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Si quieres saber por qué los correctores somos caros, ven, que vamos a poner los puntos sobre las íes.

En un mundo donde la tecnología promete correcciones automáticas, rápidas y accesibles, a los correctores de textos humanos a menudo se nos percibe así: caros e innecesarios.

¡Ah!, pero qué error de concepto, qué ignorancia asombrosa. Quien hace afirmaciones de este tipo desconoce por completo la complejidad y el valor real de nuestro trabajo.

Lejos de limitarnos a corregir errores ortográficos, los correctores profesionales aportamos esto:

  • conocimientos especializados,
  • tiempo,
  • un grado de atención al detalle que las máquinas no pueden ofrecer.

Y no, no basta con tener un diccionario a mano. Tampoco basta con consultar a cada rato las prescripciones de la RAE.

Esa idea extendida de que los correctores somos caros exige desmontar mitos y valorar como merece el trabajo profesional que garantiza textos claros, coherentes y libres de errores. Compartir en X

Así que, ya ves: vengo dispuesta a desmentir esta falacia de lo caros que somos.

¿Por qué los correctores de textos somos caros? Desmintamos y desmontemos una percepción errónea

Es harto frecuente encontrarse por ahí el mantra de que los correctores de textos somos caros. Es la reputación que tenemos.

A menudo, esta percepción viene acompañada de comentarios como «¿por qué tengo que pagar tanto por revisar un texto que ya está escrito?». También, «mis lectores beta lo han leído y no han visto nada raro». Y, por supuesto, ahora que la IA lo hace todo, «es suficiente con usar un programa de corrección automática»; le sigue la coletilla de que «tampoco hay que ser tan tiquismiquis».

Estas afirmaciones, comprensibles desde una perspectiva superficial, reflejan un doble desconocimiento: se ignora a) la naturaleza del trabajo y b) el valor que añade el profesional de la corrección. Porque hay un costo objetivo sobre el impacto que acaba teniendo en una comunicación como es debido.

Quédate conmigo.

Exploraremos las razones por las que los correctores podemos parecer caros y por qué nuestra labor es tan imprescindible como compleja.

Por cierto, ¿caros o costosos? Porque no es lo mismo.

Un trabajo especializado es un trabajo… de alto valor

El trabajo de un corrector no es simplemente revisar si hay tildes o comas mal colocadas. Es un proceso que requiere preparación específica en varios sentidos: por un lado, un profundo conocimiento de las normas gramaticales, ortográficas y estilísticas; por otro, una comprensión precisa del idioma y, por otro, dominio del ámbito especializado al que pertenece la obra.

Además de detectar errores ortográficos y gramaticales, un corrector de textos debe evaluar la coherencia, la cohesión y la claridad del texto. Hace sugerencias que persiguen su legibilidad y efectividad.

En este artículo me extendí y a él te remito.

Es un nivel de destreza que no se adquiere de la noche a la mañana. Los correctores profesionales pasamos años estudiando y perfeccionando el oficio. Ese es el misterio: este continuo actualizarnos y encontrarnos con desafíos nos convierte en expertos. No es algo extraordinario, sino mera consecuencia lógica de ese devenir.

Así pues, la corrección de textos es un trabajo altamente especializado que requiere precisión, atención al detalle y un sólido trasfondo académico.

¿Crees que una novela se corrige con la gorra? ¿Crees que una lectura profesional es leer y ya? Si es así, te convendría ver lo que tiene que decir al respecto la editora Yolanda Barambio.

Tiempo y dedicación

La corrección de un texto no es un proceso automático ni instantáneo. Cada palabra, cada frase, cada párrafo es objeto de análisis. Incluso un texto de longitud media puede llevar varias horas de trabajo intenso.

A menudo, el corrector debe leer el texto varias veces: una primera revisión general para detectar problemas evidentes y, al menos, dos lecturas detalladas para ajustar aspectos más finos: el estilo, el tono, la estructura argumentativa.

