte como a mi propio trabajo.

Cómo puedes evitar malentendidos al solicitar una corrección de textos

No necesitas grandes contorsiones, sino gestos simples:

  • Usa un solo canal de contacto,
  • mantén una identidad coherente,
  • envía fragmentos representativos del texto;
  • y, por favor, entiende que los servicios editoriales son trabajos a medida.

No se trata de productos estándar. Un texto no se pesa, sino que se evalúa. De otro modo, cualquier cifra es solo una suposición.

Cuando me niego a avanzar sin la información necesaria, no estoy rechazando al cliente: estoy defendiendo una forma de trabajar honesta y profesional. Es como quien se niega a navegar sin brújula o a construir sobre arena mojada. Puede parecer más rápido al principio, pero ¿quién se hace cargo del resultado?

Insisto —y va la tercera— en que la corrección de textos es un trabajo de precisión. Y la precisión empieza mucho antes de abrir el documento: empieza en la claridad, la coherencia y el respeto mutuo desde el primer correo.

Que te presentes —no hablas con ChatGPT—, que cuentes tu propósito, que sigas las recomendaciones del profesional no te compromete a nada; al contrario, facilita la buena interacción y sienta un precedente la mar de amable, algo de lo que vamos estando faltos.

Por último, ten presente que tanta reserva solo induce sospechas por parte de quien te recibe. Échale un ojo a esto y sabrás cómo proceder.

Propina 1

Por fortuna para ambas partes, esto que acabo de describir no es norma, sino excepción. Lo normal es establecer una relación armónica, respetuosa y cercana; todo ello, en beneficio de ese manuscrito que aspira a brillar y en beneficio también de relacionarse de forma satisfactoria dos personas humanas.

Propina 2

En casos como el que dio pie a este artículo, agradezco la deriva que tuvo, es decir, que tuviera lugar tal malentendido. Pienso que, con gran probabilidad, me libró de pesares mayores.

Propina 3

Leed, por favor, y desentrañad la letra pequeña de lo que leéis (el subtexto, lo que se dice entre líneas) y sed amables. Cuesta bien poco y engrasa mucho las relaciones.

Por cierto, este artículo de Ana Bustelo entronca también con todo esto que acabo de decir.

Y, por si fuera el caso, aquí me tenéis.

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