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El último brindis

La nieve caía como un susurro, cubriendo los tejados con una capa blanca que hacía que todo pareciera más limpio de lo que era en realidad. En el interior del pequeño bar de la esquina, la Navidad era apenas un murmullo. Un par de luces intermitentes colgaban sobre el marco de la puerta y un árbol artificial, medio torcido, adornaba el rincón junto a la gramola.

Situaciones no tan típicas ni tan tópicas son la savia de cuentos con trasfondo navideño, como este. Compartir en X

A las nueve en punto, como cada 24 de diciembre, llegaron los mismos tres clientes habituales. No eran amigos, pero compartían una rutina: una mesa junto a la ventana, vino o whisky, y una conversación que se abría, paradójica e indefectiblemente, con un pesado silencio.

Antonio, el mayor, asomaba con su abrigo gris gastado y un sombrero de fieltro tan cansado como él. Había trabajado toda su vida como relojero, pero hacía años que los relojes digitales lo habían dejado sin oficio. Era un hombre de pocas palabras, excepto cuando el alcohol le soltaba la lengua.

Clara, con su bufanda roja y una carpeta de cuero bajo el brazo, tenía cincuenta y tantos y trabajaba como correctora freelance. Nadie sabía mucho de ella, salvo que siempre estaba escribiendo algo en su libreta y haciendo extrañas marcas en hojas que ordenaba de forma meticulosa. Acostumbraba a pedir una copa que le duraba horas. Tenía un aire de nostalgia, como si esperase algo que nunca llegaba. Otro cuento de Navidad

Y estaba Jaime, un hombre robusto que ocupaba el asiento junto a la ventana. Sus manos aún llevaban las marcas del trabajo pesado en un taller mecánico, aunque ya estaba retirado. Solía hablar de fútbol o del clima, pero nunca mencionaba por qué pasaba las noches de Navidad allí, en lugar de hacerlo con su familia.

El silencio se rompió cuando Clara dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Alguna vez os habéis preguntado por qué venimos aquí cada año? —dijo, mirándolos.

Antonio levantó una ceja. Jaime miró por la ventana, como si la pregunta no fuera para él.

—Supongo que porque no hay otro sitio adonde ir —respondió el primero, encogiéndose de hombros.

—O porque aquí nadie hace preguntas… —añadió Jaime, sin apartar la vista de la nieve.

Clara se rio con una risa breve y seca.

—¡Eh! Yo voy a hacer una, o sea, otra —dijo—. Si esta fuera vuestra última Navidad, ¿qué haríais diferente?

Jaime dejó escapar un bufido.

—¿Por qué tendría que ser diferente? Esta mierda es igual todos los años: mucho ruido, mucho lerele y, al final, lo mismo de siempre.

—A lo mejor es porque estamos aquí haciendo lo mismo que el año pasado, y lo mismo que el anterior, y que el otro… Es como si estuviéramos desperdiciando algo, ¿no?

Antonio giró su vaso en la mano y abocinó los labios.

—Yo diría que lo único que estamos desperdiciando es la oportunidad de estar en paz. ¡Déjate de hostias! La Navidad está sobrevalorada.

—¿Lo está? —Clara alzó una ceja—. Igual somos nosotros, que nos hemos rendido antes de darle una oportunidad.

—¿Una oportunidad de qué? —Y compuso un gesto que venía a decir «esta tía está chiflada».

—De algo distinto —respondió clavando la mirada alternativamente en uno y en otro.

Hubo un silencio largo, roto solo por el tintineo de las luces intermitentes de un balcón que había frente al bar. Al poco, Jaime dejó escapar un suspiro.

—Está bien, si vamos a ponernos filosóficos… —levantó su copa— ¡por lo que sea que estamos esperando! —dijo sin mucho afán.

Antonio y Clara levantaron sus vasos también con un entusiasmo muy moderado.

—Por lo que sea que estamos esperando —repitieron.

Otro cuento de Navidad

La conversación derivó en anécdotas, algunas bromas y confesiones inesperadas. Antonio contó cómo había reparado un reloj que nunca volvió a sonar, un trabajo que le había obsesionado durante años. Clara habló de una novela que había escrito y que nadie había leído. Jaime, tras mucho insistir, admitió que solía venir al bar porque el techo del apartamento se le caía encima.

—¿Y esas marcas raras que haces en las hojas? Alguna vez las he fisgado cuando vas al baño. —Jaime la miró como pidiéndole disculpas, avergonzado por su intromisión—. Perdona, pero te veo tan concentrada…

—Corrijo novelas. Así señalo las correcciones.

—¿Corriges novelas? —repitió Jaime—. ¿Te gusta?