Además, muchos textos requieren investigación adicional, ya sea para confirmar la correcta aplicación de términos técnicos o para asegurar que las citas o referencias sean precisas.

Es algo que no puede hacerse con prisas, de manera que el tiempo dedicado debe compensarse como merece. Y constato: pocas veces sucede que se cobra por lo que se ofrece.

Valor añadido: por qué (dicen que) los correctores somos caros

Claro, me pongo en la piel del escritor novato y… lo puedo entender.

Tiene razones para tachar de caros a los correctores. Hay factores que lo avalan:

  • Desconoce lo que ha perpetrado cuando escribía. Han sido meses, cuando no años, de tarea y se lo quiere quitar de encima. Si lo ha logrado o no, espera que se lo diga el corrector y que sea quien lo enmiende.
  • Hasta el más avezado comete errores que lo dejan perplejo («¡no puedo escribir tan mal!»), más aún si el novel en cuestión proviene de la cosecha universitaria. (Le vas a decir tú a un universitario…).
  • Ignora en qué consiste el menudeo del trabajo de corrección.
  • Ignora también que no es posible corregir fondo y forma de manera simultánea.
  • E ignora que cada manuscrito lleva tres vueltas solo para discernir si la forma dice lo que debe decir.
  • En su cabeza se lee bien, en su escrito se suena bien. Y no digamos ya el valor que le otorga a una oración cuanto más confusa o ambigua es (hasta tal punto que, a veces, ni siquiera la entiende).

No es el caso de Isabel Veiga López, que se despacha en este artículo sobre qué es y qué no la corrección de textos. Isabel escribe, ya dejó de ser novel y sabe el valor de un peine correctivo.

Es injusto tratar de caro al profesional de la corrección de textos

En la era de la IA dichosa, herramientas como los correctores automáticos de Word o plataformas como Grammarly han popularizado la idea de que «cualquiera puede corregir un texto».

Desengáñate: no es así, ni mucho menos.

Estas herramientas, aunque útiles, están lejos de ofrecer la calidad de una revisión humana profesional. Los correctores automáticos pueden detectar algunos errores básicos, pero suelen pasar por alto… cosas.

¿Qué cosas? Cuestiones de contexto, ambigüedades, matices estilísticos y errores de interpretación que solo una persona capacitada puede detectar.

Por qué los correctores somos caros

Suerte que tiene ayuda.

Un corrector humano aporta un valor añadido que una máquina no puede replicar: el sentido común, la sensibilidad cultural y la capacidad de entender el propósito y el público al que se dirige el texto.

Imagina un autor con un pasado muy delicado, que se pone en manos de una IA para que le corrija una novela. Imagina ahora que se la quiere regalar a su hija, muy jovencita, para que entienda el drama paterno. ¿Crees que la IA lo disuadirá?

Un corrector profesional no solo busca errores, sino que también mejora la calidad global del contenido; y, por descontado, su idoneidad.

Adaptabilidad y personalización vs. por qué los correctores somos caros

Cada texto es diferente y tiene un público específico. Un corrector no solo revisa el texto desde una perspectiva normativa, sino que también se asegura de que el estilo, tono y registro sean apropiados para el contexto y el lector. Por ejemplo, un artículo académico requerirá un tratamiento diferente al de un informe corporativo o una novela.

Esto no se logra sin una formación especializada y una amplia experiencia. A fin de cuentas, un buen corrector es, en esencia, un aliado en el proceso de comunicación. Su intervención garantiza que el mensaje llegue de la manera más clara y efectiva posible.

Este nivel de personalización y detalle no es algo que se pueda automatizar o estandarizar.

Invertir en calidad y profesionalismo

Al contratar a un corrector, no solo se paga por su tiempo. Se paga también por su experiencia, su conocimiento y la calidad del trabajo final. Un corrector, como muchos otros profesionales especializados, sigue formándose de continuo. Su obligación es mantenerse al día con las actualizaciones lingüísticas, las normativas gramaticales que se van actualizando y los cambios en los estándares de redacción. No escribimos hoy como se escribía ni siquiera en el último cuarto del siglo pasado.

