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Cómo embellecer un texto literario (II)

By abril 17, 2019 No Comments

Fueron unos cuantos noes por delante en Cómo embellecer un texto literario (I); hice promesa de volver con síes. Aun cuando he dudado porque te supongo enfilado hacia mejores destinos, aquí me tienes, puntual a la cita.

Hablé de emocionar, de seducir, del impulso —legítimo— de hacer caídas de ojos a quien se te pusiera por delante. Literariamente hablando. De conocer la norma para saber cómo emplearla a favor. Quizá me dejé la flexibilidad y el tesón de quien entrena a diario, pero por ahí van los tiros.

En modo alguno es porque lo digo yo ni porque alguien externo te lleve de la mano. Va de discurrir; de que tomes lo que te digo como pista razonada antes de que tu escrito rompa aguas; de que estés a tiempo con las medidas.

Entenderás que es normal hacerle una exfoliación previa al tratamiento de belleza. Ya solo con eso se sanea una barbaridad.

Ser claro

En el desafío de cómo embellecer un texto literario, asoma una exigencia incuestionable: ser claro. Hay un repelente mayúsculo para quien duda de si entregarse a la causa de la lectura: el temor a enfrentarse a un discurso borroso. En cambio, uno bien construido es un sonajero en la mente del lector. Si me permites el juego de palabras, le amplifica sentidos de dos formas: sentidos frente a sinsentidos; y al advertir dimensiones ocultas en lo expresado, nuevos pálpitos, nuevas rutas incluso para la vida. Tanto en ficción como en no ficción.

Cómo embellecer un texto literario (II)

Tanto en ficción como en no ficción: ser claro, transparente, apuntar al fondo.

Me interesa la no ficción, sobre todo, en lo relativo a claridad, coherencia y elegancia. Abomino de lo oscuro, quizá porque yo misma sobrevivo a escritos míos que no eran tan claros como me habría gustado. En mi descargo diré aquello de a quién no le ha pasado cuando pergeña sus primeros. Y aún después.

Ser elegante

La claridad es una conquista, un duelo de espadas contra uno mismo. Ahí está la matriz de la elegancia. Pero no hay manual, por completo que fuera, en que uno hallara respuesta a cada inquietud de cómo lograrlo. Solo la práctica incesante, la autocrítica y la labor de quien te vigila y te advierte van pulimentando tu estilo.

En esto hay un enemigo mortal que batir sin contemplaciones: el propio ego. El que se cabrea con las enmiendas. El que dice «no es posible». El que se hace el harakiri ante cada mancha que ojos ajenos y sabedores le señalan. La Excálibur es el empeño por perseguir la propia excelencia. Pero desde que nos movemos entre mensajes cortos y emoticonos, lo de ser elegantes parece un anacronismo. La pérdida de la fluidez ha tomado todas las calles: las reales y las virtuales. ¿O es que empiezo a estar mayor y adopto maneras de la abuela Cebolleta?

Hacer que suene… y resuene

Tú y yo valoramos el lenguaje claro y la corrección gramatical como síntoma de respeto. Sabemos que son los pilares sobre los que se asienta esto de cómo embellecer un texto literario. Pero no estamos solos. Mucha otra gente sabe expresarse sin el recurso del emoticono para que lo dicho resuene como debe.

Y ya, déjate de cháchara, Marian, y ve al grano.

Cómo embellecer un texto literario (II)

El texto literario debe ser como esos móviles que tintinean cada vez que un ligero golpe de viento dice de pasar.

¿Qué hacer para que un texto repique en los corazoncitos lectores?

Un buen comienzo

En lugar de «Hubo un tiempo en que…» o tópicos como «La historia que tienes entre manos, querido lector…».

Este primero corta el aliento: siete líneas y media encadenando frases como quien encadena tiros:

«No he querido saber, pero he sabido que una de la niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados». (Corazón tan blanco, Javier Marías).

O este otro: que el destino te haga trizas y la culpable sea una máquina de escribir te abre el apetito de golpe:

«Una máquina de escribir reventó mi destino». (El tiempo entre costuras, María Dueñas).

Y la virtud de transportarte en un santiamén a una escena común y corriente. ¿Por qué importa que fuera martes, por qué esa hora precisa? El Erre se mete hasta la cocina sin pestañear.

«El martes, cerca de las dos de la tarde, después de pasar por el bar, Ramón Recabarren —el Erre— volvió a su casa». («Una buena chica» de Todas son buenas chicas, Néstor Belda).

Esta me la invento. Juzga tú:

«Los miro a través del cristal: no saben que van a morir y que eso es bueno».

La frase de inicio es crucial.

Cortas mejor que largas

Mejor si privilegias las palabras cortas, sobre todo, si las largas no dicen más. Y si tu desafío es averiguar cómo embellecer un texto literario. Y aunque los textos académicos y profesionales tengan otras demandas, es bueno aplicar el mismo principio. Que nadie tenga que llamarte sesquipedalista.