—Me encanta. Aunque a veces es como bailar con un fantasma.

—¿Con un fantasma?

—Trabajo con palabras. Son como piezas de un puzle que alguien intentó montar a ciegas. Encuentro frases hermosas escondidas entre párrafos que duelen de mal escritos que están. Pero nunca son mías, ¿entiendes? Ni las que corrijo ni las que dejo atrás.

—La verdad, no sé qué tiene eso de encantador.

—Lo es y es también maravilloso —admitió ella, mientras pasaba un dedo por el borde de su copa—. Hay días en los que siento que salvo una historia, pero hay otros en los que me enamoro de un texto que nunca me pertenecerá, y cuando termino, tengo que soltarlo, dejarlo ir como si nunca hubiera sido parte de mí.

—Otra mierda solitaria.

—Bien, sí, pero es un tipo de soledad que he elegido. Eso lo cambia todo. Cuando termino y leo esas páginas que he pulido con mis manos… —sonrió con genuino orgullo—, sé que el mundo es un poquito más bello, aunque nadie sepa que fue gracias a mí.

—Mujer, alguien debe saberlo. ¿No son encargos?

—Hay quien ni siquiera lo agradece.

—¿¡En serio!? ¡Cutres! Deberías dejar una marca secreta en cada libro que corrijas. Algo pequeño, invisible para el lector casual, pero que solo tú reconozcas. Como un artista que firma su obra.

—¿Una marca secreta?

—Algo que nadie más usaría, una palabra que solo tú pondrías en cierto lugar —dijo Jaime, divertido—. Algo que, cada vez que veas ese libro en una librería o en la casa de alguien, te haga sonreír porque sabrás que tú estuviste ahí.

—Hombre, suena… tentador —repuso ella con una sonrisa pícara.

Una conversación secreta entre tú y tus libros. Estarías menos sola, digo yo.

Por primera vez, las horas pasaron sin que nadie mirara el reloj. Salvo Antonio, que, en un momento dado y muy serio, sacó el pequeño peluco descompuesto y terminó de contar su historia con un suspiro. Clara y Jaime, que ya se habían sentado a su lado, se intercambiaron las miradas. Entre los tres descubrieron que una diminuta arandela estaba en el lugar incorrecto, algo que no era evidente y que alteraba toda la mecánica.

—¡Ahí lo tienes! —dijo Clara, triunfante.

—Joder, parece magia… —Antonio no salía de su asombro. ¡Con la de vueltas que le había dado!

—Qué magia ni qué magia. ¡Trabajo en equipo, colegas!

Jaime calló. Su semblante parecía estar tejido con hilos de nostalgia, arrepentimiento y una historia que, tal vez, nunca se atrevería a contar. Se levantó de la silla y se acercó a la ventana con su copa en la mano.

—Parece que esta Navidad va a ser más fría que las anteriores…

Permaneció de pie mientras la niebla envolvía la calle desierta. Sus dedos tamborileaban sobre el cristal de la copa, como si las palabras quisieran salir pero se le quedaran atascadas en la garganta. Después de un largo silencio, añadió:

Siempre dicen que la próxima será diferente… pero, al final, todas se parecen —dijo, señalando el fuego que crepitaba en la vieja chimenea. Luego levantó su copa, como si brindara con un espíritu invisible.

Los otros dos respondieron tímidamente al gesto, aunque ninguno se atrevió a preguntar más. Al llegar la medianoche, el dueño del bar, que había estado limpiando vasos al otro lado de la barra, se acercó con una botella de champán.

—Es Navidad, gente. No se vayan sin un brindis como Dios manda.

Las copas se llenaron y Clara levantó la suya.

—¡Por lo que sea que volvió a traernos aquí esta noche! Igual no es tan malo, después de todo.

Antonio y Jaime asintieron y chocaron sus copas.

El barman dejó también tres minúsculos paquetitos frente a cada uno de ellos.

—Confío en que no hayan caducado… —dijo, y soltó una carcajada—. Os esperan desde hace mucho. Hay cosas que no encuentran reposo hasta que alguien las despierta.

Eran tres dados tallados en madera. Afuera, la nieve seguía cayendo como el polvo de un viejo libro, pero dentro del bar, por primera vez en años, el silencio había sido reemplazado por las brasas de un fuego nuevo. A través del cristal, un mendigo los miraba y se decía «qué suerte tienen».

No salvaron el mundo, no encontraron el amor ni resolvieron sus problemas, pero no estaban solos. Y reían.

Era suficiente.

 

Propina

Hace unos años escribí este artículo titulado Subjuntivo, un tiempo de Navidad. Ahí te lo dejo, por si quieres echarle un vistazo.

¡Y que TODO te sea bonito!

 

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