Además, invertimos en herramientas especializadas que nos permiten ofrecer un trabajo de mayor calidad. Esta inversión, también en recursos, no es algo visible para el cliente, pero forma parte del valor que ofrecemos.

Como en cualquier campo profesional, la calidad tiene un precio.

Por cierto, leo por ahí que profesionalismo es desarrollar una actividad con honradez, pericia, compromiso… y que profesionalidad es el mero hecho de ser un profesional. Me quedo pensando y concluyo:

Sin honradez, cualquiera es un charlatán. Sin pericia, un loco desnortado. Y sin compromiso, alguien con buenas intenciones que no hace sino fastidiar.

Está claro: hace falta ejercer con profesionalismo.

Errores costosos: ¿qué está en juego?

Considera las posibles consecuencias de un texto mal corregido.

Errores en un informe académico o en una publicación pueden costar dinero, tiempo y, en algunos casos, la reputación del autor. Imagina errores en la presentación de un negocio: se pueden cargar la empresa antes de que eche a rodar.

Una simple falta ortográfica en un anuncio o en una carta de presentación proyectará una imagen de descuido. Cuando menos, hará que quien se la encuentre levante la ceja.

El costo de la corrección, en este sentido, es una inversión en evitar problemas mayores a futuro, además de revestir de calidad el trabajo en sí y dotar de credibilidad a quien lo firma. 

La percepción errónea: ¿por qué la fama de caros?

La percepción de que los correctores somos caros proviene, en parte, de la falta de visibilidad de nuestro trabajo. Mientras la persona no ha pasado por una experiencia de corrección (a veces, a pesar de), no comprende el nivel de dedicación y especialización que implica.

Además, como la tecnología promete soluciones rápidas y baratas, es fácil subestimar el valor de la intervención humana.

Y hay otro factor, otro cuento más, que nos trae de cabeza a los correctores: la falta de una normativa clara en cuanto a tarifas. Cada corrector establece sus propios precios y puede ser causa de variaciones importantes. También la sensación de que los servicios son caprichosos, variables y… caros.

Pero esta variabilidad está relacionada con la experiencia, especialización y el tipo de texto que se deba corregir.

Por lo visto, es lo difícil de entender.

Propina 1

Los correctores de textos no somos caros. Nuestra labor va mucho más allá de encontrar errores básicos: garantizamos que el mensaje del autor llegue de la manera más adecuada a su público.

Aunque en primera instancia pueda parecer un costo elevado, los beneficios a largo plazo superan con creces ese desembolso inicial; al menos, si ese autor se toma en serio su carrera.

Así que, la próxima vez que pienses en contratar un corrector, recuerda que estás apostando por mejorar tu comunicación, por evitar errores (¡esos sí que son caros!) y por proyectar la mejor versión de tu mensaje al mundo.

Estarás conmigo en que eso, sin duda, tiene un valor incalculable.

Propina 2

Para terminar, pongamos las cosas en su sitio:

Caro es un producto que no vale lo que cuesta. Costoso es que vale cada céntimo que uno paga por ese producto.

Como correctora, no solo pulo el texto, sino que elevo su calidad: aseguro claridad, coherencia y precisión. Este nivel de trabajo requiere no solo tiempo, sino también experiencia, conocimientos lingüísticos y un ojo entrenado (lo he dicho ya hasta del revés).

Si tú, como cliente mío, sientes que mi trabajo te aporta un valor real —un texto más profesional y efectivo—, entonces, ¿no dirías, más bien, que lo que pagas es una inversión?, ¿o seguirías pensando que es un gasto innecesario?

Y dime, ¿de veras sigues creyendo que el valor que ofrezco no está a la altura del precio que cobro?

¡Ah!, y si no lo has comprobado todavía, ¿a qué esperas? 😃​ Echa un ojo a lo que puedo hacer por ti.

 

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