El día del apagón (28 de abril de 2025), en la península ibérica, encajamos un corte de mangas de las eléctricas que nos dejó perplejos. Fueron unas horas de zozobra en la rutina. Un fundido a negro de las pantallas y un cese de los zumbidos. Nos colocó frente a algo que apenas recordábamos: el vacío.
Era un día como cualquier otro y, en un instante, dejó de ser como cualquier otro. Ese día, el ruido se paró.
Entre el ruido de los días y el silencio repentino, un desasosiego que ignoramos cómo aprovechar. Compartir en XEl hecho es que vivimos saturados; interpelados de continuo por estímulos, tareas, conexiones, expectativas… Ruido, en definitiva. Interno y externo. Tanto que, cuando se extingue de golpe, nos desorientamos. Como si se hubiera roto la brújula que marca el norte de lo cotidiano.
¿Y qué hacemos cuando no hay nada que hacer, cuando una quietud repentina golpea la puerta?
Porque estar sin hacer —simplemente estar— es casi insoportable. A lo que sobreviene, algunos lo llaman aburrimiento; otros, ansiedad. O no lo llaman, pero lo sienten mientras se suben por las paredes, mientras hacen por esquivar esa cosa dando bandazos aquí y allá.
Lo cierto es que nos cuesta mirar hacia adentro. Ahí, en el silencio, aparecen cosas. Preguntas. Vacíos. Heridas.
Quizá por eso el cuerpo reacciona antes que la mente. Inquietud en las piernas. Manos que buscan el teléfono, aunque no funcione. Ideas que saltan como grillos, desordenadas, impertinentes.
¿Y si esto dura mucho? ¿Y si no vuelve la luz? ¿Y si tengo que quedarme así… conmigo?
Un apagón: una invitación… ¿para qué?
Desconectar acaba siendo una forma radical de resistencia en este mundo estrangulado de conexiones. Una forma de resistencia, pero no heroica, sino íntima, frágil. Porque parar no es huir, sino enfrentarse; o, mejor dicho, afrontarlo. Es dejar que caigan las capas de actividad con las que nos vestimos cada día; a veces, por protección; a veces, por costumbre.
¿No te suena? Decimos que necesitamos descanso, pausas, pero cuando llegan, si llegan, no sabemos amigarnos con ellas. Nos ponemos nerviosos. Buscamos excusas, algo que nos devuelva la ilusión de control. En esa incapacidad de mantenernos quietos, está parte del malestar que nos acompaña todo el tiempo.
No vengo a romantizar el silencio ni a obligarte a la contemplación. Solo a invitarte, tal vez, a que reconozcas conmigo que la huida constante hacia el hacer también tiene consecuencias. Que no toda productividad es valiosa y que no todo tiempo sostenido en calma es pérdida.
¿Y si el apagón fue, por un instante, una invitación? Una oportunidad de ver tan solo lo que llevábamos dentro. Puede que el reto no sea parar el mundo, sino aprender a no derrumbarnos cuando, por alguna razón, es él quien se para.
Debajo de mi ventana hubo un cónclave distinto al que en estos días tiene lugar en el Vaticano. «Ha sido esto», «no, ha sido aquello», «mi móvil va y viene», «entre seis y doce horas dicen que tendremos luz de nuevo».
¡Qué difícil nos resulta quedarnos ahí, estar a solas con nosotros mismos!
Transformar el día del apagón en relato
Fue la primera posibilidad que se me ocurrió después de venir del huerto (que fue otra): escribir como escribían los antiguos, a la luz de las velas, en papel. Sin ánimo de parecerme remotamente a los clásicos, que ya me gustaría. Pero sí emulando ese espacio mental, esa atmósfera para el pensamiento lento, la introspección o el misterio. Ese parpadeo en el que muchos encontraron la chispa de su creatividad.
Con semejante ánimo, una interrupción así puede vivirse como el inicio de una historia personal, incluso colectiva.
Porque, si bien lo piensas, todo gran cambio empieza con un corte: el telón que cae, la radio que se apaga, el cielo que oscurece de repente. Una desconexión puede convertirse en un punto de inflexión; ese momento en que todo cambia, en que ya nada puede ser igual.
Posibles salidas narrativas
Caben varias y no hay que irse muy lejos. ¿Recuerdas cómo era escribir a mano? Pues por ahí, podrías…
- Hacer crónica del instante: anotar lo que se oye en el silencio (que no fue tanto, la verdad, porque las calles se mantuvieron llenas de peña), las reacciones propias y ajenas, el cambio de ritmo. Crear una crónica personal o ficticia, como si uno fuera el único testigo de un mundo que se ha detenido. Recuerda que no eres escritor solo cuando escribes.

- Buscar una nueva forma de relacionarte con lo pequeño: hacer una comida sin electricidad (o mediante el hornillo que cría polvo…); volver a leer un libro a la luz de una vela, recuperar juegos olvidados, conversar con quien hace tiempo que no.
- Reescribir tu propia rutina como si fuera ficción, es decir, volver el foco —mental— sobre uno mismo: ¿qué haría un personaje como tú en esta situación? ¿Se comportaría de un modo pausado, más agitado, más ansioso?, ¿más consciente, quizá, y menos automático?