Entre consuetudinario y acostumbrado te ahorras cinco —bien—, pero habitual dice lo mismo y ahí ya sí que… Ningún crítico invisible tendrá nada que objetar.

Cómo embellecer un texto literario (II)

A ver quién es la guapa que se come esto sin a-cortar.

Seguro que más de una vez se te han puesto los pelos de punta leyendo amedrentándolo o emparanoyándose. Cuánto más bonito hubiera sido utilizar metáforas que dieran cuenta de lo mismo y mayores cascabeles al texto:

Una amenaza tal que deforma la habitación.

Pensamientos que se hinchan en una noche sin luna.

Hay quien dice que una novela no debería pasar nunca de las 150 páginas. No sé si tomarlo al pie de la letra, pero más de una debería haberse quedado ahí.

Activas mejor que pasivas

Tiene tela esto de cómo embellecer un texto literario, así que conviene cortar retales y echarle pasión. No es solo lo que cuentas: es cómo lo cuentas. ¿Recuerdas ese truco de volver pasiva una frase para cazar el complemento directo? Suele funcionar, a pesar de que cada pasiva de esas suene horrorosa.

Un libro es leído por Juana. [Con lo bien que funciona Juana lee un libro].

El postre fue rechazado por mí. [No hablas así. Dices: Rechacé el postre].

Son formas heredadas del latín, pomposas, recargadas; para nuestro castellano de hoy, pesadas. En una pasiva, quien debería estar haciendo algo (el sujeto) queda paralizado; languidece a la espera de que se las den todas. ¿Hay que condenarla? ¡No! A veces necesitas enfocar la cámara para escoger un ángulo mejor; otras es necesario que te desvíes de la acción pura y dura, sacar al protagonista del plano; incluso mirar desde un lugar distinto.

Cómo embellecer un texto literario (II)

Este protagonista no es así todo el tiempo; solo cuando mueves el ángulo para ofrecer al lector un enfoque distinto.

Es saber escoger entre: Fulanito echó la carta al correo o La carta se envió (pasiva refleja) para dejar al lector conjeturando quién pudo hacerlo. En la primera, está claro; en la segunda…

Así que sí; las formas pasivas, cuando sean necesarias y según contexto y tono:

Y no bien se hubo abrazado a él, doblaron las campanas.

El zulo fue descubierto poco después, pero ¿quién?, ¿quién se aventuró a pasar por aquel lodazal?

No lo reconocerá, aunque pasó lo que pasó. El hecho es que se cometieron errores.

Metáforas y símiles por estrenar

Huye de los tópicos como de la peste galerna.

Tienes una manera de sentir, de percibir el mundo, de contar esto o aquello de una manera propia, personal. Los textos representan ocasiones únicas de emplear comparaciones y metáforas que los nutran. Reflexiona. Cierra los ojos. Piensa en una palabra y mira qué conexiones se forman en tu cabeza.

Lo que importa en un texto literario es lo que haces con el lector, qué le haces 'ver' y qué descubre gracias a ti. Clic para tuitear

Busca lazos que se te hayan pasado desapercibidos. A qué huele, a qué sabe. Exagera, retuerce: las palabras te dan permiso. Juega con ellas.

Cómo embellecer un texto literario propiamente dicho

Aléjate de la prosa pegajosa, reiterativa, de balizas inútiles que señalan una y otra vez lo señalado y conducen al lector por donde no se pierde ni queriendo. De clichés, metáforas rancias y pasivas innecesarias. De comparaciones ñoñas y tópicas. De adjetivos mudos. De sustantivos bobos. Ya solo con eso el texto luce.

Cómo embellecer un texto literario (II)

Una señora tan bien plantada como esta a quien Clarín se da el lujo de presentar como a una pava, ¡y con qué solvencia!

¿Son mejores los clásicos porque utilizan más recursos y ofrecen brincos metafóricos y requiebros? No seré yo quien lo diga, pero son invitaciones a adoptar buenos hábitos. Un texto como La Regenta consigue que veas en qué se concretan la sociedad biempensante de Vetusta y el ejercicio intachable del magisterio eclesial.

Esto de la belleza literaria va más allá de la metáfora insólita o de la comparación novedosa. Y el lector solo espera una cosa: que te lo lleves a un rincón y le muestres un aspecto concreto del mundo.

 

Propina 1

Me temo que salvo «huye» de esto y de lo otro, poco más te he desvelado. La cuestión de fondo es esta: si en la vida ordinaria apenas tiras de mola, guay, qué fuerte, marearemos la perdiz para seguir mirando el dedo. Por los siglos de los siglos.

Esto no va solo de gramática. Por un lado están los usos conflictivos de la lengua y, por otro, la capacidad crítica, la competencia intelectual. Y la flexibilidad y el tesón, que he mencionado al principio.

 

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