El día del apagón como posibilidad de… alumbrarse
Si me pongo filosófica, me pregunto: ¿qué queda cuando se borra el mapa habitual? Es un no-lugar. Una grieta en el sistema que permite ver lo que acostumbramos a ocultar con prisas y tareas. Podría ser un lugar fértil.
Las filosofías orientales (zen, taoísmo) reconocen el valor del vacío, la pausa, la no-acción. No hacer nada no es inútil; es, a veces, el acto más sabio.
Tanto tú como yo hemos leído infinidad de cosas acerca de ejercitar el pensamiento lento: en vez de buscar respuestas inmediatas, cultivar la duda. Usar el tiempo muerto para hacernos preguntas: ¿qué necesito de veras?, ¿qué he estado evitando ver?, ¿a quién me parezco cuando todo se detiene?
Una idea molesta es la de la impermanencia: todo se va. Incluso la rutina, la seguridad. El apagón viene a recordarnos que la vida es cambio constante.
Espabilemos: en lugar de luchar contra la incomodidad, quedémonos ahí. Pasará, aunque parezca eterna. Respirar, mirar lo que hay. ¡Eso sí es practicar el momento presente!
Quizá no nos pille solos. Entonces, las conversaciones pueden ganar profundidad. Si hay alguien cerca, comparto cómo me siento sin esperar que me den soluciones. Me intereso también por ver qué descubre el otro en ese paréntesis. Poner la oreja ahí. No solo oír, sino escuchar.
Puedo aprovechar para soltar tensiones acumuladas. No hacer, no responder, no cumplir. Solo ser, existir, despojarme de la idea nefasta de que valgo en cuanto que produzco resultados.
El día del apagón como regalo
Una situación así no necesita resolverse. Puede habitarse y, si se hace, se convierte en pausa fructífera, en el ensayo de otro ritmo posible. El apagón no es solo ausencia de luz: puede ser también claridad. Un repentino darse cuenta.
Esto, a una IA, a un ChatGPT no le parecería ni una pérdida ni un hallazgo.
La máquina se desconecta. Punto. Ni sufre ni padece ni extraerá conclusión alguna de la experiencia. Un ser humano podría experimentarlo como una interrupción cargada de sentido: desconcierto primero y posibilidad después.
Tal vez la mejor salida no sería, además, volver corriendo al mundo anterior, sino preguntarse: ¿no será más bien una oportunidad para reescribir el guion, repensar el sentido y reconectar con lo esencial?
Donde la máquina se corta (se corta y punto), el humano puede entrever un umbral, una posibilidad; no solo lo que falta, sino lo que asoma cuando todo se detiene.
¿O estamos perdiendo lo que nos hace ser genuinamente humanos? Démosle una vuelta a esto porque, ahí, las máquinas nos ganan por goleada.
Propina 1
Más allá del hecho técnico, lo que quedó al descubierto fue algo más profundo: la dificultad que tenemos para estar con nosotros mismos. La incomodidad ante el silencio. La ansiedad que se cuela cuando la maquinaria de la rutina se detiene. Pero también, y esto es importante, la posibilidad de encontrar otra forma de estar.
A veces, una desconexión forzada puede ser el umbral hacia una manera distinta de vivir.
No es fácil. Cuando se apaga lo externo, se enciende lo interno: miedos, frustración, incomodidad, pero también nostalgia, ternura, deseo de conexión. En un mundo saturado de estímulos, el silencio puede ser una amenaza. Y también una puerta.
Creo que la clave no está en reaccionar, sino en notarse, en percibirse. En respirar. En reconocer que parar no siempre es cómodo, sino necesario. No como castigo, sino como cuidado. Si estamos con alguien, hablar. Si estamos solos, escucharnos.
Propina 2
Tampoco hay recetas únicas. Tú y yo habremos pasado el día del apagón de forma distinta. Pero hay algo común: tanto tú como yo —a pesar de todas las maravillas y facilidades que nos ofrece la electricidad—, en algún momento, necesitamos parar.
Si no lo hacemos por voluntad, a veces, lo hace la vida por nosotros (sé de lo que hablo: hace años, cuando habría necesitado parar y no lo hice, me sacó por la vía hospitalaria).
Pregúntate: ¿qué me cuesta tanto ver cuando la rutina se suspende?, ¿qué pensamiento se me impone?, ¿qué quiero llevarme de esto que pasa o que me pasa?
Puede que, en el fondo, el verdadero apagón no sea el de la electricidad. Puede que sea el de esa parte que se nos va quedando atrás por falta de escucha.
Y ya que estamos en primavera en el hemisferio norte: quizá, solo quizá, parar no sea una pérdida de tiempo, sino el inicio de algo que se mantiene agazapado para brotar.
Propina 3
Se titula Biografía del silencio, del jesuita Pablo d’Ors. Son poco más de cien páginas esclarecedoras acerca de su experiencia en estas lides del detenerse. Puro testimonio personal. Permite que te haga una recomendación sobre esta otra de que leas el libro: que su condición de sacerdote y consejero cultural del Vaticano no te detenga.
No es un manual acerca de cómo meditar, sino un cómo «agrietar la estructura superficial de la personalidad» para que acontezca un nuevo modo de ser.
¡Ah! Y no se descarga, no necesita pilas, no se rompe fácilmente, puedes dejar una flor entre sus páginas y… te ilumina el alma.
![]() |







